El mundo fue un pañuelo

El 3 de mayo se comenzó a gestar el acto que el miércoles pasado nos tuvo como partícipes en Plaza de Mayo; las protagonistas siempre son las dueñas de los pañuelos.

El vergonzoso fallo de la Corte Suprema de Justicia que habilita la ley del 2X1 para delitos de lesa humanidad nos sacudió en lo más profundo de nuestro ser. Porque decimos Nunca Más cada día de nuestras vidas, no nos podíamos quedar de brazos cruzados.

Nos negamos a caminar al lado de gente que secuestró, torturó y violó a 30.000 compañeros, que se robó bebés que aún buscamos. No queremos compartir la calle con ningún genocida. Una vez más, fueron las Abuelas y Madres quiénes aportaron claridad al leer el documento del acto:

“La Corte pretende soltar a Jorge “El Tigre” Acosta, jefe del grupo de tareas de la ESMA; a Alfredo Astiz, famoso mundialmente por desaparecer a las Madres de Plaza de Mayo y a las monjas francesas; a Miguel Etchecolatz, mano derecha de Camps, asesino de la Noche de los Lápices y apuntado por la segunda desaparición de Jorge Julio López; al capellán Von Wernich, culpable de secuestros, tormentos y homicidios y, aun así, nunca expulsado de la Iglesia Católica. Y también pretende liberar a cientos de genocidas más que caminarían por las calles al lado nuestro, al lado de todos ustedes”.

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La movilización

La repercusión ante el fallo fue inmediata: el repudio generalizado. Las organizaciones comenzaron a planificar una marcha que, se sabía, sería multitudinaria, para apoyar la lucha por la Memoria, la Verdad y la Justicia y repudiar la decisión de la Corte Suprema.

Al principio, se habló de dos marchas en dos días distintos, pero finalmente todos entendimos que la causa a defender estuvo y está por encima de otras diferencias, y que era necesario unirnos.

Para quienes viajamos de lejos, el caos comenzó antes de lo imaginado. Los subtes casualmente no funcionaban al momento que más los necesitábamos, pero no nos impidieron llegar. Tarde, a las corridas, buscando alternativas de viaje, pero allí estuvimos.

A las columnas de organizaciones sociales, estudiantiles y sindicales se les sumó un gran número de personas que marcharon por cuenta propia. No había otro lugar para estar.

La concentración culminó luego de la lectura del documento que tuvo entre sus oradoras a Estela de Carlotto por Abuelas, a Taty Almeida por Madres Línea Fundadora y a Lita Boitano por Familiares.

Entonces, los pañuelos blancos que tan generosamente nos permitieron portar por un rato flamearon en el aire, recordando que los compañeros desaparecidos están presentes. Hoy y siempre. Esas señoras ayer nos dijeron que esta vez eran ellas quiénes abrazaban al pueblo. ¿Cómo contener las lágrimas?

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La desconcentración fue también caótica. Muchos de los que habíamos quedado a mitad de camino queríamos llegar a Plaza de Mayo, tan sólo pisarla para sentir que era real que estábamos ahí, siendo parte de un día histórico, de ese día que nuestros hijos y nietos van a leer en los libros de historia.

La mayoría no llegamos. Pero eso no nos impidió volver exultantes, con el pecho inflado del orgullo, caminando y siendo parte de la interminable marea blanca.

Los subtes, ya en funcionamiento, iban colmados de gente que no paraba de cantar: “Como a los nazis les va a pasar, a donde vayan los iremos a buscar”. Nos hermanaba la lucha compartida, el momento vivido. Queríamos que la magia de esa comunión de almas durara un poquito más. Para siempre.

 

 


Imágenes extraídas de:

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