No somos copadas, ni lo seremos

Cuando la realidad a veces parece ser pura ficción, no sabemos si abrazarnos, reír a carcajadas o largarnos a llorar. Pero ante todo debemos aclarar y declararle a una colega de Clarín que NO, nosotres no somos copades (ni lo seremos).

Una periodista del diario Clarín, uno de los grupos multimedia más grandes del país (con todo lo que esto conlleva), publicó un manual para la mina copada.

Todavía estamos en la duda de si la nota fue escrita en serio o es simplemente un chiste que el grupo lanza en sus páginas, porque lo que allí dice no cuadra demasiado con la realidad actual. Parece que no sólo está bien decir lo que “una mina” debería ser sino que, además, los parámetros que la colega establece distan bastante de lo que muchas mujeres (y no minas) somos y luchamos por ser.

Desde este equipo, como medio pero sobre todo como personas que habitan este mundo, nos declaramos NO copades. Nada copades.

No sólo por cosas menores, como no estar depilades y “engamades” los 365 días del año, a disponibilidad de quien desee desnudarnos o acostarse con nosotres. No, no sólo por eso, sino también porque a veces viajamos con plata juntada en grupo, o prestada, o sacada en cómodas y comodísimas cuotas, porque nuestro presupuesto tampoco es copado.

Y ahí vamos, reuniendo lo que podemos y haciendo los viajecitos que están a nuestro alcance. La mayoría de las veces, con un enorme esfuerzo para hacer el viaje, pasarla bien, cagarnos de risa, y olvidarnos del mundo por un rato.

Al contrario del manual de la mina copada, quien siempre está predispuesta para todo lo que el resto de la humanidad necesite. Nosotres, no. Hay momentos en los que sólo tenemos disponibilidad para unos pocos y, hasta me arriesgaría a decir, hay días en los que sólo tenemos disponibilidad para nosotres mismes. Porque no podemos con todo.

Y nos enojamos, y en las madres habita la culpa de qué hacer, y mandamos a la mierda amigues para después decirles: “Disculpame, tenía un día de mierda”. Remamos y remamos e intentamos hacernos un tiempito entre laburo, cursos, hijes, parejas, estudio y otras yerbas para disfrutar un vinito o una cerveza, que ¡claro, engordan! Sobre todo, el alma y la risa.

No, no somos copades, porque a veces “caer solas a una fiesta” no nos gusta, y no encontramos soluciones inmediatas, porque a veces no las hay o simplemente no las podemos ver. Porque claro, no somos máquinas.

Y no somos copades cuando nos metemos hasta la manija con un tipo que la colega llama “flojo de papeles”, es decir, que está con otra(s) persona(s). A veces sufrimos o hacemos sufrir a otres; ni nos importa. La mayoría de las veces “se lo delata” y todo explota por los aires. Hacemos lo que podemos y también a veces lo que se nos canta. Como lo hacen los tipos, ¿por qué? Porque NO somos copades.

Somos personas que intentan vincularse con hombres y con mujeres en todos los sentidos. A veces acertamos, otras pifiamos lejos, lejísimos. Y cuando eso ocurre lloramos, hacemos duelo por quien sea, nos rearmamos y volvemos. No a la nube de la copada: volvemos a la vida, que para les no copades es otra cosa.

La colega, en su manual, atrasa, encasilla e intenta persuadir. Aunque, ojo, debo confesar que de haberla leído 15 años atrás me hubiese reído de esa imagen cliché. Hoy, no.

El modelo que la colega construye habla de una “copada lectora con un toque feminista”. Como si fuese posible habitar esos terrenos desde tan sólo la superficie, con algunos toques aquí y allá; un salpicadito que te harían una mina deseable, sociable, aceptable, competente, disponible y querible.  Se olvida la colega de que lo que se queda en la mera superficie, allí muere. No se puede tener “un toque”, se es o no se es.

Si tuviéramos que enumerar y refutar cada uno de sus (llamémosle) conceptos, sería agotador. Pero sí podemos contarle a la colega que a veces lloramos en grupo, en pareja; lloramos por teléfono con amigues y hermanes. Nos abrazamos cuando pasa algo, porque ya estamos en el siglo XXI y han cambiado los vínculos, las maneras de pensarnos y comunicarnos.

Entonces, elegimos aunar fuerzas y contarnos, sacarnos dudas y generar otras nuevas, repensarnos y sentirnos manada. Al menos, eso hacemos les NO copades. Porque a veces el mundo se vuelve volcán y erupciona, y nosotres como lava estallamos por los aires y nos perdemos, nos volvemos ceniza que habita la tierra; empezamos a volar.

Algunes sí trabajamos desde los 16 o antes, aunque no sólo para ser independientes. A veces trabajamos desde los 16 o antes (casi siempre en negro y en trabajos mal pagados) porque necesitamos el mango, porque hay que comer, porque hay que estudiar y aportar a la economía familiar. Muches no trabajamos “de copadas nomás”, trabajamos por una necesidad real. Claro, tal vez la copada labure desde que era menor tan solo por placer.

En definitiva, nos declaramos NO copades, para nada copades. ¿Sabés por qué? Porque somos reales, humanes de carne y hueso. Muchas veces no hay tiempo ni ganas de ir “al gym” ni de conservarnos espectaculares; la vida nos mueve y hacemos lo que podemos.

No somos copades porque nos amamos a nosotres mismes, y desde allí a los demás. Por eso recorremos caminos en conjunto, por eso no estamos disponibles siempre para otres. La vida deja de ser un manual para ser habitada y es precisamente porque luchamos para hacer un mundo más habitable que no somos copades, ni lo seremos.

En los manuales, querida copada, no se aprende del amor, ni del sexo, ni de la lucha, ni de lo lindo de un abrazo, ni de lo mojado de un beso, ni del dolor de las lágrimas.

En los manuales, querida copada, sólo habitan infinidad de teorías que por suerte pudimos pensar, combatir y volver a escribir. Pudimos hacer empírico todo lo que hemos leído y aprendido a través de los años, y revertirlo.

Porque la vida, querida copada… La vida es mucho más que un manual.

 

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