Frozen, ¿feminista?

The Walt Disney Company también ha evolucionado. Ante el cambio de paradigma sobre el ser princesa, las historias contadas en los últimos años han cambiado de color. La centralidad ya no recae en narrar a príncipes que rescatan y desposan princesas, salvándolas de sus penosas vidas: las princesas del siglo XXI son fuertes, valientes, ágiles, seguras, amigables e imperfectas.

Los valores “propios” de la masculinidad y la feminidad comienzan a entrelazarse de un modo más democrático. Las princesas de las películas más recientes de Disney comenzaron a expandir sus posibilidades: ahora, nos encontramos con heroínas que se salen de los roles convencionales que las ataban a una larga y penosa espera del “amor verdadero”, encerradas en una torre, o bien, sumergidas en ensueños.

Frozen (2013) es revolucionaria en varios sentidos. La historia comienza con Elsa y Anna, dos pequeñas hermanas que viven en un castillo como cualquier princesa. Elsa tiene un don especial, poderes mágicos que debe aprender a controlar. Tras un accidente, sus padres deciden separarlas y aislarlas; vence en ellos la tendencia a ocultar antes que buscar soluciones a los problemas.

Transcurren los años, y llega el momento de la coronación de Elsa como nueva Reina de Arendelle, celebración que queda trunca cuando Elsa despliega su incontrolable magia, convirtiendo en hielo todo lo que está a su paso. Tras ser juzgada en la moral de sus súbditos, la reina huye para vivir en soledad en un palacio de hielo y poder encontrar, al fin, la tan ansiada libertad.

Anna, por su parte, es una heroína digna, auténtica, espontánea, imperfecta y bondadosa. Pone todo su optimismo al servicio de la búsqueda de su hermana, para restituir la relación entre ellas y devolver la armonía a Arendelle. Es la verdadera protagonista de la historia. Los gallardos caballeros, en esta ocasión, tienen un papel de acompañantes en la aventura, una suerte de medio hacia un fin: hallarse a una misma en la importancia de los valores familiares.

No es casualidad que el guión haya sido escrito íntegramente por una mujer, quien además codirigió la película, Jennifer Lee. Las fichas técnicas explican a veces los porqués de las perspectivas elegidas. Jennifer Lee es considerada la segunda mujer en dirigir una película animada creada para Walt Disney Pictures, después de Brenda Chapman, directora de Brave (Valiente en Latinoamérica).

La historia de Frozen es una gran parodia a las clásicas animaciones de Disney: las protagonistas son dos princesas y una de ellas espera encontrar el verdadero amor de un príncipe pero, como moraleja, el acto de amor real concluye en la sororidad, la reconciliación y salvación entre hermanas. La importancia de la familia, la libertad y el poder ser uno mismo.

En este sentido, Shrek (2001) podría considerarse como el puntapié inicial de una transformación enorme en la producción de dibujos para el público  infantil, muy distante del argumento de La bella y la bestia (1991), animación con la que ha crecido toda una generación. En los últimos 20 años, los conceptos de príncipe, princesa y amor verdadero han empezado a cambiar, a volverse más inclusivos y expansivos. Hay aún mucha más tela para cortar.

Las animaciones de los últimos años nos revelan, por ejemplo, que la relación entre hermanos puede volverse fría por falta de comunicación, que la búsqueda del amor verdadero no tiene que implicar a un príncipe, que el miedo puede convertirse en el peor enemigo, que las mujeres también son fuertes y valientes, y que el amor puro puede derretir hasta el más frío de los corazones.

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