Alas desplegadas

Ah sí, recuerdo sus voces en las mañanas. Era imposible sacarlas de nuestra cama, quizás porque era más grande, quizás porque estaba la tele, quizás porque estábamos nosotros en ella. Y yo les preparaba la leche, y me acostaba a ver los dibujitos con ellas. Las abrazaba y me sentía irradiada, desbordante, llena. Pero la más grande, Clara, dejó de venir al poco tiempo de nacida la nena. Tener una hermana después de ocho años de hija única no debió ser fácil para ella, así que la dejamos ser: quiso tener su propia pieza así que le dejé mi estudio, una casa de dos pisos tenía privacidad para todos; la dejé que fuera caminando sola al colegio cuando empezó el secundario; y que se hiciera el piercing en la nariz. Iba en contra de todo lo que yo creía, pero yo solo quería que fuera feliz, que no se sintiera violentada por tener que compartir. A fin de cuentas daba igual, porque sí yo no la dejaba lo iba a hacer igual, a mis espaldas, mientras trabajaba. La más chiquita la adoraba, corría atrás de ella, la miraba jugar en la computadora, le hacía dibujos. Dejó de ir a nuestra cama para ir a la de ella y, acostada con la mamadera, tenía la costumbre de enredarse el índice en el pelo, los ojitos entrecerrados y la pancita que le asomaba del pijama. La miraba hacer lo que sea que ella estuviera haciendo, le parecía increíblemente interesante. Clara primero la dejó, con una indiferencia formidable, después se fue volviendo más recelosa, y en algunos momentos la encontré pegándole a la nena. Yo nunca fui una persona violenta, por lo cual me costaba reaccionar en esas situaciones, pero lo que mejor me funcionaba era sacarle el celular a la más grande, que a los 16 años parecía un crimen espantoso. Era por unas horas nada más, pero causaba el efecto deseado. Aun así, ella tenía razón: la nena tenía que darle espacio también.
Todo se empezó a dificultar cuando las cuentas aumentaron y tuve que trabajar más horas en la universidad. Fue desgarrador separarme y no verlas más a la tarde, pero ya era hora para ellas también. La más grande ya tenía 18, por lo que no me parecía una locura dejarlas solas. Una niñera implicaría meter a alguien extraño a la casa, y eso no me gustaba: Clara estaba pronta a ser adulta y la nena la quería mucho, entre nosotros debíamos ser capaces de lidiar con nuestros problemas: después de todo, éramos una familia.
Durante la primera etapa las cosas fueron bien, pero un día llegamos a casa y encontramos a la nena con una muñeca que nosotros no le habíamos comprado. La nena, con total tranquilidad, nos dijo que se la había regalado Mauricio. ¿Quién es Mauricio? El amigo de la Clari. Mi marido estaba enojadísimo, cómo no, si mi hija adolescente estaba metiendo a un tipo que no conocíamos en nuestra casa. No fue muy pedagógico de su parte, pero no teníamos tiempo de sentarnos a debatir: puso un candado en las rejas de la casa, nada podía entrar ni salir. Así son los cerrajeros: todo puede protegerse detrás de una cerradura. Pero pronto descubrimos que eso no sería suficiente. La nena nos confesó un día que había saltado el tapial para ir a la casa de Mauricio a ver los pajaritos, pues le deslumbraba que pudieran volar tan lejos. Mauricio era el hijo de nuestro vecino, el dueño de la tienda de mascotas donde comprábamos la comida para el perro. Perdón, no me expresé bien: el hijo de 24 años, sin trabajo, que vivía con los padres y tenía un hijo de menos de un año. ¡Y Clara apenas terminando el secundario!
Me di cuenta enseguida que no iban a servir las ideas medievales de mi marido, pero era innegable que teníamos que hacer algo. Así que me senté a hablar con ella. Somos una familia Clara, no deberíamos tener secretos. Vos crees todo lo que la pendeja esa te dice. No le digas así, es tu hermana. ¡Está mintiendo! ¿Por qué le creen a ella y a mí no? Yo te creo Clara, pero tenés que hablar conmigo. No puedo hacer nada, no puedo tener amigos, tengo que estar cuidado a una hija que es SUYA ¡Una pendeja de mierda que no me importa! ¡Lo único que quiero es terminar el colegio para volar lejos de ustedes!
Escondida entre las cortinas, la nena sale corriendo, ligera, sollozante, hacia el patio, y yo tengo que salir corriendo atrás de ella, Clara es grande, Clara entiende, la nena no. Le digo a mi marido que se quede y encuentro a la chiquita sentada en la terraza, abrazándose las rodillas. No pasa nada mi amor. ¿Por qué la Clari no me quiere? Si te quiere, está confundida nada más. Es por Mauricio, ¿No? Es por muchas cosas mi amor. Pero yo sé que Mauricio es malo; yo también quiero volar lejos de acá, porque no quiero que Mauricio le pegue. ¿Qué?
¿Qué?
La nena empieza a llorar y ya no se le entiende. Mauricio, la Clari, los pajaritos, los gritos.
Clara ya no se iba sola al colegio, y volvía siempre con mi marido, y nos turnábamos para hacer visitas sorpresas a la casa. El 2001 fue terrible y ninguno podía dejar de trabajar. Pero teníamos fe, íbamos a resolverlo juntos. Gritos y ruidos de vasos rotos inundaron la casa. Ella decía que era nuestra sirvienta, y yo intentaba hacerle entender que era su responsabilidad como hija, puesto que nosotros estábamos todo el día trabajando para darle todo lo que ella quería. Mi marido se sacaba el cinto y le pegaba a la baranda de la escalera, y la nena partía en llanto. Yo interrumpía el sermón para consolarla a ella y Clara se encerraba en su cuarto, lejos de nosotros. ¡Esto no se va a quedar así Clara! ¡Vos me vas a escuchar! Sabíamos que no dejaba de verse con ese tipo, pero lo que pasaba solo lo conocíamos por los relatos de la nena: Me quedé mirando la tele en tu pieza. No sé dónde está. No me invitaron más a ver pajaritos, los extraño.
El otro día la Clari estuvo llorando toda la tarde.
¿Y por qué lloraba Clara?
No me quiere decir.
¿Por qué llorás Clara?
Y el silencio inundaba la habitación oscura, y Clara le corría la caricia a la nena con un manotazo que me dolió en el alma, ¿por qué odiaba tanto a su hermana? La nena se abrazó a mis polleras y la miró a Clara con reproche mientras se le caían silenciosas lágrimas. Y yo también lloré. Y las tres lloramos. Y al llanto le siguió un abrazo, y quise abarcar a mis dos preciosos retoños en mis brazos, protegerlas de todo mal, cobijarlas y darles una vida sin preocupaciones.
Pero no pude.
Clara empezó a sentirse enferma, por lo que la llevé al médico. En la sala de espera la nena dibujaba pajaritos con las alas desplegadas, y mientras se las pintaba también pintaba el sol. Sol y alas eran todo uno, demarcado por el lápiz negro. El médico sugirió un ginecólogo, y el ginecólogo un análisis de sangre. Podía ser somático, por todo el estrés, pero había que estar seguros.
¿Estás embarazada Clara?
Los ojos se nos llenaban de lágrimas y Clara negaba y negaba. Dijo que eso jamás había pasado y yo tuve que forzar mi sonrisa para poder creerle.
Mamá vos me criaste mejor que eso. Y yo tuve que abrazar a mi hija para poder creerle.
Y cuando estábamos yendo con mi marido a buscar los análisis de sangre tuve que tomarle la mano para que me diera fuerzas.
Y cuando llegamos a la casa tuve que atajarlo para que no se le desatara la ira en el living, contra Clara, enfrente de la nena que lo miraba todo escondida detrás de las escaleras. Él, colérico, revoleaba los papeles y sus gritos fueron tan fuertes, que gotas de saliva golpeaban la cara de Clara. ¡Nos mentiste!
Y yo tuve que preguntar: ¿Por qué nos mentiste?
Clara lloraba y lloraba, estaba pálida y temblorosa, y decía ya está, ya está, no se preocupen ya está. Y al unísono preguntamos ¿Qué cosa está?
La nena empezó a llorar así que le dije que se fuera. Mi marido respiraba agitado, Clara se deshacía en llanto, yo me calmé.
¿Qué cosa está?
Está en el baño.
A tropel fuimos mi marido y yo. Para qué, Dios mío, para qué. Una tumba de sangre en nuestro baño. Entonces la vi, sentada en la bañera, temblando, con los ojos desorbitados, las lágrimas secas en las mejillas, la boca abierta. La nena. Corrí de nuevo hasta Clara y mi llanto la golpeó con toda la fuerza de la incredulidad. En el baño de mi casa, en el tacho de basura, completamente formado, sin impunidad, ¿cómo pudiste hacernos esto?
Me senté a los pies de la escalera, sin fuerzas en las rodillas y la boca llena de bilis. No vi más nada.
No lo vi a mi marido arrastrando a Clara al hospital porque se estaba desangrando. No vi a la nena salir al patio. No la vi subir a la terraza. No la vi abriendo las alas.
No la vi volar.

Octavia – Relatos

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