Tuve suerte

Creemos que nunca puede pasarnos algo así. Lo vemos en los medios de comunicación, lo escuchamos de algún/a amiga/o pero nunca lo sentimos. Es imposible entenderlo si no lo vivimos. Nos indignamos, apagamos la tele, dejamos de leer las noticias porque nos horroriza el relato, hacemos la vista gorda. Salimos a la calle para gritar por las que no están, por las que este sistema patriarcal nos arrancó. Pero nunca, nunca, vamos a sentir lo que ellas pasaron. Algunas no fuimos Ángeles, ni Melina, ni Lola, ni Florencia, ni Araceli, ni María Inés y Coni, ni Micaela, pero pudimos haberlo sido. Yo “tuve suerte”. Porque hoy, lamentablemente, dependemos de esa “suerte” para mantenernos vivas.

Cuando te tocan, te golpean, te denigran, sentís que te arrancan un pedazo de tu ser. Te rebajas a suplicar que ya no te hagan daño, que sos chica, que si te dejan viva prometes que no vas a decir nada. Pero repito, yo “tuve suerte”, “tuve suerte” de que no me maten pero esa misma “suerte” no abarcó los golpes, ni los insultos, ni mi dignidad, ni todo lo otro que siente una mujer cuando violan sus derechos. Pasas a ser un objeto del abusador, que no es un enfermo, sino “un gozador del abuso del poder, ya que disfrutan antes y después de la violación porque sienten placer al aprovecharse de quien no puede defenderse o de quien teme”, según Eva Giberti, quien trabaja en el programa de “Las Victimas contra las Violencias del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación. Un poder que debería protegernos, en el lejano imaginario de cada una, a las mujeres ante estos casos.

Ese sábado a la mañana cuando me entere que Micaela ya no estaba y no iba a volver, recibí un mensaje de mi papá: “Hija, encontraron muerta a Micaela”. En ese momento, mis ojos se llenaron de lágrimas e inmediatamente pensé que el dolor que estaban atravesando los papás de “la negra”, lo que podrían haber sentido mis papas. Pero claro, es que yo “tuve suerte”.

Durante esa semana pensé, lloré y hasta llegué a sentir todo lo que pudo haber pasado tanto Micaela como todas las que se nos fueron, porque nos las arrancaron. Corrí, lloré, pensé, volví a llorar y le rogué a Dios que me protegiera para que nunca más me vuelva a pasar, porque en estos momentos, en los que la justicia no responde, recurrimos a cualquier lugar o persona para que nos resguarde. Y, lamentablemente, las mujeres,  tenemos que llegar al límite para que se nos reconozcan el riesgo que estamos atravesando. Porque ya no morimos cada  30hs, sino cada 18. Porque el Ministerio de Justicia anunció el incremento de un 33% de condenados por delitos sexuales entre 2012 y 2015. Porque estamos ante un panorama aterrador.

Y sí, lastimosamente, tiene que morir una mujer en manos de un violador para que se implementen las leyes, como ocurrió estos últimos días con la ley 26.879 sobre “registro de violadores” que el presidente Mauricio Macri reglamentará. Sí, el mismo Macri que dijo que a las mujeres nos gusta que nos digan “qué lindo culo tenés” y el mismo señor que recortó 67 millones de pesos al Consejo Nacional de Mujeres. Sí, nuestro Presidente, el que hoy quiere tapar sus actos con leyes. Dicha ley dispone que el Estado obtenga una muestra de material genético de quienes hayan sido condenados por delitos contra la integridad sexual y la almacene para que, a futuro, se investiguen posibles reincidencias por parte de los agresores. Una ley que, para muchas mujeres, llega demasiado tarde.

Pero yo “tuve suerte” y como hoy estoy viva, siento el compromiso de salir a gritar por las que ya no tienen voz. Porque si no lo hacemos nosotras nadie lo va a hacer, porque tenemos que ser hermanas, unirnos y luchar, porque queremos algo tan simple y claro como el derecho a vivir libres.

basta-abuso


 

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