Olvido

Olvido. La corta vida del hombre está plagada de olvido. Los atardeceres duran menos pues los edificios son más altos y la oscuridad se vuelve cada vez más larga sobre las espaldas de los atormentados. Donde antes arrullaba el río, ahora habita la sed. Donde antes la hierba acariciaba los pies, ahora los quema la arena caliente. La ciudad sigue allí, cada día más altiva, cada día más ruidosa. Se perdió el silencio de los grillos, la humildad de las rocas, la generosidad de los árboles.
Y un día el hombre olvidó que antes esta tierra yerma tenía magia.
El hombre encendió fuego para entibiarse las manos. La noche era fría, el otoño ya soplaba en el bosque que acorralaba a la ciudad, forzándola a permanecer limitada y contenida por muros de granito. Se sentó cerca del fuego, desenfundó su laúd y toco con destreza trovadoresca.
La curiosidad la atrajo hacia el extranjero, un intruso que la ciudad había escupido con desprecio. Ella se acercó con timidez y le dio la bienvenida al claro donde ahora un fuego iluminaba. Con cordialidad le señaló la arboleda y le presentó a cada uno de los árboles y sus guardianas, le contó sobre la resiliencia de las hormigas y le susurró el camino más directo al río. El hombre, asombrado por el destello de sus alas, solo entendió que estaba frente a un hada y quiso hacerla suya. La maravilló con su canción y ella cantó para él.
Pero las hadas son como las estaciones, y cada nuevo momento las requiere en un nuevo lugar por lo que, al terminar la canción, quiso despedirse. Él, presa de un capricho infantil, intentó atraparla con sus manos como había hecho de niño con las luciérnagas, pero ella lo esquivó con graciosas volteretas. El hombre no entiende que hay cosas que no se pueden poseer. El hada entonces bailó entre risas a modo de burla por la afrenta y él tomó una rama encendida de la fogata. Ella cesó el baile, cesó las risas, el juego había acabado, quería marcharse. Fue un instante impulsivo, una mezcla de impotencia y frustración por no poder dominar: el hombre agitó su arma y asestó un golpe.
El hada se quemó en un instante.
Sus cabellos chisporrotearon, las alas estallaron en cenizas que se llevó el viento y pedacitos de su vestido cayeron lentamente sobre prado. El aroma del otoño fue interrumpido por el humo tóxico de la carne carbonizándose. No llegó a gritar, fue un quejido triste. Una última bocanada de aire antes de que sus pulmones se calcinaran.
El hombre observó sorprendido su hazaña, ¿quién diría que las hadas podían arder tan rápido?
No había otra con ese color en la piel, con esa profundidad en los ojos, con esas alas resplandecientes. Pocas pintaban el otoño en las hojas como ella, y casi nadie sabía que arrullaba a los cervatillos cuando el invierno era más cruel. Ya no quedaban muchas como ella, su magia estaba en peligro de extinción.
Y el hada ardió dos segundos antes de desaparecer para siempre en una estela de humo y cenizas. Él se lamentó un poco en voz alta, voló con un gesto despreocupado las cenizas y retomó su laúd hasta que atrajo a otra criatura del bosque, más callada, más sumisa, que le celebrara la canción. Los que lo vieron regresar dicen que entró a la ciudad con una dríade desprevenida que luego vendió por una comida caliente y cuerdas nuevas para su instrumento.
Sin hada, el bosque se marchitó en un invierno eterno: las dríades murieron de tristeza y con ellas sus árboles. Los pájaros olvidaron su cantar y el río se marchó al mar sin mirar atrás. El bosque se replegó y se dejó vencer por la ciudad, que expandió sus fronteras con negligencia. El vergel se transformó en desolación y con cada paso que la ciudad daba, la esterilidad crecía y finalmente la miseria se hizo señora de todo.
El hombre ha perdido todo y no recuerda cómo.
El olvido es su condena.

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