Pensamiento dualista, subordinación, y mujer: ¿en qué se relacionan?

Dualismo: una visión de mundo

Vivimos atravesados por el dualismo como doctrina que afirma la existencia de dos principios supremos distintos, independientes, irreductibles y antagónicos; categorías que se ordenan en pares opuestos e irreconciliables. A su vez, este despliegue de pensamiento involucra una visión de mundo dicotómica, en tanto hay división, oposición y jerarquización entre las categorías implicadas. Podemos identificar esta tendencia cuando hablamos –sólo por señalar ejemplos que vienen al caso– de los siguientes términos contrapuestos:

Naturaleza/Cultura

Hombre/Mujer

Sexo/Género

Femenino/Masculino

Público/Privado

Racionalidad/Sensibilidad

Toda dicotomía implica un choque de fuerzas, una pugna constante por imponer un pensamiento o una acción por sobre la otra. A veces, puede implicar movimientos más bien concretos, u otros implícitos, o simbólicos; pero el conflicto existe puesto que se halla en el imaginario social: la historia ha reducido y confinado a la mujer al desarrollo de la función reproductiva y ha ascendido al hombre al nivel de la representación de la humanidad toda.

La destacada jurista Alda Facio explica dicha problemática en los siguientes términos: “El pensamiento dicotómico, jerarquizado y sexualizado, que lo divide todo en cosas o hechos de la naturaleza o de la cultura, y que al situar al hombre y lo masculino bajo la segunda categoría, y a la mujer y lo femenino bajo la primera, erige al hombre en parámetro o paradigma de lo humano, al tiempo que justifica la subordinación de las mujeres en función de sus pretendidos “roles naturales”.

Las aristas del dualismo nos llevan a repensar el vínculo entre lo público y lo privado, en clave de la teoría crítica feminista y la perspectiva de género. Encasillar a la mujer en la esfera de lo meramente privado, la reduce a ser-para-otros (madre, esposa, hija), al tiempo que encuadra los episodios de maltrato que puede sufrir dentro de su entorno familiar como “cuestiones pasionales”, en vez de reconocerlos como actos de violencia. Cabe destacar al respecto que lo personal es político, que las políticas públicas, las instancias jurídicas y el Estado en su conjunto deben ocuparse de lo que ocurre en el ámbito privado, ya que lo privado tiene consecuencias en el orden de lo social.

Facio sostiene: “En el derecho, la distinción público/privado cruza todo el entramado normativo y responde a los parámetros que definen ambas esferas en las sociedades patriarcales. En efecto, las mujeres son tratadas explícitamente a propósito de la familia o de la sexualidad, es decir en relación a ámbitos propios de lo privado, a la par que son excluidas del ámbito público, como lo demuestra su reciente conquista (menos de 100 años en Europa y menos de 50 años en muchos países latinoamericanos) del voto. Por otra parte, si bien se castiga la violencia sexual ejercida por extraños, no se penalizaban tradicionalmente conductas como la violación o el maltrato del marido a la mujer. Se trataba de una esfera gobernada por el jefe del hogar en la que el derecho actuaba como consagrador y legitimador de dicho poder”.

Hacia una crítica al dualismo

Naturaleza y cultura son dos términos que no pueden ser pensados por separado, no están aislados, ni hay fronteras tajantes que los distancien. Tampoco el ser humano puede pertenecer a un solo lado de la senda, aunque no podemos negar que el lenguaje y el pensamiento nos convierten en seres culturales. El caso es que naturaleza y cultura tienen una relación intrínseca, se entrelazan, hay un devenir constante, una interrelación o correspondencia –una ilación inseparable– y este es, por lo tanto, el motivo por el cual sostenemos que el enfoque dualista no alcanza para seguir sustentando una visión del mundo siempre conducente hacia una dicotomía que implica choque de fuerzas y valores.

Como bien señala Gómez Campos: “Nunca hay en el ser humano un abandono total de la naturaleza, sino una refuncionalización permanente a través de su significación; creación permanente de cultura, de artificio, de invención. El Ser humano es expresión de la polaridad naturaleza-cultura como totalidad; por tanto se define en la idea de ritualidad más que en la de cultura. Como afirma Baudrillard: <<la ritualidad es un sistema mucho más vasto, que engloba a los vivos y a los muertos, y a los animales, que ni siquiera excluye a la “naturaleza” cuyos procesos periódicos, recurrencias y catástrofes hacen las veces espontáneamente de signos rituales>>”.

Si pensamos en la distinción hombre/mujer, los intersticios de la biología dejan ver sus fallas teoréticas en la defensa férrea de los parámetros normativos (a los que estamos ligados como sociedad). Habituarnos a sólo contemplar hombres y mujeres excluye y discrimina, obliga a tener que encolumnarse en una de las dos filas posibles. ¿Qué ocurre entonces con la condición de intersexualidad? ¿Podrá ingresar al imaginario social –como una posibilidad de ser– aquello que aún está al margen de la norma?

Podemos sostener que hay violencia en algunos discursos científicos, en ciertas prácticas médicas, y desde las interacciones sociales que tratan sobre personas intersexuales. Esta violencia nace en la imposición de un determinado género y orientación sexual, ya que presenta al cuerpo intersexual como algo ininteligible, algo que necesariamente hay que corregir, delinear, moldear a imagen y semejanza de una sociedad incapaz aún de legitimar y respetar las diversidades. De este modo, la lógica binaria y jerárquica no sólo es opresiva y estructurante porque nos preexiste y determina, sino que, discursivamente hablando, está colmada de ranuras, surcos, y estrías.

Sheila Castagna.


 

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