Reseña teatral: Las luces y las sombras de Frida Kahlo

Contar a Frida Kahlo representa el desafío de contar una vida atravesada por el dolor, lejos de las imágenes coloridas que trascendieron de la pintora, a riesgo de banalizar la importancia histórica de su figura. La apuesta a una escenografía mínima ayuda a focalizar en cada aspecto de su vida, desde su propio relato.

 

Escrita y dirigida por Patricio Abadi, “Frida Kahlo: luces y sombras” desafía la imagen estereotipada del ícono mundial de la cultura mexicana. La propuesta consiste en sacar a la artista de las remeras y los cuadros que invaden nuestra sociedad de consumo para ponerla en el lugar (mucho más genuino y coherente) que se ganó: como una de las mujeres imprescindibles del siglo XX.

 

Ganadora de 7 premios Teatro del Mundo (autor, director, actriz, escenografía, vestuario, luces y fotografía), la obra sitúa a la protagonista en una cama de hospital, en los momentos previos a la amputación de su pierna herida. La selección no es casual, dado que la historia a narrar es una historia atravesada por el dolor físico: de la poliomielitis en su infancia al accidente que le destrozó la columna en su juventud.

 

La interpretación que realiza Jimena Anganuzzi conmueve. El dolor que interpreta traspasa y llega al público. El relato de las “madrugadas rojas” de abortos espontáneos sufridos por la artista es tal vez el momento más desgarrador, porque ayuda a entender que su cuerpo maltrecho apenas podía contener una vida, la propia.

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A la actuación impecable se le suma un guión poético, en el que cada palabra está puesta allí porque tiene peso propio. Nada sobra. Los toques de ironía ayudan a contar cómo ese personaje entrañable, que decía “pies, para qué los quiero si tengo alas para volar”, atravesaba enormes dificultades para caminar. La promesa rebelde de una Frida deteriorada (que la llevó a asistir a la primera muestra de sus pinturas en México en su “cama-camión”) la muestra tal y como era.

 

La obra no escapa a narrar el controversial amor que sintió por su marido, el muralista Diego Rivera, a la vez que recuerda el amorío que la pintora tuvo con León Trotsky durante su exilio en México en las propias palabras del revolucionario ruso, y cuenta cómo lejos de todo surrealismo ella se convirtió en su propia obra, retratando el dolor que vivía a diario.

 

La propuesta concluye a los 50 minutos, que resultan escasos dada la calidad del trabajo realizado. La escena final sintetiza (sin caer en el reduccionismo de un personaje tan complejo) a una Frida que contra todo pronóstico se negó a vivir postrada o de rodillas. Una Frida que, en lo más profundo de su ser, vivió y murió de pie, respirando la vida con ese deseo incesante que la hace inolvidable.

 

Funciones: Sábados 20hs en el Centro Cultural de la Cooperación (Av. Corrientes 1543).

 

Imágenes:

 

Nora Lozano. Extraídas de: Frida Kahlo de Patricio Abadi con Jimena Anganuzzi.

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