Llevé mi embarazo a término aunque mi bebé estaba muerto

Estados Unidos. Abril de 2017.

“Darás a luz a ambos, pero solo uno de tus bebés está vivo”. Han pasado más de dos años desde que oí esas palabras. He aprendido a silenciar ese recuerdo hasta convertirlo en solo un suave gruñido que reflota cada tanto, cuando miro a mi hijo de 2 años de edad o escucho que otra mujer ha sufrido una pérdida.

Sin embargo, cuando leí que la Diputada Representante por el estado de Iowa, Shannon Lundgren, impulsaba un proyecto de ley que pretendía obligar a las mujeres a continuar con el embarazo aunque el feto estuviese muerto, las palabras volvieron a bombardear cada rincón de mi cabeza, sin piedad.

Sé lo que se siente tener un feto muerto dentro de mi cuerpo durante meses. Sé lo que es sentir que un bebé patea, y de inmediato recordar que deberían ser dos. Sé lo que se siente dar a luz a un niño vivo y a un feto que jamás podrá ser. Sé lo que, parece, nuestros legisladores no saben, y si creen que tienen el poder de obligar a mujeres a soportar el suplicio que yo sufrí, es hora de que alguien los obligue a entender cómo es en realidad.

El pasado 29 de marzo, los Representantes republicanos por el estado de Iowa pasaron un proyecto de ley que busca prohibir la realización de abortos luego de cumplidas las 20 semanas de gestación.

Dicho proyecto, que define aborto como “la terminación de una gestación humana con cualquier otra intensión que no sea un nacimiento vivo o la remoción de un feto muerto”, se presentó como un reemplazo de un proyecto previo que no tuvo éxito, del mismo estado de Iowa, que pretendía prohibir la realización de abortos a partir de apenas 6 semanas de gestación.

Impulsado por la Representante republicana Lundgren, este proyecto resalta el nivel alarmante de ignorancia sobre la situación que las embarazas se verían obligadas a atravesar.

Al ser cuestionada por el Representante demócrata John Forbes durante el debate dentro de la comisión, Lundgren no mostró indicios de entender realmente las ramificaciones que un proyecto tal tendría. Según el sitio web de noticias ThinkProgress.com, Forbes (cuya hija está embarazada al momento) planteó la siguiente situación hipotética a Lundgren:

“En el peor de los casos, [mi hija] visitará al médico el próximo miércoles y él le dirá ‘El corazón de este niño ya no late’. De acuerdo con esta ley, ¿ella se vería forzada a mantener el bebé en su vientre hasta que su vida corra peligro?”

Lundgren respondió que sí. La hija de Forbes sería obligada a tener el feto hasta el término normal de un embarazo. También, sí, la hija de Forbes sería responsable por remover el feto muerto, excepto que su vida corriese riesgo. Más tarde, la asamblea republicana por el estado de Iowa en la Cámara de Representantes respondió a través de Twitter que Lundgren “se expresó de forma incorrecta” en el momento.

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Imagen cortesía de Danielle Campoamor.

Llevaba 19 semanas de embarazo cuando me enteré de que el corazón de uno de mis mellizos ya no funcionaba. Tenía la esperanza de que mi doctor “se hubiera expresado de forma incorrecta” también, pero no era un error. No había sido un desliz ni un error de comunicación. Era muy, muy real, y dio inicio a un embarazo que fue difícil en todo sentido de la palabra.

Debería mantener al mellizo fallecido en mi vientre, siempre que no me generase un aborto espontáneo que matara al otro mellizo, hasta la fecha original de parto.

Escondí el par extra de enteritos y frazadas para bebé, y fingí que tener dos paquetes de pañales para recién nacidos era simplemente planeamiento inteligente a futuro.

Dejé de referirme a mi futuro hijo por el nombre que había elegido con mi pareja y comencé a llamarlo “el mellizo mermado”. Solo hablaba de él en el consultorio del médico, cuando me preguntaban por él, y usando la terminología médica correcta que había averiguado en Internet.

Mis planes de alumbramiento cambiaron; ya no se trataba de un parto sin analgésicos que me daría dos mellizos sanos. Ahora, mientras uno de mis hijos seguía creciendo, el otro se encogía. Su corazón seguiría sin latir mientras su cuerpo se achicara y el mío comenzara a absorber la placenta que alguna vez lo había mantenido con vida.

Es difícil poner en palabras lo que sientes cuando te dicen que la vida que crecía gracias a tu cuerpo ha muerto de pronto. Al principio, no podía pensar la situación si no era desde un punto de vista científico. Necesitaba alejarme emocionalmente del futuro que sabía que ya no existiría.

Escondí el par extra de enteritos y frazadas para bebé, y fingí que tener dos paquetes de pañales para recién nacidos era simplemente planeamiento inteligente a futuro. Dejé de referirme a mi futuro hijo por el nombre que había elegido con mi pareja y comencé a llamarlo “el mellizo mermado”. Solo hablaba de él en el consultorio del médico, cuando me preguntaban por él, y usando la terminología médica correcta que había averiguado en Internet.

Me concentré en el feto que aún podía nutrir, y oculté en un rincón los pensamientos que me remarcaban mi fracaso. Después de todo, mi cuerpo no era capaz de mantener mellizos. ¿Cómo podría llevar un embarazo a término? ¿Por qué creí alguna vez que sería lo suficientemente buena para eso?

Para sobrevivir, necesitaba darle toda mi energía a la vida que quedaba en mí vientre, a la cual esperaba ser capaz de traer al mundo. La idea de tener un feto oscuro, frío y pequeñito en un rincón del cuerpo que ahora odiaba era demasiado dolorosa.

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Imagen cortesía de Danielle Campoamor.

Eso es algo que los legisladores como Lundgren no entienden.

Incluso si eres capaz de hacer a un lado el horror de saber que el feto en tu vientre está muerto y puedes analizar la situación desde un punto de vista científico, las emociones no se doblegan así. No les interesa la jerga médica.

Las emociones te exigen que abras ese cajón escondido en el clóset y saques el par extra de enteritos. Te ahogan en tu dolor sin importarles tu bienestar. No se detienen cuando las dudas te tocan el hombro para llamar tu atención, ni cuando el odio hacia ti misma te da vuelta y te mira a los ojos. No se calman cuando tropiezas y caes en un pozo de depresión pre- y posparto porque estás obligada a llevar contigo un recordatorio constante del fracaso de tu cuerpo.

El cuerpo se convierte en un envase; un recordatorio vivo de que la única cosa para la cual la biología y la ciencia te han preparado en específico es algo que no puedes hacer.

Durante los meses restantes de embarazo, solo pude aferrarme al alivio de saber que llevar muerte en el vientre significaba que también llevaba vida. Tuve que tolerar el pensamiento de que un feto había perdido la vida para asegurar que el otro pudiera crecer y florecer. Era un sacrificio que jamás hubiera hecho por elección propia, pero que estaba dispuesta a enfrentar si mi otro hijo sobrevivía.

Según el Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades, se estima que 24 000 mujeres por año dan a luz bebés muertos como resultado de abortos espontáneos posteriores a las 20 semanas de embarazo. Ellas no cuentan con el alivio que yo tuve.

Cada día de mi embarazo, cargué con el peso de la vida y la muerte dentro de mí. Para que los legisladores que jamás podrían entenderlo (sea por anatomía o por privilegio) vean con claridad los peligros que supone esto, me arrastro de nuevo a ese rincón del clóset donde guardo mi dolor, y lo revivo.

Desnudo mi agonía ante el mundo como un recordatorio de los riesgos que creamos cuando le quitamos a una mujer el derecho a elegir sobre su propio cuerpo.

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Imagen cortesía de Danielle Campoamor.

De todas formas, la presencia de mi hijo el día de su nacimiento no evitó que sintiera la ausencia aplastante del hijo que nunca fue. Hoy, solo puedo pensar en ese feto como algo abstracto.

Cuando me pidieron que pujara de nuevo después de alumbrar a mi hijo vivo, miré al techo y me repetí a mí misma que no era más que el “posparto”. Algo rutinario, un procedimiento más. Cuando me preguntaron si quería verlo, me negué. No podía imaginar cómo se vería, no formado por completo porque mi cuerpo había dejado de hacerlo, demasiado pequeño y probablemente roto.

No me atreví a manchar la imagen que ya había grabado en mi memoria de él: la que había imaginado el día que descubrí que estaba embarazada de mellizos. Preferí preservarlo de la manera en que quiero recordarlo, tan perfecto como en su primer sonograma en blanco y negro. Ese que todos los doctores dijeron que estaba “saludable y en camino”. Ese es el mellizo que recuerdo.

Rara vez me permito viajar emocional y mentalmente al día en que me enteré de que llevaba un feto muerto en el vientre. Sin embargo, en un país donde se producen de forma constante intentos de robar a las mujeres sus derechos reproductivos y su autonomía física, revivir el pasado sin remordimientos parece ser la única manera de hacer que los legisladores entiendan.

Obligar a una mujer a mantener un feto que representa una amenaza a su salud mental, su bienestar y su deseo de vivir es cruel; es una tortura que jamás hubiera podido imaginar. Hasta ahora, que la conozco.

Cada día de mi embarazo, cargué con el peso de la vida y la muerte dentro de mí. Para que los legisladores que jamás podrían entenderlo (sea por anatomía o por privilegio) vean con claridad los peligros que supone esto, me arrastro de nuevo a ese rincón del clóset donde guardo mi dolor, y lo revivo.

Desnudo mi agonía ante el mundo como un recordatorio de los riesgos que creamos cuando le quitamos a una mujer el derecho a elegir sobre su propio cuerpo.

Por eso, imploro a los legisladores que aceptan esta lógica tan peligrosa, de Iowa y de todo el mundo, que empiecen a escuchar a las mujeres que entienden desde lo más profundo de su alma lo que un dolor así significa para una persona.

Escuchen cuando decimos que no es algo “que se pasa”, ni algo que “aprendemos a superar”. Escuchen cuando decimos que las mujeres no deberían ser obligadas a soportar dar a luz un feto muerto, sin motivos.

Las mujeres tenemos el derecho, la capacidad y el conocimiento necesarios para tomar nuestras propias decisiones informadas, así que escúchennos. Antes de que sea demasiado tarde.


Texto original (inglés) por Danielle Campoamor.

Traducido, con autorización expresa, por Rocio Belén Sileo.

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