El mundo sigue siendo Redondo

La revancha que se esperaba en Olavarría no pudo ser. Vencedores o vencidos seguimos buscando poner en palabras todo lo inexplicable. Medio millón de almas desearon hacer la revolución con una canción de amor. 

Los hiladores de palabras hilaron. Ante la falta de tiempo y de información mintieron. Ante la hoja en blanco, ante el micrófono, la cámara, como hay que decir algo, y el silencio no puede existir, pareciera ser que no importa el contenido. Que no importan las consecuencias. ¿Por qué? Porque somos devoradores natos. Mastica-noticias.

Somos los globalizados-dominados-mediatizados que no podemos esperar. Y se aprovechan, y nos aprovechan. ¿O no lo ven? Llega la espectacularización de la noticia, y tras ello el morbo, los palos, la violencia ilimitada, el hacer leña del árbol caído. El discurso sin respeto, el vaciamiento de sentido.

Aparecen los detractores, que estaban sentados esperando el día que algo ocurriera, para poder salir a señalar con el dedo, a escupir su asco, a manifestar su odio. Aparecen los anónimos y los que se autoproclaman “consagrados” y escupen. Escupen y no paran. Se replican, se sostienen, se nos burlan, se aprovechan.

Olavarría fue y será un quiebre. Tuvo consecuencias, sí. ¿Consecuencias de qué? ¿Consecuencias para quién? Para todos los que creemos, para todos los que ansiamos un espacio de expresión, para todos los que admiramos…. Para todos sin excepciones.

No estuve en el lugar, es honesto aclararlo. Pero los relatos de la gente con la que tomé contacto, y si fueron a la misa, coinciden en varios puntos: el primero, la cantidad de gente rebasaba todo lo imaginado y lo imaginable. La parte previa al show, es decir, la llegada, los rituales, las maneras se mantuvieron en el tiempo. Se asimilaron unos de otros, show tras show. La tercera, sí hubo alcohol, hubo drogas (como en otros lugares, las hay y las habrá) . Dejando hipocresías de lado para poder entender(nos)- hubo asados, familias, bandas, amigos, parejas .

Hubo gente. Hubieron medio millón de personas:  500.000 personas en una ciudad donde habitan 100.000. Por ende, es casi imposible que algunas cosas no se desborden. Intente entender, al menos. Es algo inexplicable, imposible de poner en palabras exactas. Sólo se siente si estuviste ahí.

Mientras que los medios siguen tejiendo las redes, para “demostrar” que en La Colmena, estaban todos de la cabeza; todos iguales; todos amuchados; todos sin cerebro; venerando a su dios; todos los pobres; todos los de la generación “rolinga-cumbiera” y otros tipos de encasillamientos. Ahí, en La Colmena, estaban los Otros. Estaban los que querían bailar, cantar, celebrar lo que tal vez era –y ahora más que nunca- la despedida del Indio de los escenarios. Estaban todos ellos, y los muchos que no pudimos ir. Los que fuimos a otras misas y estuvimos dentro de ese volcán en erupción, que explota con las luces, y grita de alegría al escuchar “Damas y caballeros con ustedes…”. Ahí, hubieron 500.000 esperando brillar.

 Sin retorno a casa.

Dentro del predio murieron dos personas. Dos, que no es poco. Dos entre medio millón. Javier León, de 42 años; y Juan Francisco Bulacio, de 36 años. Ninguno de los dos, según las autopsias murieron por aplastamiento. No hay indicio de ello. Pero el amarillismo, siempre puede más.

No sabíamos casi datos, pero el domingo a la mañana todo el país  sabía que había ocurrido, quienes debían ir a la cárcel, y sabían también que todo iba a suceder. Fueron, excepciones más que reglas, los medios que esperaron, que chequearon la información antes de tirarla a la marchanta. Fueron contados, los que hicieron periodismo.

Medios como Telam,  TN, e Infobae, por nombrar solo algunos, subían la apuesta permanentemente. Porque la noticia que vende –para ellos- es la tragedia. Y mejor aún si el contexto era el que fue. Con casi medio millón de personas en juego, y un artista del tamaño del Indio Solari. Que puede gustar o no, pero es incomparable en convocatoria, y trayectoria artística, y llegada al público. Tiene plata sí, la que él mismo hizo con su labor e inventiva. ¿Por qué el Indio fue el elegido por las masas?¿Por qué no Skay?  Preguntas sin respuestas.

El regreso a casa para todos fue complicado. Triste, tortuoso. Se llora lo que se siente. Y vaya que esto se sintió. Todavía intentamos acomodar las piezas para armar el rompecabezas. Y no, no cierra. Faltan piezas. Quedará inconcluso. Y ese eterno espacio vacío nos hace añicos el corazón y los cuerpos.

¿Qué tenemos allí, abandonado allí?.

Hasta el sábado a la noche me sentí enjaulada. Quería estar ahí, otra vez. Y no pude. Algo adentro mío se prendió al leer el comunicado de cuidarnos entre todos. Desde ahí, algo enrareció. Intenté no pensar, gente que quiero iba a ir a La Colmena.

No se equivocaban. No en el pedido, al menos. Ya se venía de la negación del predio de Tandil, por parte del gobierno provincial. Y luego el ofrecimiento tras el ofrecimiento por parte de Galli, quedaba el predio de Olavarría a disposición. Parecen años. Todo fue amabilidad e invitación. No ocurrió lo mismo el domingo, una vez terminado el recital.

Apareció el deslinde de culpas y responsabilidades. Los pases de la bomba ya explotada. La ciudad no quería más ricoteros, no quería más al Indio. Querían ahora, que Carlos Solari y la productora  En Vivo S.A , de los hermanos Peuscovich, se hicieran cargo. Y, por ende asumieran culpas. Algo falló, eso es sabido.

Muchos tuvieron miedo, muchos otros vivieron una fiesta “enrarecida” pero se llenaron de felicidad. Felicidad que cayó al enterarse de lo ocurrido. Con la desesperación que propiciaba el contexto. Y el fogonazo de la mala leche mediática y oportunista.

Ni Cromañon, ni Walter.

Apoyados en el no–saber, se tejieron significantes y paralelismos. El fantasma de Cromañon cobraba fuerzas. En redes y medios, se pedía la cárcel, se pedía que sean iguales con el Indio que con Callejeros y con Pato Fontanet. Olvidando, quizá a adrede, que la música no mata. Sí la torpeza, sí la avaricia, si los pocos recaudos. No la música.

Esto no fue Cromañon. Sí hubo bengalas. Porque a veces pareciera, que como público no aprendemos más. Que no se aprende de lo ocurrido. Pero no somos todos. Aunque por un par, paguen los otros casi 500 mil.

El otro significante feroz y mal intencionado, fue el de comparar la muerte de Juan Francisco Bulacio, con la de Walter Bulacio. Walter fue levantado en una razzia policial (métodos que hoy en día se volvieron a llevar  a cabo, porque el Estado le confiere poder a las Fuerzas Policiales) afuera de Obras en el 91. Y murió en manos de la Federal. A Walter lo mató la policía. No los Redondos, no el Indio.

No hubo revancha.

Se esperaba tener una revancha redonda. Era de antemano pensar en  ir a Olavarría y viajar en el tiempo. No pudo ser. La fiesta se apagó, se tiñó de oscuro, se manchó. Los corazones de ricota siguen latiendo a un ritmo desesperado.

Los que odian tuvieron su alimento. Porque son los que no comprenden la alegría de estar entre las multitudes siendo hermanos. Los que odian, son los mismos que levantan los dedos acusatorios. Los mismos que prenden el fósforo para encender una adversidad, que es falaz.

Ellos, los que estuvieron; Nosotros, los que estuvimos con el alma; no odiamos. Estamos tristes, sí. Pero con el corazón lleno de música. A pesar de no encontrar explicaciones.

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