Polémica en el bar(do)

Comentarios machistas, defensa del acoso y cosificación de la mujer: ¿dónde reside la lógica de hablar desde el sentido común más misógino en un medio de comunicación que se emite y produce en el país que originó la consigna #NiUnaMenos? La alevosa sinceridad de Polémica en el bar es un hecho para reír antes que para indignarse por redes sociales.

En sus inicios (1963), el sketch creado por Hugo y Gerardo Sofovich proponía una representación de los diferentes sectores de la sociedad argentina, caracterizados acorde a ciertos estereotipos de época. Las figuras que se reunían en el bar tenían sus roles sociales claramente identificados: el grasa del barrio, el porteño que se las sabía todas, el intelectual y el aburguesado conservador.

Es destacable, además, que en las primeras emisiones no aparecieran mujeres.

El show adquiere formato de programa a partir de la década del 70 y se transmite de esta manera hasta 1973. Luego de siete años fuera de la pantalla, vuelve con mucho éxito en 1980: generó un pico de rating de 60 puntos, que quedará en los registros históricos de la televisión argentina.

En este último período se suma la actriz Ginette Reynal al elenco, para interpretar el papel de una chica joven y bonita que acompaña al tabernero.

Resulta interesante destacar la relación que tiene la susodicha con el personaje protagónico de Minguito, un hombre despistado y bruto de clase media baja: ella, a pesar de no participar en debates sentada a la mesa, es caracterizada como la estratega que, teniendo en claro sus intenciones con él, manipula la escena para alcanzar el cometido de conquistarlo.

Esta significación del rol femenino se transforma hacia 1990 dado que, en el contexto de la privatización de servicios inherente a la política neoliberal del gobierno de Carlos Menem, el programa opta por un giro hacia un estilo más periodístico. Se renuevan los actores (que desde entonces funcionarán como panelistas) aunque se mantiene el eje en la discusión entre personajes fácilmente diferenciables reunidos en un bar.

Es en este momento cuando Tita Merello comienza a participar en la mesa de los caballeros, narrando anécdotas de su juventud: se vuelve entonces símbolo pedante y, por consecuencia, lo que expone a nivel contenido se torna irrelevante.

Sus vivencias ostentosas, cargadas de citas de autoridad (debido a su contacto con figuras políticas y del espectáculo), dificultan la creación de una situación de interpelación amena con el público, y dan paso a una feminidad cuya participación en cuestiones de política pública despierta cierto rechazo.

Para 2011, otra renovación del programa adhiere a Paula Alvariñas como camarera. Caracterizada con vestidos cortos y escotados, hace algunos comentarios y se sienta cerca de la mesa, pero no ella.

Algo similar ocurre con Virginia Gallardo y el rol que toma en la configuración de la escena en la actualidad. Al encargarse de servir a los clientes, se encuentra en las cercanías del foco de discusión (en un banco de la barra) y puede hacer acotaciones al debate (sobre todo si el tema donde se involucra está relacionado con farándula o actualidad).

Sin embargo, su función principal pareciera ser la de completar el ambiente de disputa con una sonrisa que reduzca la confrontación política a una mera exposición de opiniones con nula carga ideológica.

De esta forma, se presentaría a la mujer como un ser con voz pero cuyo poder se limita a la correcta gestión de su calidez y belleza (cualidades expresadas en la risa) para calmar las aguas turbulentas promovidas por el choque que supone la grieta (social).

Siguiendo esta lectura, la historia de Polémica en el bar no es otra cosa que la reafirmación de aquello a lo que su nombre hace referencia: buscar polémica en la cotidianidad para dispersar la atención del plano público y, en consecuencia , atentar contra la concepción del diálogo como ámbito de posibilidad para construir un consenso intersubjetivo.

Lo personal y lo político se perpetúan como dos esferas aisladas sin correlación.

La palabra “polémica” deviene del griego polemos, que indica en su etimología “lo perteneciente a la guerra”. Bajo esta definición, existen diferencias fundamentales en las formas en que se vende este valor controversial, debido a las transformaciones socio-históricas a las que se ha visto sometido el programa para continuar funcionando.

En los orígenes del sketch, la polémica era publicitada a través de la identificación que promovía el humor planificado: el televidente se hallaba representado, y por lo tanto encontraba satisfecha la necesidad de pertenencia a la homogeneidad (demandas provenientes del pensamiento moderno vigente a mediados siglo XX).

Para comienzos del nuevo milenio, se torna inminente e innegable el avance de las tecnologías de la información y la comunicación en el contexto de un mundo globalizado, y esto somete a mutación los parámetros de éxito: la polémica ya no es rentable si se piensa en términos de planificación.

Ahora, el humor debe ser espontáneo para movilizar, asimismo, una reacción espontánea de la audiencia. Para comprender con mayor profundidad esta lógica, puede ser útil rescatar la noción de shitstorm propuesta por el filósofo Byung-Chul Han. El triunfo ya no radica en el rating, sino en el linchamiento digital.

En la Argentina de 2017, presidida por un gobernante cuyas políticas públicas se condicen con una ideología neoliberal, donde el feminismo militante está más activo que nunca y un gran porcentaje de la ciudadanía se encuentra movilizado, no es mero accidente emitir comentarios en relación al acoso o plantear como posible tema de debate si pueden o no las mujeres opinar sobre fútbol.

La medición de audiencia del programa representa un tercio del puntaje que tienen otros que se transmiten en su mismo horario en las cadenas competidoras (su rating promedio oscila los 4 puntos) pero, sin embargo, #PolémicaEnElBar y Iudica no dejaron de situarse entre las primeras tendencias de Twitter debido a la viralización del video donde se puede evidenciar al conductor afirmando: “¡No tienen que hablar de fútbol!”.

Si están llamando a nuestra indignación para sostener su lucro con programación que reproduce la desigualdad, la rigidez de pensamiento y la indiferencia hacia los otros en un proceso de politización del entretenimiento, ¿no sería mejor responder haciendo del show una forma posible política?

Considerar darle un nuevo sentido a la risa, antes de caer en la inacción que propusieron Horkheimer y Adorno cuando afirmaron que «divertirse es estar de acuerdo», podría ser la forma más genuina de combatir un mundo donde todas las apariencias parecen estar orientadas a fines calculados (e individualistas).

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