Lucha cotidiana

Cuando las cosas se empiezan a perpetuar de forma sistemática y dejan de ser casos aislados, las personas tienden a acostumbrase. ¡Qué peligrosa es la comodidad de lo conocido!

De repente, me despierto y caigo en la cuenta de que no hay un solo día en que no vea, al menos, cinco casos diferentes de mujeres que relatan en redes sociales diversas situaciones de peligro que vivieron y quieren compartir, para empezar a cuidarnos entre nosotras.

Caigo también en que dos de esos cinco sucedieron en las mismas cuadras que camino para ir a la facultad o para tomarme un remis a la salida de algún bar.

Acto seguido, siguen las acusaciones virtuales sobre la veracidad de la historia y comentarios, de lo más peligrosos, desprestigiando el relato porque “bueno, agradecé estar viva”. Sí, juro que lo agradecemos cada día.

De repente, caigo en lo habitual de las amenazas de las exparejas de mis amigas, tanto así que nos encontramos hablando a las 8 de la mañana sobre los nuevos mensajes que recibieron la madrugada anterior y repetimos un simple “denuncialo, dale”, que últimamente ya se volvió moneda corriente mientras compartimos un mate.

El paso siguiente es planear el rejunte de las pruebas necesarias para que le tomen la denuncia, que no es cosa fácil y que no sirve para mucho más que dejar por sentado que (y desde hace cuánto) estaba cagada hasta las patas.

Luego, salen a hablar del nuevo caso en el que el femicida tenía más de 10 denuncias en su contra, exponiendo sin tapujos la inoperancia judicial.

De repente se cae Whatsapp o cualquier otra red de comunicación y tu amiga no responde. “Eu, ¿llegaste?”. No contesta. “Ya pasó una hora, ¿por dónde andás?”. No hay última conexión. Y ahí comienza la red de investigación precaria para tratar de encontrarla por algún lado, porque no queremos que sean su nombre y su cara con la que vayamos a pedir Justicia en la próxima marcha.

Nada, falsa alarma, demoró en el banco o se durmió una siesta y cosa va, cosa viene, desapareció unas horas mientras todas ya estábamos pensando el peor desenlace. Porque así estamos, paranoicas y susceptibles hasta la médula.

Nos venden gas pimienta en forma de perfume personal para camuflar nuestra herramienta de defensa y nos criamos repletas de estrategias como, por ejemplo, gritar “fuego” para que la gente accione, porque en nuestro pedido de “ayuda” nadie se involucra.

Vivir se vuelve una supervivencia y solo para nosotras mañana se repite el ciclo.

Estamos pidiendo a gritos que no nos dejen solas.

Replanteate tu lugar en esta lucha.

Dale, pensá si podés decirle con orgullo a tu nieto de qué lado estabas cuando el mundo se quedó sin mujeres.

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