#Reflexión: “No me hizo nada”

Hace unos días, presencié una situación asquerosa en la calle y no pude quedarme callada.

Un hombre mayor acosaba a una chica joven mientras ella trabajaba en la puerta de un centro comercial. Ella repartía folletos mientras este señor, a unos muy pocos centímetros de ella, se le insinuaba y le preguntaba cosas como “¿Tenés que estar acá todo el día, linda? Qué aburrido… ¿Sin que te acompañe nadie?” con un tono de voz desagradable.

La chica claramente estaba incómoda, se le notaba en la cara. No buscaba continuar esa conversación, pero ella misma me explicó más tarde que debe responder bien a quienes se le acerquen. Mientras que ella intentaba seguir trabajando, él insistía.

En un momento, le dio la espalda al señor para alcanzarle un folleto a una persona que pasaba y este la examinó de arriba abajo, con un gesto en el rostro que me revolvió el estómago.

Me acerqué a ambos y le pregunté a la chica si conocía a ese hombre y si necesitaba ayuda. Claro que recibí insultos por ser “irrespetuosa” y enfrentar a alguien de su edad, ya que él “solo estaba hablando con la señorita”. Cuando terminó de escupirme en la cara todo lo que tenía, se fue.

La chica me agradeció de corazón y, al final, con un poco de vergüenza, agregó: “Igualmente no me estaba haciendo nada”. Por un segundo, pensé que tal vez había exagerado, que ella no necesitaba mi ayuda. Y ahí fue cuando me enojé de verdad. Ese hombre la estaba incomodando, la estaba acosando mientras ella trabajaba, rodeados de muchísima gente que ignoraba la situación.

Un estudio realizado en 2016 por MuMalá y el Instituto de Investigación Social, Económica y Política Ciudadana evidenció que el 100% de las mujeres encuestadas había sufrido en algún momento de su vida una situación de acoso en la vía pública. El 84% de ellas había recibido bocinazos o silbidos, el 70% había sido víctima de comentarios sobre su aspecto físico, al 47% de ellas las siguieron y un 29% llego a ser víctima de tocamientos. (Acoso callejero: otra forma de violencia sexual)

Estamos tan acostumbradas al acoso callejero que este tipo de conductas no nos parecen extrañas, no nos enojan. No actuamos al respecto ni nos defendemos entre nosotras. ¿Será por miedo o vergüenza? Seguramente.

Es recomendable enfrentar al acosador, siempre y cuando la situación no vaya a ponernos en riesgo, pero ¿será posible que en ocasiones no reconozcamos la gravedad de la situación y veamos los “piropos” como algo inofensivo? ¿Será que no consideremos necesario intervenir ,ya que es algo “normal”?

Hay que ofenderse y estar alertas. Hay que eliminar el acoso callejero de nuestro escenario cotidiano. Es preferible ser “exageradas” y ayudarnos entre nosotras, siempre.

Es difícil ser feminista, incluso doloroso, porque la verdad siempre duele y ya una se cree que no le están haciendo “nada”.

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