Las vidas invisibles de las mujeres refugiadas

El 20 de junio se conmemoró el Día Mundial de los Refugiados. Las mujeres adultas y las niñas se encuentran entre los grupos más perjudicados por los desplazamientos forzados. A la grave situación de buscar una frontera para cruzar y un país que las reciba, se les suman los peligros a los que están expuestas por su género.

Según el informe “Tendencias globales. Desplazamiento forzado en 2016” presentado por el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), al finalizar el año “había 65,6 millones de personas desplazadas forzosamente en todo el mundo a consecuencia de la persecución, los conflictos, la violencia o las violaciones de Derechos Humanos”. Este número, además, representa un aumento de 300.000 personas respecto del 2015.

El informe agrega que de la totalidad de los refugiados del mundo, más de la mitad (55%) procedía tan sólo de tres países: República Árabe Siria, Afganistán y Sudán del Sur. En el caso de Siria, más de la mitad de la población estaba desplazada, fuera o dentro del país. Sin embargo, los números resultan insuficientes para dar cuenta de la cotidiana lucha de millones de personas a las que habitar el planeta les parece negado.

Si se profundiza en la gravedad de la crisis de los refugiados para intentar conocer la identidad de sus víctimas, es posible descubrir que, en algunos casos, la situación empeora. Se estima que por lo menos la mitad de las personas desarraigadas son mujeres adultas y niñas. Y se sabe que a su endeble condición de refugiadas se le suma el peligro de ser mujeres. Ellas están expuestas a más riesgos en su intento por sobrevivir y en su derecho a vivir dignamente.

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De acuerdo al ACNUR, durante su viaje las mujeres -en especial quienes tienen niños o bebés, las menores, las embarazadas y las que viajan solas- se enfrentan a una serie de riesgos adicionales que van desde la extorsión y la explotación hasta la violación, el acoso sexual, el sexo de supervivencia, el matrimonio precoz y/o forzado y la trata de personas.

Amnistía Internacional denuncia: En 2016, una serie de mujeres refugiadas y migrantes del África subsahariana que habían atravesado Libia contaron que a lo largo de las rutas de tráfico de personas, la violación era tan habitual que, durante el viaje, tomaban píldoras anticonceptivas para evitar quedar embarazadas”. Los victimarios están en todas partes. Son los traficantes y grupos criminales pero también el personal de seguridad y los propios refugiados.

La asistencia médica para casos de violencia de género es prácticamente nula. Los intérpretes de farsi y árabe de sexo femenino son insuficientes. Al carecer de documentación regularizada, muchas de ellas optan por no denunciar los ataques para evitar ser detenidas y deportadas.

Si bien el ACNUR cuenta con programas destinados a aumentar la matriculación y permanencia de las niñas en las escuelas, para que puedan superar las limitaciones económicas y culturales heredadas, y provee material sanitario para mejorar sus condiciones de salud, la solución está lejos de encontrarse. Mientras los responsables políticos de la crisis sigan generando refugiados y cerrando sus fronteras, la situación no se revertirá.

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Siempre es bueno recordar que detrás del número, se esconden millones de vidas que buscan con desesperación un lugar en el mundo. Esas personas son ignoradas a diario por quienes tienen la posibilidad de salvarlas. Entre ellas, las mujeres son doblemente invisibilizadas.

Fuentes consultadas

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