Proceso

En el diario, las letras negras todavía con olor a tinta fresca cuentan que mataron a otra mujer. Con cuidado, leés la bajada. “Qué porquería”, pensás, “pobrecita”, y pasas la página. Esa mañana estás apurada, tenés que llegar al trabajo, tu jefe estuvo toda la semana pidiendo que revisaras sus papeles y no pudiste desarrollar tus casos. El estudio jurídico funciona así, qué se le va a hacer. Cuando recién entras, por más abogada que seas, terminás como secretaria. Estabas pensando que tal vez ese día podrías adelantar algo del caso Roca así llegás a horario al cumpleaños de Lu, tu hermana. Por eso saliste antes para tomarte el colectivo con tiempo y entrar al estudio temprano.

—Ehhh preciosa, ¡esas piernas! escuchás, mirás al auto que pasa veloz por delante de la parada, no los conocés, girás la cabeza. Sabés que a esos hay que ignorarlos, quedarse callada para que no paren y se arme más lió. El colectivo llega casi vació y el camino hacia el trabajo es tranquilo. Hoy podés sentarte en un asiento individual sin preocuparte de que algún desubicado se acerque demasiado. Cuando llegas a la plaza, ves la pared de uno de los edificios nuevos pintada con graffiti; ayer se jugó la copa, los hinchas festejaron.

En la oficina estaba solo la recepcionista, Estela, que siempre llega temprano. La saludás alegre, ella te devuelve la sonrisa y un mate.

—¿Viste lo de la chiquita esta que mataron anoche? —te pregunta mientras saca los bizcochitos; vos asentís—. Pobrecita… igual, quién anda tan tarde justo por esas calles, con lo peligroso que está todo ahora.

No llegás a responderle porque suena el teléfono, vas a tu oficina pensando en eso del peligro. Es verdad, últimamente hay más casos de robos y esas cosas, pero no te da miedo. Los chicos en el auto hoy más temprano, eso te da miedo.

Mientras pasás por las hojas del caso Roca, te acordás del regalo de Lu, de apurada lo dejaste en la mesa de la cocina. Ahora tenés que salir incluso antes para poder pasarlo a buscar. Cumple veinte y no pudiste ir la noche anterior al festejo en el boliche porque hoy trabajabas; por lo que el regalo es indispensable para compensar la ausencia anterior. Una vez que terminás con el caso Roca, le dejás los papeles de tu jefe a Estela.

—Decile que me tuve que ir más temprano, pero está todo terminado —ella asiente.

—Igual no sé si viene hoy…— te dice—, tiene la audiencia, viste, por eso de agresión a la esposa… Pero bueno, cosas intrafamiliares, yo no me meto.

Dejás los papeles y Estela vuelve a contestar el teléfono que suena incesantemente.

Con el sol en el rostro caminás a la parada, entrecerrás los ojos para no hacerte mal a la vista. En tu bolsillo, el celular empieza a vibrar. Es una llamada corta, muy corta, y ya no tenés que apurarte más. No tenés que volver rápido a tu casa, ni agarrar el regalo. No tenés que saludar a tu hermana, porque ella ya no está. En ese instante, rápido y fugaz, desapareció de tu vida. Más adelante, cuando vayas a infinitas audiencias y hables con fiscales, abogados y jueces, te vas a enterar de quién la mató. Te vas a enterar que ese día en el boliche, Lu tomó, porque cumplía veinte y estaba festejando. Que varios hombres quisieron estar con ella pero uno insistió más de lo normal. Que sus amigas la acompañaron toda la noche y esperaron a que se tomara un taxi. Que él se subió cuando ellas se fueron. Que el taxista pensó que sería el novio y ella estaba muy borracha para reconocerlo, por eso empujaba y resistía. Que la violó y después la mató para que nadie nunca se enterara.

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