Terrorismo sexual

      “Además de puta, guerrillera” vociferaban los monstruos, mientras dejaban caer sus cuerpos calientes, llenos de odio e ignorancia, sobre los cuerpos indefensos de las mujeres que allí dentro habían perdido todo individualismo, y solo se consideraban cuerpos, así sin más, con dudas hasta de si tenían vida.

      “Además de puta, guerrillera” justificaba el animal, para nada racional, mientras atacaba con la violencia digna de un depredador que busca conquistar a su presa y así sumar victimas a su estante de trofeos humanos.

      “Además de puta, guerrillera” se terminaban creyendo las victimas de consecutivas violaciones. Era lo único que escuchaban, constantemente, junto con los gritos de agonía de sus compañeros.

El género y el factor biológico fueron agravantes durante el cautiverio en los Centros Clandestinos de Detención. Las violaciones sexuales, los abusos y las vejaciones fueron perpetrados de forma sistemática.

Esclavas sexuales

Por alguna extraña razón, estos simios con poder decidían a dedo limpio quien merecía un ¿mejor? trato, y así separaban a sus víctimas en dos grandes grupos: las que eran llevadas a departamentos privados con sábanas limpias, para que la humillación fuera menor (como si eso fuese posible), y las que eran esposadas a camas de chapa para ser violadas cuando les quedara cómodo.

De todas formas, una vez satisfechas las necesidades de los machitos, las de ambos grupos volvían a los grilletes, las esposas y el tabique.

Los abusos sexuales en los Centros Clandestinos de Detención no constituían hechos aislados, sino que conformaban una práctica habitual que se exteriorizaba, indistintamente, a través de diversas conductas.

Comenzaba con episodios como el momento del baño, donde los guardias las obligaban a desnudarse frente a ellos mientras reían y observaban sus cuerpos, gozando de ese morbo tan característico del disfrutar la humillación ajena.

Las violaciones carnales, donde introducían su miembro o algún objeto de similar apariencia en la vagina de la víctima, eran el final de aquellas vejaciones.

“[…] Yo tengo clarísimo que en ese momento pensé: ¿podrá aguantar una mujer que la violen siete hombres, uno atrás del otro? ¿Podrá el cuerpo? Bueno, si no puede, tendrá que poder. Yo tengo que resistir porque, si no, me van a matar” declaró una víctima en la causa ESMA durante el juicio oral en 2010.

 

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Un instrumento más del terrorismo de Estado

La abogada Analía Aucía, una de las autoras de Grietas en el silencio, un libro sobre la violencia sexual en la dictadura, declara que “los valores de una sociedad patriarcal se trasladaron y agudizaron durante la dictadura”, lo que transformó la violación sexual en “un mecanismo para reubicar a las mujeres”.

    “Esto lo podemos deducir porque las entrevistadas en la investigación nos trasmitieron el discurso de los represores, que les decían frases como ‘Mirá en lo que te metiste, si te hubieras quedado en tu casa, cuidando a tu hijo, no te hubiera pasado esto’. Estos dichos no aparecían en los varones cuando se los torturaba o se les aplicaba cualquier tipo de violencia”, afirma Aucía.

La sobreviviente y periodista Miriam Lewin considera que los delitos sexuales no solo tenían como objetivo la humillación o el quiebre directo en la mujer, sino que también eran una herramienta de disciplinamiento.

    “Muchas veces, las violaciones se hacían en público o de manera que los varones tuvieran conciencia de que eso estaba teniendo lugar. Esto está confirmado por muchísimos testimonios. Había mujeres que eran violadas delante de sus maridos o pared de por medio”, relató Lewin.

Delitos de Lesa Humanidad

En 2010, por primera vez, se consideró a las violaciones ocurridas durante la última dictadura militar argentina como un delito de lesa humanidad, en la sentencia que condenó a cadena perpetua al represor Gregorio Rafael Molina.

La Cámara Nacional de Casación Penal consideró culpable al ex jefe del centro clandestino La Cueva por ser “autor del delito de violación de forma reiterada”, entre otras cosas.

A su vez, dictaminó que las violaciones no hubieran ocurrido “de no encontrarse en aquella situación y amparándose en la posición del poder que detentaba”.   

La violencia sexual fue invisibilizada en los testimonios de la década de 1980 en la Argentina, ya que el relato se construyó en torno a la búsqueda de prueba a través del reconocimiento e identificación de personas que continúan desaparecidas.

Sin dudas la principal dificultad es la negativa de los jueces de instrucción a imputar penalmente a los señalados como responsables por delitos de violación sexual, y la falta de sensibilización de los operadores judiciales con respecto a estos temas.

De todas formas, las violaciones fueron solo otra de las prácticas deshumanizadoras que se instalaron en la última (y más sangrienta) Dictadura Militar Argentina.

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