Copaternidad: ¿tener o querer un hijo?

En diciembre de 2014, el actor Guillermo Pfening fue padre de Asia: una bebé que decidió gestar con su mejor amiga. Sin ningún otro vínculo más que el de la gran amistad que los unía (y los unirá de por vida), ambos en sus individualidades se encontraron solo para ser padres. No querían esperar más a que llegara la “persona indicada” para establecerse y, entonces, planear una familia.

El momento indicado era ese en el que cada uno se encontraba bien asentado para afrontar la responsabilidad de criar un hijo. Atrás dejaron la construcción vincular dispuesta en (y por) la cultura occidental para brindarle un hogar al niño por nacer; o tal vez no. Tal vez, ese amor forjado en la amistad era lo necesario para establecer y disponer una nueva conformación familiar.

En términos llanos, la copaternidad supone un contrato entre dos personas que no tienen un vínculo de pareja entre sí para tener un hijo, ya sea teniendo relaciones sexuales o a través de un método alternativo. Esta nueva manera de ser padres (nueva solo porque se hace pública de forma masiva, ya que existen muchos casos similares previos), genera acuerdos y desacuerdos en torno a lo familiar y lo parental.

¿Se pone en duda el concepto tradicional de familia para darle lugar a uno nuevo? ¿El deseo individual de querer un hijo puede transformarse en ganas de tenerlo como se obtiene un objeto material?

La psicóloga Paola Iriarte expresa que “la copaternidad no pone en duda el concepto tradicional de familia sino que este concepto que conocemos ya está transformado, y no en función de la duda sino de la práctica. Ya no hay un modelo tradicional explícito”.

Por otro lado argumenta que “se busca tapar ese vacío existente y constitutivo del ser humano no sólo realizándose por el ser sino también por el tener. Cada individuo tiene un proyecto individual y propio de tener un hijo. En este sentido, el tener un hijo tendría más peso que el hecho de realizarlo en los términos esperados de una familia”.

Así, plantea un punto contradictorio respecto del concepto rupturista que dispone la copaternidad, donde intenta abolir el modelo tradicional de familia pero, a la vez, establece otro en que “sí o sí tengo que ser padre, pase lo que pase y a través de cualquier método que lo logre”. Se cambiaría un mandato por otro, sosteniendo lo preestablecido pero cambiando la metodología.

Lucía Ocampo, psicóloga, agrega que “ser padre/madre no es una norma, sino un acto, que -como todo acto real- tiene consecuencias. Estos tiempos arbitrarios son los que comandan los intercambios humanos actuales, que se embrollan con las leyes de la oferta y la demanda (el “llamen ya – satisfáganse ya”)”.

“Esta lógica de mercado alcanza al deseo propio humano, aún aquel que versa sobre “TENER un hijo”. Este tener puede causar estragos si se cristaliza exclusivamente en esa arista posesiva: TENER un hijo/objeto”.

El carácter histórico y simbólico de la familia se ha ido transformando a lo largo del tiempo, sin dejar de establecerse como una institución social interpelada por las variaciones producidas en la sociedad e interpeladora de esta.

Con respecto a esto, Lucía Ocampo agrega que “en los comienzos del capitalismo, este modo particular de socialización y crianza fue concebido con el modelo de la familia nuclear como “unidad básica de la sociedad”. Es la “hipermodernidad” la que finalmente deshace lo que durante mucho tiempo fue considerado un hecho natural incuestionable: la familia como la institución basada en el matrimonio de un hombre con una mujer con la finalidad de crear los hijos”.

Hace años ya que los modos de formar una familia han cambiado, y trajeron consigo reformas legales y modificaciones culturales capaces de adaptarse a estos otros vínculos (monoparentales, homoparentales, padres separados, etcétera).

Sin embargo, es interesante pensar en este contrato desinteresado en cuanto a la no formación de una pareja cuyo fruto de maduración sería el hijo.

En el caso de la copaternidad no hay una apuesta porque nadie quiere involucrarse ni comprometerse, se quiere vivir solo pero sin resignar el tener un hijo, que no es lo mismo que querer tenerlo. Existe una falta de compromiso con el otro porque quien desea ser padre se aprovecha de un otro por una necesidad funcional de reproducirse pero no hay una implicancia subjetiva con ese otro como compañeros paternos” expresa Paola Iriarte.

No existen reglas para concebir un hijo, pero sí distintos métodos que determinarán la construcción identitaria del niño que nacerá y el seno en el que se desarrollará. Queda abierto el debate a esta modalidad donde parece que prima el interés individual de perpetuar la vida biológicamente, por el tener y no por el ser.

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