La revolución viene oliendo a jazmín

María Victoria Walsh era Hilda para los enemigos y La Cabezona para los compañeros. Norma Arrostito se hacía llamar Irma o La Gaby, pero a veces le decían Gaviota. Ambas, guerrilleras de altos cargos en Montoneros. Ambas murieron en la lucha por la justicia social. A 41 años de la última dictadura cívico-eclesiástica-militar, sus historias son testimonio de la irrupción de la mujer en la política y la lucha armada.

En la mañana del 29 de septiembre de 1976, María Victoria Walsh, responsable de Prensa Sindical de Montoneros, y Alberto Molina Benuzzi, Secretario Político de la misma organización, subían a la terraza de la casa ubicada en la calle Corro al 105, en el límite entre los barrios porteños de Villa Luro y Floresta. En la planta baja, Guillermo Amarilla, Ismael Salame y José Carlos Coronel, responsables de diferentes frentes, contenían el fuego de los 150 militares que rodeaban la manzana.

“Un hombre y una muchacha tiraban desde arriba. Nos llamó la atención la muchacha porque cada vez que tiraba una ráfaga y nosotros nos zambullíamos, ella se reía”, contó después uno de los soldados a Rodolfo Walsh, padre de Victoria y miembro de  la agrupación Montoneros.

Después de una hora y media de enfrentamiento, una frase dicha con voz de mujer, que pesaría por siempre en la memoria de los testigos, acabó con la lluvia de balas: “Ustedes no nos matan, nosotros elegimos morir”. Acto seguido, Victoria y Molina se apoyaron sus fusiles en la sien y gatillaron.

Norma Arrostito, en cambio, murió dos veces. La Gaby fue la única mujer parte de la línea fundadora de Montoneros. El 2 de diciembre de 1976, el gobierno de facto decidió fingir su asesinato para desmoralizar a sus compañeros. Los medios la contaron entre los muertos de una emboscada en Lomas de Zamora, pero las fuerzas del Estado habían fusilado a otra mujer para montar la escena frente a los vecinos.

El 15 de enero de 1978, murió en la que solía ser la Escuela de Suboficiales de Mecánica de la Armada (ESMA). Los sobrevivientes del centro clandestino de detención aseguran que murió por envenenamiento, pero los militares siempre sostuvieron que falleció por causas naturales. Tras un año de encierro, de torturas y de utilizarla como trofeo de guerra, no pudieron sacarle información útil.

Los años 60 y 70 sorprendieron al mundo con la irrupción de la mujer en el mercado laboral, en los ámbitos estudiantiles, en los movimientos políticos y sociales. La sociedad moderna delimitaba claramente el rol femenino: ocuparse de la casa y de la crianza de los hijos, acudir donde hubiera una “falta”. Lo doméstico, el silencio, la sumisión y la fragilidad eran sus signos. Sin embargo, las imágenes de las guerrilleras con un fusil al hombro distan mucho del ideal de mujer delicada y obediente. Fue una época bisagra, marcada por el genocidio y la represión, que empujó a las mujeres a ocupar nuevos espacios y a redefinirse.

 

Mujeres en armas: las nuevas soldadas

“Cuando me están torturando, el milico me dice que tenían a Norma Arrostito, que en la ESMA estaban todos. Yo le dije que no, que a Norma la habían matado”, relató Graciela Daleo, una de las testigos en los Juicios a la Junta Militar de 1985.

“¿A quién querés ver?”, le preguntó el militar a Daleo, para demostrarle que “los tenían a todos”.

“A la Gaby”.

“No, no, no. Ahora no puede bajar porque está con ruleros”.

“No está Gaby porque no usaría ruleros”.

Los dos primeros gobiernos peronistas implementaron políticas que reconocían el rol social de las mujeres más allá del hogar. La Ley de Sufragio Femenino, aprobada de forma unánime en 1952, la participación de Evita en las cuestiones de Estado y como conductora espiritual, la creación de espacios sociales y políticos para mujeres. Fueron medidas de peso, pero el cambio era muy gradual. El sujeto político femenino recién comenzaba a gestarse.

Para 1970, la revista cubana Cristianismo y Revolución publicó una entrevista a las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP) en la que preguntaba por la participación femenina en sus filas. La organización contestó: “La mujer tiene que tener el mismo grado de participación que el hombre en todos los procesos de la sociedad y, sobre todo, en el proceso de cambiar una sociedad que la ha sumergido en una situación de marginación y dependencia”.

La igualdad entre hombres y mujeres se fue incorporando al discurso de las organizaciones armadas, a medida que las guerrilleras eran más y tomaban más responsabilidades. Según el estudio La participación femenina en la guerrilla argentina, de Xavier Vilar, Montoneros contaba con tres mil mujeres. Es decir, representaban el 30% de sus militantes. En el Partido Revolucionario de los Trabajadores y el Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP), el porcentaje se elevaba al 40%, con un total numérico de 2 mil militantes.

Sin embargo, el camino se mostró dificultoso para las mujeres. Lejos de intercambiar roles, se sumaron nuevos. La maternidad y la casa seguían siendo sus obligaciones, al mismo tiempo que se cargaban a la espalda la responsabilidad de parir una patria nueva.

 

Ser mujer, madre y militante

A Victoria le decían Vicky los más cercanos, con ternura. Pero Vicky tenía un temperamento particular, bien diferente de lo tierno. Un día abrió de una patada la puerta de Jacobo Timerman, director del diario La Opinión, su patrón. No quería recibirla y decidió entrar por la fuerza en su oficina. Era delegada sindical, trabajo que le interesaba más que el periodismo, hasta que tuvo que dejar el medio porque el director denunciaba a sus trabajadores ante el Ejército.

En la carta que le dedicó luego de su muerte, Rodolfo Walsh la describió como una mujer de “decisiones firmes y claras”. Con ese ímpetu que la caracterizaba, entró en las filas montoneras a los 22 años.

El día de su muerte, acababa de cumplir 26. Una militante había sido detenida un mes atrás y el Batallón de Inteligencia 601 le había arrancado información crucial: en la casa de la calle Corro se reunirían miembros de la Secretaría Política de Montoneros, el 28 de septiembre por la noche.

Victoria era la única mujer presente en esa reunión, acompañada por su hija de un año y dos meses. Las mujeres guerrilleras no tenían muchas más opciones que no fueran incluir a sus hijos en la vida clandestina, llevarlos a sus encuentros, enseñarles a memorizar identidades e historias falsas. Otra opción era dejarlos a cargo de los abuelos o de amigos, lo que significaría compartir poco tiempo con ellos. El esposo de Victoria, Emiliano Costa, había caído preso a principios de 1975 y no habían vuelto a saber de él desde entonces.

Durante la balacera, Victoria dejó a su hija debajo de un colchón en el baño, a sabiendas de que no iba a volver a buscarla. El Ejército la encontró luego y la entregó al padre de Costa.

La maternidad en la guerrilla significaba riesgos y responsabilidades siempre mayores para las mujeres que para los hombres. Se calcula que el 30% de los desaparecidos fueron mujeres, un tercio de las cuales estaban embarazadas. Abuelas de Plaza de Mayo estima que alrededor de 500 niños y niñas fueron apropiados durante la última dictadura. Quitárselos a sus madres en los centros de detención clandestina al nacer era una práctica común.

“Montoneros hace una resignificación de la figura materna de la militancia y del planteo de que lo que hay que sostener es una familia, porque los hijos son el futuro y lo que se quiere es una revolución que transforme la sociedad para que las nuevas generaciones vivan mejor”, analizó la socióloga Alejandra Oberti en una entrevista a Página 12. El mandato social que obligaba a las mujeres a ser madres se reprodujo dentro de la organización armada y la tarea de la crianza permaneció dentro de las obligaciones exclusivamente femeninas.

En su investigación, Xavier Vilar recogió varios testimonios de militantes montoneras respecto de su relación con los compañeros. Una de ellas decía que “(la maternidad) implicaba para todas las mujeres una desventaja para nuestros ascensos dentro de la organización, porque muchas veces no podíamos ir a reuniones, o no podíamos disponer para nuestra formación el mismo tiempo que tenían los varones (…) O perdíamos como militantes, o perdíamos como madres”.

Otra exmontonera explicaba: “Las organizaciones no estaban en otro planeta, y pasaba lo mismo que en cualquier otro ámbito. Entonces, la mujer, además de militar igual que un hombre, tenía que ocuparse sola de lo considerado “femenino” (…) A la hora de promoción de los cuadros, se traducía en una discriminación impresionante (…) A pesar de que fue muy difícil ese doble rol femenino y militante, no veo que haya habido otro momento en la historia de cada una en que podamos habernos sentido tan vivas como entonces”.

 

Con el fusil en la mano y Evita en el corazón

Norma Arrostito estaba casada con Fernando Abal Medina. Lo conoció en 1966 en la cárcel, luego de haber sido detenida por apoyar a obreros portuarios en huelga. Fue una de las pocas mujeres en llegar a las cúpulas de Montoneros y, por ello, estaba más expuesta. Era más fácil camuflar a un hombre entre varios hombres que a una mujer entre varios hombres.

Fue la única mujer involucrada en el secuestro y asesinato de Juan José Aramburu, la acción que dio surgimiento a Montoneros. Para ese entonces, ya había viajado a Cuba para recibir adiestramiento militar y ya había participado en asaltos de coches y armamento para el ejército revolucionario. Tenía una fuerte formación marxista y se acercó al catolicismo de la mano de Abal Medina.

Para los medios, era una delincuente famosa y peligrosa. En portadas de diarios solía verse su foto al lado de la palabra “DENÚNCIELOS”.

“ESTHER NORMA ARROSTITO. Alias “Irma”, argentina, 30 años de edad, casada. Cutis blanco, 1.62 mts. de estatura”, rezaban los afiches. Esa era Arrostito para los medios de comunicación controlados por el Estado. Cuando murió falsamente en Lomas de Zamora, en las primeras planas se celebraba un nuevo “golpe a la subversión”.

Pero, para sus compañeros, esa mujer era otra cosa.

“Hay una foto de Norma Arrostito (…) tomada durante un acto en el Club Atlanta, en la que ella aparece sonriente y con el pelo suelto, la imagen más acabada de las hijas de Evita. La compañera que se coloca al lado del hombre y comparte con él todos los aspectos de la militancia”, describía Oberti.

En su ensayo, Las revolucionarias. Vida cotidiana y afectividad en los ’70, la socióloga desmenuzó el ideal de mujer que encarnaba la Evita Montonera, “de aspecto frágil pero de voz resuelta, de cabellos rubios que caen sobre su espalda y de ojos afiebrados y gesto sonriente”. La Evita de rodete no podía expresar a la mujer nueva del peronismo. Era necesaria la otra, la que sonreía al viento con el pelo suelto, la militante pasional y entregada a la causa hasta las últimas instancias.

“La organización armada elimina de los discursos los tramos en los que Eva arremete contra las feministas, reenvía a las mujeres a sus casas (…) Así es como son madres-esposas-trabajadoras y herederas de una Evita que encarna plenamente la lucha revolucionaria”, explicó Oberti.

Esa imagen asumió Arrostito frente a los revolucionarios. Por esta razón, cuando fue chupada por el Ejército y llevada a la ex ESMA, se la usó de varias maneras. Era el trofeo de guerra de la Marina frente al resto de las fuerzas. Se la mostraban a los militantes que captaban para quebrarlos. El mensaje era: si la tenemos a Arrostito, están perdidos.

Elisa Tokar, sobreviviente de la ex ESMA, relató sus encuentros con Gaby. Un día, los militares le asignaron a Tokar tareas de trabajo esclavo, que eran a menudo una forma de supervivencia en el cautiverio. Arrostito, al enterarse, le dijo: “Vos sos una perejila, decí que escribís a máquina”. Aún en la tortura, Norma seguía significando apoyo y contención para sus compañeros. Desde el encierro, inspiraba fuerzas para resistir, para no colaborar ni rendirse.

“Para mí, Gaby era todo un símbolo. No era una compañera de militancia, era un símbolo de mi militancia”, afirmó Tokar.

 

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