La normalización y la apropiación de los cuerpos ajenos

Sigue perdurando a través del tiempo la norma sobre la apropiación de los cuerpos de las mujeres. La creencia de que el cuerpo ajeno está para que todos opinen, pidan, agredan, agarren y experimenten. Es decir, pretendan apropiarse del cuerpo femenino. Que se respeten los cánones y los estereotipos, y que el cuerpo que no respete lo impuesto sea agredido.

Hace algunos días, circuló una nota en diferentes medios y redes sociales que aludía al vestuario utilizado en un show por la cantante Cher. Más allá del mero atuendo, se pusieron de manifiesto una vez más en cuáles aspectos y en dónde se pone la atención en los casos en que la figura a juzgar sea una mujer. Bajo estas premisas, se van configurando formas de opinión e incluso, en cierto sentido, de manipulación y apropiación de los cuerpos ajenos. Se marca una normativa que se supone se debiera cumplir a rajatabla según la edad, la profesión, el lugar de pertenencia, pero sobre todo según los cánones de belleza y la opinión del mundo entero en épocas de redes sociales e instantaneidad. Todos pueden/podemos opinar sobre el cuerpo ajeno, y la opinión se relaciona no sólo con la persona que está expuesta sino también con nuestros consumos, con nuestros discursos, con la configuración de poder que está ahí, en cada momento, y nos atraviesa y nos configura.

Ahora bien, ¿cómo se van configurando esas (llamadas) verdades absolutas? ¿Por qué motivo se imponen distintas reglas en lo relativo a cada género y según la orientación sexual de cada persona? ¿Por qué la agresión y el aval ante estos hechos por parte de muchos usuarios de las redes sociales? ¿Cómo puede plantearse la configuración del poder que subyace a las premisas que se repiten todos los días, respecto de los cuerpos, lo mirable/no mirable; lo que se permite mostrar y lo que no; la admiración artificial no sólo de los cuerpos, mas también de los sucesos creados para los medios (y por los medios), pensados para fomentar el consumo. No solamente el consumo masivo, ni el consumo en tanto productos o cosas: además, pensados para el consumo de personas, es decir, para consumir la vida misma en una red perfecta, inabarcable e inacabable.

Asistimos a un momento en el que se cree que, por la ilusión de cercanía que nos plantean los usos y las configuraciones de los medios de comunicación, redes sociales y todos los dispositivos tecnológicos, se puede obtener cierto control sobre los otros. Sobre todos los otros, los de las redes. De esta forma se irá imponiendo una normativa sobre lo permitido. Quién la rompa o no la tenga en cuenta, no sólo será juzgado, sino que perderá o ganará seguidores -es decir, consumidores-, ya no de la mera persona como tal sino del producto. De esa persona convertida en producto de consumo, de admiración o de repudio.

En el caso de la cantante Cher, los internautas daban todo tipo de opiniones, pero lo llamativo es que no sólo los anónimos opinaban sobre su cuerpo y lo que debe o no debe hacer una mujer de su edad. Estas acciones fueron también fomentadas por un periodista que le pedía a la artista  que se vistiera, que se tapase, creyéndose autorizado para imponer “una verdad” según su vara y su gusto personal. Todos los días acudimos a este tipo de configuraciones de supuestas verdades que son meras construcciones.

Michael Foucault planteaba que existe una economía política de la verdad, la “verdad” que está centrada en la forma del discurso científico y de las instituciones que lo producen; que está inmersa en las formas de difusión y consumo; y que es producida y transmitida bajo el control no exclusivo, pero sí dominante, de algunos aparatos políticos y económicos. Además, esto es el núcleo de todo un debate político y de todo un enfrentamiento social: no es ingenuo ni al azar. Estamos inmersos en ello, y debemos decodificar esos discursos, para poder armar nuevas configuraciones.

El cuerpo y sus usos son propios y singulares, pero se relaciona, se expone, se muestra y se configura en relación constante a otro, a otros. No por ello es pertenencia de nadie. Deberíamos no sólo hacerlo saber, sino respetar el límite. No creerlo manipulable, juzgable o admirable a pesar de que los cuerpos sean disciplinables a partir de las redes de instituciones que nos configuran como cultura y como sociedad. No tomarlo e intentar devorarlo como producto; observarlo y respetarlo con similitudes y diferencias, como parte de la condición humana.

 
 

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