Por ellas, volveremos a gritar

Nunca fui una persona que se plantara por demasiadas cosas, o que se pusiera la camiseta de alguna lucha. Siempre me consideré alguien a quien muchos llamarían tibia, y más si las situaciones no me afectaban de manera directa. Sin embargo, hubo un momento en el que no pude hacerlo más y aquel tres de junio, decidí estar ahí.

En el 2015, cuando se hizo la primera marcha de #NiUnaMenos, mi cabeza estaba ocupada con cosas demasiado banales: la campera de egresados, el viaje a Bariloche, la fiesta de fin de año, qué me iba a poner para la entrega de diplomas, a qué fiestas iba a ir. A esa primera marcha, no fui. En mi cabeza, no creía que una menos hiciera realmente la diferencia entre toda esa gente.

En 2016, algo cambió. Toda mi vida dio un giro de 180°. Dejé la secundaria y con ella muchas otras cosas. Empecé a ver cosas que antes pasaba por alto. A contar la violencia machista y darme cuenta de que tenía naturalizadas un montón de conductas que no eran sanas.

Nadie tiene que por qué revisar tus cosas. No te pueden decir cómo vestirte o con quién salir. No tenes por qué hacer algo que no querés solo por temor a lo que puedan decirte. Sos dueña de tu cuerpo y de estar con quien(es) quieras.

Me informé más, quise saber qué era lo que estaba pasando. Y me topé con una realidad horrible. Todos los días, una vida que se iba. En manos de un novio celoso que vio unos mensajes que no le gustaron. Un exmarido enojado que no soportaba que ella rehiciera su vida. Un pretendiente que no quiso aceptar un no por respuesta. Un desconocido que se creyó que aquella chica que pasaba por su cuadra le pertenecía. Alguien que les vendió la ilusión de una mejor vida, engañandolas. Un Estado que hizo oídos sordos a sus pedidos. Vidas que se iban, físicamente o no, en manos de la violencia machista, de los genes del patriarcado instaurados en nuestra sociedad. Una a una, nos las arrebataban como si no importaran, como si una menos no significara nada.

Tal vez no conocía a ninguna de todas esas mujeres que aparecían en la tele, o tal vez alguna era la chica que me cruzaba en el subte todas las mañanas de camino a la facultad, o esa que me preguntó si me sentía bien cuando me vio llorando en plena Avenida Rivadavia, o la que choqué a las tres de la madrugada en el boliche y se enojó porque mi trago cayó en su ropa. Pero para otras personas, esas vidas significaban mucho más. Su ausencia representaba una silla vacía en los asados del domingo, un abrazo menos a la hora de dormir, un mate que jamás pudieron compartir, un mensaje que jamás fue contestado. Una menos significaba un vacío enorme, y si faltaba una, yo también sentía ese vacío. Porque al fin y al cabo, todas eramos esas mujeres, a todas nos había atravesado de alguna u otra forma la violencia. La lucha nos involucraba a todas. 

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Por eso, aquel tres de junio, decidí alzar mi voz. A pesar de la lluvia, de las dudas, de no tener idea de cómo iba a ser, de cuánta gente iba a haber, de si me iba a sentir parte; ese día fui a marchar. Desde la primera estación del subte, me sentí acompañada. Esa escena siempre me recordó a Alina Reyes, la protagonista de uno de los cuentos de Julio Cortázar, que viajaba en un colectivo donde todos llevaban un ramo de flores, menos ella y otro chico. Creo que así me sentí en ese subte, pero yo no era Alina, yo era de las que llevaban flores y se bajaban en Chacarita, o en este caso, de las que vestíamos de negro y nos bajábamos en Lima.

Caminé junto a un tumulto de gente desde el Obelisco, haciéndome amiga de esas personas, mientras cantábamos todas juntas.

Che oíme, che oíme, si tocan a una, nos organizamos miles.

Cuando llegamos a la plaza, no lo podía creer. Había más personas, banderas, cantos, gritos y, por sobre todo, muchos sentimientos encontrados. No veía ninguna cara conocida y sin embargo, nunca me había sentido tan segura y tan cómoda entre tanta gente. Porque estábamos todas ahí por lo mismo. Bajo ese mar de paraguas, todas éramos una sola voz que al unísono gritaba “Ni una menos, vivas nos queremos”. Por las que nos habían arrancado. Por nosotras mismas. Por las que van a venir.

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Ese día, volví a mi casa con un sentimiento inexplicable. No podía creer cómo de una situación tan horrible, de la muerte, de la violencia, del maltrato, podía surgir algo tan lindo y fuerte, tantas personas alzando sus voces por una misma lucha.

Por eso, mañana voy a estar ahí otra vez. Gritando, cantando, marchando, luchando. Porque somos la voz de las que ya no están, y queremos que las sigan escuchando hasta que se haga justicia, hasta que en esa plaza no haya ni una menos.

 

 

Imágenes:

Galantz
La Nación
Crónica

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