Ellas también revolucionaron

Ayer se conmemoró un nuevo aniversario de la Revolución de Mayo, 217 años desde el momento en el cual comenzamos a trazar el camino independentista de una España dominante y arrasadora.  Si hacemos un poco de memoria, notaremos que todo lo que leímos y/o estudiamos tiene voz y cuerpo masculino.

Algo que los relatores de la historia se han encargado de resaltar fue el importante rol de los hombres de la patria, pero lo que no pudieron invisibilizar fue el sustancioso papel que jugaron las mujeres. Sin el aporte ni la presencia de estas mujeres, llenas de garras y espíritu revolucionario, la rebelión de 1810 y la posterior independencia de 1816 no hubiesen sido posibles; incluso, podemos remontarnos a años anteriores: ya habían participado en la ofensiva contra las invasiones inglesas de 1806 y 1807.

Parte de la revolución se gestó en la casa de Mariquita Sánchez de Thompson, mujer tenaz y de gran valor que defendió sus ideas y sentimientos al oponerse a su padre, quien deseaba obligarla a casarse con un hombre que ella no quería. Tan rupturista fue, que se casó a escondidas con su primo, Martín Thompson, poniendo como punto de partida en la sociedad la revalorización del amor por sobre los intereses y los mandatos familiares.

Fue en su casa donde, por primera vez, se cantó el himno nacional y donde, además, se organizaron las tertulias destinadas a la llamada “rosca política”, para definir quiénes ocuparían determinados lugares en la organización que se gestaba y pedir colaboración para las campañas.

mariquita-social

El sustento económico de los hechos sucedidos en 1810 provino, en gran parte, de las donaciones de mujeres adineradas, dueñas de hectáreas, mansiones y joyas. Muchas otras pusieron al servicio su mano de obra para tejer y coser prendas, dar asilo a soldados, cocinar y hacer obras de inteligencia y espionaje para combatir al enemigo, como lo hicieron Macacha Güemes y María Remedios del Valle.

Al momento de dar batalla, las mujeres agarraron el fusil y abrieron fuego a riesgo de sufrir la pérdida de sus compañeros e, incluso, de sus hijos. Ese fue el caso de Juana Azurduy, quien luchó junto a su ejército “Los Leales” en el Alto Perú para avanzar contra el dominio español, acción que se le reconoció con el nombramiento exclusivo de Teniente Coronela pero le hizo perder a sus cuatro hijos. El destino quiso llevársela un 25 de mayo en Chuquisaca.

Martina Silva, en Salta, dirigió un ejército de hombres bajo el visto bueno de Belgrano. Pascuala Meneses, en Mendoza, se vistió de varón para enlistarse en el Ejército de los Andes, pero no duró mucho porque fue descubierta y enviada de regreso.

La revolución de 1810 comprometió a todo aquel que bregara por liberarse de España, aquel que se sintiera oprimido en algún sentido de su vida. Este momento clave en la historia de nuestro país provocó revoluciones en otros niveles, al punto de generar nuevas condiciones sociales y culturales dando lugar, por consiguiente, a otras miradas sobre estos aspectos.

La mujer no comenzó a ganar terreno, sino que encontró el lugar y momento indicado para desarrollarse. Algunas lo hicieron en el campo de batalla, otras en sus casas, en sus círculos familiares, en su pareja. Nunca dejaron de moverse ni de poner el cuerpo a la liberación nacional y personal, por lo que es menester tenerlas presentes en este festejo patrio.

Fuentes:

Romances turbulentos de la historia argentina, Daniel Balmaceda, editorial Norma, año 2012

Mujeres tenían que ser, Felipe Pigna, Editorial Planeta, año 2011


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