La Iglesia Católica, el refugio de los abusadores

Una vez más, la Iglesia Católica deja ver su lado más oscuro: la complicidad con pedófilos y abusadores, cómo los refugia y protege de sus propias víctimas.

El pasado lunes, el canal de noticias TN sacó al aire un informe donde dos chicas denunciaron haber sido abusadas por el cura Carlos Eduardo José y dieron testimonio de sus casos de forma pública.

Se trata de Mailín Gobbo y Jazmín Detez, exalumnas del colegio San José Obrero, ubicado en Caseros.

El cura Carlos Eduardo José, acusado de abuso de menores.

La denuncia fue presentada el pasado 6 de abril ante la UFI Nº 14 de San Martín, sin embargo, las historias datan de varios años atrás.

Los testimonios de ambas coinciden en muchas cosas: manoseos en la pileta y el confesionario, momentos a solas en el sótano de la iglesia, besos forzados y abrazos delante de las maestras. Con tan solo 10 años de edad, ninguna tomó dimensión de lo que realmente les estaba ocurriendo y decidieron callar.

 

Jazmín, cuando relataba los hechos a Nicolas Wiñaski, periodista de TN, dijo: “Yo en ese momento minimizaba el abuso. Pensaba que un abuso no era lo mismo que una violación, y que no iba a lograr nada denunciándolo y todo eso. Así que, prácticamente lo reprimí a eso hasta que, bueno, salió, pero me lo guardé, no se lo conté a nadie”. Fue así como durante años tuvo que cargar sola esa mochila que la atormentaba.

“No fui a terapia, me acordé un día, mas o menos tendría 16 años. Estaba recostada y se me vino un recuerdo de cuando tenía 8 años, estando en una pileta, en la localidad de Moreno, en una quinta. Se me vino el recuerdo de estar disfrutando con mis hermanos y con Carlos, el cura este, y me acuerdo que él me agarraba con el motivo de enseñarme a nadar y por debajo del agua me manoseaba (…). No solamente que me manoseaba sino que me agarraba la mano y me la metía dentro de la ropa interior de él”.

Ella sabía que no había sido la única victima de los abusos de Carlos José. Contó que, al cambiarse de colegio, conoció a una preceptora con quien hablaba de manera constante y a quien le contó lo que le había pasado. La preceptora, que había sido maestra en el colegio La Merced (donde el cura había trabajado por mucho tiempo), sospechaba de las atrocidades que hacía este hombre; lo había notado en particular en una nena que, luego de confesarse con él, se comportaba de manera extraña, como asustada.

El caso de Mailín, aunque similar al de Jazmín, tiene la particularidad de que durante años tuvo que verse cara a cara con su abusador, quien con total impunidad asistía a los almuerzos familiares de los Gobbo. “Siempre me sentía culpable de no entender por qué no lo quería, por qué cuando él venía a comer yo me quería ir. Si él me abrazaba o me saludaba me generaba asco. Pero no sabía por qué. Pensaba que era yo la que estaba mal”, dijo Mailín, quien durante años reprimió los recuerdos del abuso, y fue recién a sus 21 años cuando en terapia logró reconectarse con los hechos y descubrir el porqué de todo lo que había pasado durante su adolescencia: depresión, problemas en el colegio, aislamiento de sus compañeros, traumas al estar en el agua.

“Siempre están los comentarios de ‘no, te habrá parecido’ o comentarios ‘bueno, ¿también viste lo que sos?’ o ‘algo habrás hecho’ (..) y también porque llega el punto en que no sabés si estás imaginando o si realmente pasó, porque te sentís culpable de que por tu culpa te pasó, que decís: ¿Si lo digo y es mentira? Hay un montón de gente que lo quiere”.

Una de las principales razones que llevaron a Jazmín y Mailín a realizar la denuncia fue el hecho de convertirse en madres. La necesidad de proteger a sus hijos y otros niños de sufrir lo que ellas sufrieron les dio el valor que necesitaban para contar lo que les había pasado. El miedo de que la historia se volviera a repetir con sus hijos las atormentaba.

El fiscal Marcelo Lapargo, quien está a cargo de la causa, declaró que Carlos José podría enfrentar una pena de al menos ocho años de prisión y que su condición de cura agrava aún más su situación: Estar a cargo de menores es un agravante, sea cura o no. Como aparte profesa la fe y su autoridad se basa en ese eje, es mucho más grave”.

Previo al testimonio televisivo, Michelle Gobbo, hermana de Mailín, había realizado una publicación en Facebook repudiando la actitud que había tomado la institución y pidiendo la difusión del caso. En esa misma publicación pide que cualquier persona que haya sido abusada por Carlos Eduardo José se acerque a la Fiscalía Nº 14 de San Martín, ubicada en la calle Yapeyú 1934. 

Así como Jazmín y Mailín lo hicieron, esperamos que quienes hayan sufrido situaciones similares puedan animarse y contar sus verdades. Quedarse callado nunca es la solución. Quedarse callado es permanecer del lado de quienes abusan del poder, de quienes esconden sus vergüenzas, de quienes en el nombre de Dios y la fe realizan actos atroces.

Siempre del lado del abusador

No es la primera vez que conocemos un caso de abuso dentro de la Iglesia Católica donde ésta se encarga de proteger y refugiar a los victimarios. Es probable que tampoco sea la última.

En el año 2009, cuando los padres de Mailín tomaron conocimiento de lo que le había sucedido, enviaron una carta al obispo de San Martín, Guillermo Rodríguez Melgarejo, donde detallaban lo ocurrido y pedían que se tomaran medidas para proteger a otros chicos que pudieran llegar a estar en contacto con Carlos José.

Fue el mismo Rodriguez Melgarejo quien, luego de leer la carta, la citó a Mailín y le dijo que “la gracia de Dios la iba a sanar” y que no siguiera divulgando el caso, con la promesa de sanciones provisorias, de las cuales no pudo mostrarle pruebas.

El vicario del obispado, Eduardo Gonzalez, también habló con Mailín y le nombró las sanciones que le iban a imponer a Carlos José: no tener una iglesia a cargo, no estar en contacto con chicos y realizar un tratamiento psiquiátrico. Ninguna de esas sanciones se cumplió y muchos curas allegados lo han denunciado ante el obispado, aunque éste sigue haciendo oídos sordos.

Gonzalez recientemente comentó que el cura había presentado la renuncia a su cargo eclesiástico hacía ya 15 días, quedando así a disposición de la Justicia ordinaria y no de la Iglesia, que otra vez se desligó del asunto.

Según una investigación de la Agencia Télam, desde el año 2002 ya son más de 60 los miembros de la Iglesia Católica acusados de abusos de menores en nuestro país, de los cuales solo ocho recibieron una condena judicial y tan solo tres fueron expulsados del sacerdocio, la máxima pena prevista por el derecho canónico.

original

En el año 2001, el diario The Boston Globe de Estados Unidos, luego de una larga investigación a cargo del equipo Spotlight, reveló una serie de casos de abusos llevados a cabo por curas católicos de Massachusetts durante décadas, los cuales eran encubiertos por la Iglesia Católica. Comenzando por un caso en particular, terminaron por descubrir un patrón que se repetía una y otra vez: los curas involucrados eran transferidos a otras iglesias o apartados por supuestas razones médicas. Para el final de la investigación, la cantidad de curas acusados había llegado a una cifra que rozaba los noventa. Tras la publicación de la investigación, por la cual ganaron un premio Pulitzer, la redacción comenzó a recibir llamados de víctimas que estaban dispuestas a brindar sus testimonios.

En el año 2015, Tom McCarthy y Josh Singer condensaron esta historia en “Spotlight”, una película que volvería a abrir el debate sobre la complicidad de la Iglesia y los casos de abuso a nivel internacional. Durante los créditos de la película, se puede apreciar una lista de ciudades donde se han reportado casos de abusos sexuales por parte de miembros de la Iglesia, dentro de la cual aparecen varios casos de nuestro país.

 

Fuentes consultadas:

Todo Noticias

Todo Noticias
Télam

 

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