Identidad sexual y género: la mirada cinematográfica en XXY, de Lucía Puenzo.

¿Y si no hay nada que elegir?

Si de identidad de género hablamos, cabe destacar que partimos de la base común donde entendemos y compartimos que la noción de género, en palabras de Judith Butler, no es sinónimo de mujer u hombre, sino una construcción cultural de las sexualidades.

Cada individuo comienza a leer el mundo a partir de una perspectiva de género desde que tiene uso de razón, desde que puede recordar escenas de la vida cotidiana o incluso desde antes, por el contexto que lo circunda. Llega un momento en el que mamá, papá u otro familiar explica que la genitalidad es distinta “en los nenes” y “en las nenas”. Pero, ¿qué pasa con aquello que es excluido y condicionado? ¿Qué pasa con lo diferente, con lo más tabú de la sexualidad? ¿Qué ocurre con las resistencias al orden establecido?

En la cinematografía argentina, al igual que sucedía en tantos otros campos sociales, la temática sobre género no había sido jamás abordada del modo en que Lucía Puenzo se aventuró a hacerlo. Es por esto que resulta inevitable plasmar una puesta en valor de su filmografía, que abre interrogantes sobre dicha temática y su forma de abordaje, una crítica abierta a la imposición de definiciones sexuales y una invitación a la reflexión, hacia el respeto por las diversidades.

El cine y su aporte acotado sobre la diversidad sexual mostraban mayormente lo gay, trans y lésbico como algo que aparece bajo los estereotipos de otredad que les impone el sistema hegemónico heteropatriarcal: se impone la figura del bailarín gay, la lesbiana deportista, el peluquero travesti. Puenzo reivindica los derechos del individuo como dueño de su cuerpo y sus acciones, y es definitivamente una pionera, referente nacional y digna de admiración.

En el caso puntual de XXY, la directora condena la violencia física y simbólica que ejercen algunos discursos científicos, ciertas prácticas médicas, e interacciones sociales sobre las personas intersexuales. Esta violencia nace de la imposición de un determinado género y orientación sexual, que presenta al cuerpo intersexual como algo ininteligible, algo que necesariamente hay que corregir, delinear, moldear a imagen y semejanza de una sociedad incapaz de comprender que, quizás, no haya que elegir entre A o B.

Vayamos ahora hacia la trama. Álex es una adolescente intersexual de 15 años, que creció viviendo como mujer para su entorno y tomando medicinas que suprimían sus rasgos masculinos por sentencia de sus padres, quienes a su vez decidieron dejar Buenos Aires apenas nació e instalarse en una cabaña situada a orillas de la costa uruguaya para que Álex creciera sin los prejuicios del entorno y más protegida. La intención parece quedar trunca.

El caso es que Álex no se identifica en un cuerpo con genitalidad “de mujer”, y decide dejar de tomar los corticoides que evitaban la virilización, mostrando su resistencia a esta forma de control sobre su cuerpo, tanto por parte de sus padres como de una sociedad que exige definiciones y discrimina sin reparos. La película celebra el cuerpo intersexual, no como un estado transitorio sino como una forma legítima de corporeidad, haciendo una fuerte crítica cultural e invitación a la reflexión.

El relato de Puenzo señala lo problemático de la falsa idea de las “identidades puras” como algo cerrado y definido, sobre lo cual adherimos a la idea de identidad como una construcción social y, en las visiones de Freud o Stuart Hall, como un proceso de articulación, sobredeterminación, no habiendo lugar para totalidades suturadas. Un ser siempre en formación.

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La idea que atraviesa esta historia de principio a fin es la posibilidad de someter a Álex a la castración, el impulso hacia una determinación de matriz binaria: ser mujer u hombre. Al respecto, la filósofa contemporánea Judith Butler invita, a través de sus escritos, a pensar el género por fuera del dato biológico, ya que el género, la sexualidad y las identidades se construyen en el discurso, se arman, y se delinean desde un orden dominante, con el fin de reproducir el orden establecido: una sociedad patriarcal- heteronormativa-monogámica.

“Dijiste que no rebanaba nada y ahora me decís que le gusta cortar dedos”, sostiene Álex en diálogo con su nuevo amigo Álvaro, cuyo padre es cirujano, en una fuerte crítica a la cirugía que busca amputar todo lo que entiende la medicina que “sobra”, que está fuera de los parámetros de la “normalidad” impuesta.

La escena clave de la apuesta de Puenzo tiene que ver con un padre reflexivo que empieza a comprender que sólo su hijx puede tomar una decisión al respecto. Acto seguido, Álex le dirige la mirada al padre y sostiene: “¿Y si no hay nada que elegir?

En cuanto a la estética, es menester destacar que la música original de los films de los Puenzo, tanto padre como hija, es composición de Andrés Goldstein y Daniel Tarrab, quienes, a rasgueado de guitarras logran imprimir una atmósfera de oscuridad, pesadez, incomodidad, padecimiento constante, sin hacer abuso del recurso. La banda sonora está presente cuando es realmente necesaria.

Por otro lado, la historia es narrada como un drama intimista y angustiante, a la vez sobrio, realista, elegante, sin sentimentalismos, con una fotografía en tonos azules que recrea la atmósfera de incomodidad constante de todos los personajes y del espectador que se angustia a la par por la situación.

La mujer como cineasta: el género desde la mirada femenina.

XXY se estrenó en 2007 y es la ópera prima de Lucía como directora, en un contexto político cultural de transformaciones clave en materia de género, de miradas cada vez más inclusiva, de despojo de tabúes, donde no es casualidad que el mismo año haya asumido en Argentina la primera mujer como Presidenta. Un contexto que reivindica los derechos de la mujer y los derechos humanos en general, una década que destaca a la mujer en los distintos campos sociales, en sus diversos roles y legados: la luchadora del cotidiano, la cineasta, la mandataria.

Tampoco es casualidad que hayamos sido pioneros latinoamericanos respecto de la Ley de Matrimonio Igualitario sancionada en julio de 2010, que en el plano de lo simbólico inauguró un paradigma que continuó con la ley de Identidad de género y el nuevo Código Civil, entre otras acciones que manifiestan un discurso de inclusión y equidad.

Es importante contemplar el trabajo de Puenzo como parte de una camada de mujeres realizadoras argentinas que hacen cine de autor. Entre ellas se encuentran Lucrecia Martel, Albertina Carri, Julia Solomonoff, Sandra Gugliotta, Ana Katz, Paula Hernández, y como puntapié inicial, la referencia de María Luisa Bemberg.

Bemberg se destacó como directora de películas en temáticas referidas a la emancipación y reivindicación de la mujer. Su película “Camila”, cuyo estreno fue en 1984, causó sensación y es recordada como un clásico del cine nacional. Se trata de la historia de una joven de familia aristocrática que se enamora del sacerdote jesuita de su parroquia y deciden escaparse juntos. Basada en un hecho real, enmarcado en el segundo gobierno de Juan Manuel de Rosas, una mujer que cuestiona la violencia entre Unitarios y Federales, que de forma clandestina lee libros prohibidos por el rosismo y que tiene la valentía de vivir la historia de amor que ella eligió. ¿Elegir? ¿En esta sociedad? ¡Que tupé!

A propósito del estreno de su primer largometraje, la directora expresó: “Sabía que si mi película salía mal no iban a decir ¡qué bestia, la Bemberg! sino ¿No ven que las mujeres no sirven para hacer cine? Y ahí caían en la volteada millones de mujeres inocentes”. Ha sido firme activista sobre los derechos de la mujer y referente, sin dudas, para la siguiente generación de cineastas.

Especializada en la problemática femenina, los roles impuestos y el enfrentamiento a la sociedad patriarcal argentina, ayer, Bemberg estrenaba películas como “Señora de nadie”, “Yo, la peor de todas”, y “De eso no se habla”. Hoy, mujeres como Puenzo y Albertina Carri expanden el campo hacia las cuestiones de género, la identidad, la violencia física y simbólica, el abuso.

Definitivamente la mirada femenina en el cine ha sido un valiosísimo aporte para un mercado de industrias culturales argentinas que durante la última década le dio mayor impulso a la producción de obras que destacan la importancia de reconocer y respetar las diversidades, así como también los derechos del individuo como único dueño de su cuerpo.

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Fotografía de la directora Lucía Puenzo

Sheila Daiana Castagna.

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