La desigualdad se tiñe de rojo

Según los últimos datos extraídos por la Organización de las Naciones Unidas, en el mundo hay 3650 millones de mujeres. A diario, menstrúan más de 800 millones y alrededor de 1250 millones de mujeres y niñas no tienen acceso a condiciones de higiene óptimas durante su periodo menstrual. La estadística solo son números, pero detrás de ellos hay personas como Roshani Tiruwa, la joven nepalí de 15 años que murió asfixiada por el humo de la hoguera que debió encender para combatir el frío en el cobertizo donde la habían aislado durante el chhaupadi.  

El chhaupadi es una antigua práctica hindú según la cual las mujeres son consideradas “impuras” durante su periodo menstrual, por lo que son aisladas del resto de la comunidad. Si bien Nepal ha prohibido esta práctica hace doce años, aún siguen existiendo casos como el de Roshani, sobre todo en los pueblos más aislados. En muchos otros países, principalmente de África y Asia, la menstruación es un tema tabú y las mujeres son estigmatizadas por el simple y natural hecho de menstruar.

En Afganistan, tienen grandes problemas para acceder a productos de higiene íntima como tampones o compresas, además del mito existente de que no pueden lavar sus zonas genitales durante su período. En Irán, se considera que los tampones suponen una amenaza para la virginidad de las niñas, por lo que no pueden acceder a ellos. En Bangladesh, se deben enterrar los paños menstruales después de usarlos para no atraer a los malos espíritus, hecho que supone un gasto económico importante y genera situaciones insalubres.

La ONG Global One hizo un estudio en campos de personas desplazadas y refugiadas en Siria y Líbano, donde descubrió que alrededor del 60% de las mujeres que allí viven no tienen acceso a ropa interior o a productos de higiene intima. De hecho, ante la crisis humanitaria en la se encuentran las personas refugiadas en las fronteras europeas, las organizaciones que gestionan la ayuda han pedido que se envíe menos ropa y mas productos de higiene, en concreto, los necesarios para la higiene personal durante la menstruación, ya que los gestores de la ayuda tienden a ser hombres que dejan en un segundo plano las situaciones que solo atañen a las personas que menstrúan, tanto mujeres como hombres transgénero.

Todas estas personas que sufren la falta de acceso a productos de higiene específicos para su menstruación acaban utilizando materiales u objetos insalubres como telas sucias u hojas de arboles, lo que puede causarles infecciones que, en general, no son bien tratadas por la falta de recursos o bien por el tabú a la hora de hablar de estos temas.

Aunque nos puedan parecer problemas tercermundistas de Oriente, en la parte tercermundista de Occidente muchas son las personas que tienen grandes dificultades para acceder a productos de higiene menstrual, como tampones o compresas, los cuales son utilizados por mas del 80% de quienes pasan su período. En Argentina, una persona que menstrúa gasta entre 700 y 1000 pesos anuales en este tipo de productos, los cuales tienen un tipo impositivo del 21%. La campaña de Economía Feminista #Menstruacción se enfoca en la eliminación de dicho impuesto.

Gracias a esta campaña, en la Provincia de Buenos Aires se presentó un proyecto de ley que pretende garantizar el suministro de productos de higiene menstrual a toda la población bonaerense en edad de menstruar en escuelas, cárceles, comedores y albergues. La campaña también exige que se dediquen esfuerzos a la investigación para analizar cual es la relación entre el absentismo escolar y los ciclos menstruales de las menores en Argentina. A nivel mundial, el 40% de las niñas no tienen acceso a productos específicos para la menstruación por lo que faltan a clase durante su periodo. Esto provoca absentismo escolar, retraso en su aprendizaje y aumenta la desigualdad de oportunidades entre niños y niñas.

Si bien los tampones y las compresas desechables son métodos sumamente prácticos tanto de llevar como de cambiar, así como fáciles de conseguir en cualquier supermercado o almacén cercano, conllevan toda una serie de desventajas. En lo económico, estos productos son muy caros si tenemos en cuenta que hablamos de bienes de primera necesidad. A su vez, el impacto ambiental es altísimo, ya que una persona que menstrúa gasta a lo largo de su vida unos 11.500 tampones o compresas, lo que supone 135 kg de residuos que tardarán entre 500 y 800 años en degradarse por completo.

Existen otros métodos 

Además de los productos tradicionales ya mencionados, existen otras alternativas mas económicas y mas respetuosas con el medio ambiente y también con nuestro cuerpo.

La copa menstrual esta hecha de silicona médica hipoalergénica, por lo que es en extremo higiénica. Está disponible en diferentes tamaños al igual que los tampones, aunque su capacidad de absorción es mayor por lo que puede ser cambiada con menos frecuencia; esto es ideal si pensamos en las personas sin hogar que no pueden disponer con facilidad de un baño donde asearse. Dos copas menstruales tienen un valor aproximado de $600 y se calcula que duran aproximadamente unos 10 años, por lo que a lo largo de una vida se gastarían unos USD $150 utilizando este método.

La ropa interior absorbente es otra de las opciones a valorar. Según sus creadoras, equivale de dos puestas de tampones, aunque si el flujo es muy abundante puede ser necesario llevar una muda de recambio en el bolso. Están disponibles en variedad de colores y modelos, y el precio de 5 prendas es de USD $145. Se calcula que su uso, al igual que la copa menstrual, es de unos 10 años por lo que se gastarían en este tipo de prendas unos USD $450 aproximadamente en toda su vida. Si consideramos que, con o sin menstruación, utilizamos ropa interior, este gasto no resulta tan significativo.

Las compresas reutilizables están hechas con algodón de primal, son lavables en cualquier lavadora y su vida útil también está calculada en unos 10 años. Cada una vale unos USD $10, lo que nos llevaría a un gasto total durante toda nuestra vida de unos USD $240. La gran desventaja de este método es que, a la hora de cambiarnos cuando estamos fuera de casa, debemos llevar la compresa usada con nosotras durante el resto del día.

El último de los métodos es de seguro el menos conocido: las esponjas marinas. También son lavables, reutilizables, hipoalergénicas y 100% biodegradables. Además, tienen la capacidad de regenerarse, por lo que son consideradas la opción más sostenible de todas las expuestas. Estas esponjas deben insertarse en la vagina pero pueden ser recortadas para darle el tamaño y la forma que mejor nos convenga. Tienen una duración de entre 3 y 8 horas y su vida útil es de unos 6 meses aproximadamente. Si consideramos que el par de esponjas ronda un precio de USD $20, a lo largo de nuestra vida estaremos gastando más o menos lo mismo que en tampones o compresas desechables, aunque de forma más sostenible.

Dar un paso más, cambiar nuestros hábitos

Diana Sierra es la creadora del proyecto BeGirl, llevado a cabo en Uganda, donde la propia comunidad fabrica ropa interior impermeable con un orificio donde introducir materiales absorbentes que luego pueden ser desechados o lavados y reutilizados. De esta manera, se acerca a todas las mujeres, las niñas y los hombres trans métodos alternativos a los industriales de higiene menstrual.

La idea de abastecer a la sociedad con útero de productos de higiene menstrual es totalmente válida y necesaria, ya que no todo el mundo puede disponer de dichos productos. La cuestión está en qué es lo que repartiremos. Podemos optar por los métodos tradicionales desechables, cuyo impacto ambiental y económico es elevado, o podemos optar por alternativas respetuosas con el medio ambiente, más económicas, y que den un giro hacia nuevas formas de consumo responsable.

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