Rafael Nahuel: otra muerte de la que el Estado es responsable.

Rafael Nahuel tenía 22 años y muchos deseos por cumplir. Ya no puede hacerlo: las fuerzas de seguridad lo asesinaron de un tiro por la espalda. Mientras que el gobierno intenta construir un enemigo y un escenario donde solo queden los que acatan las normas, otros saben que hay que resistir.

Los pueblos originarios existían antes de la conformación de los Estados-Nación. Entender la lucha de esos pueblos es poder ver la historia, las raíces verdaderas, y poner un límite a los siglos de sangre y asesinatos. 

 

Una vez más, el Estado mira para otro lado. En lo que va del año ya son dos las personas que mueren en manos de la represión de las fuerzas de seguridad.

El primero fue Santiago Maldonado: primero, la agonía de no saber qué habían hecho con él, las mentiras implantadas desde el gobierno, los medios de comunicación y aquellos trabajan desde el mundo virtual para hacer daño, sembrar mentiras y provocar.

Ahora, fue asesinado Rafael Nahuel, un joven de 22 años no militante. Rafael, un pibe solidario, que la peleaba día a día para salir adelante. No pudo seguir su vida, lo asesinaron.

Asistimos a las mentiras mediáticas desde hace años. En 2001, Clarín titulaba “La crisis causó dos muertos” para encubrir las muerte de Kosteki y Santillán. Luego, gracias a la labor de reporteros y periodistas que habían estado ese día en el lugar de los hechos, quedaría claro que a ellos los mató la policía.

Hoy, una vez más, se intenta no sólo encubrir sino además construir un enemigo. Como en su momento fueron los piqueteros, ahora el enemigo son las protestas sociales, las manifestaciones, los reclamos por los derechos; todo lo que sea distinto, y sobre todo los pueblos originarios preexistentes a la conformación de los Estado-Nación.

Sin embargo se quiere hacer creer -con éxito en buena parte de la población- que ellos son el enemigo, y no los extranjeros que están quitándonos tierras desde la Conquista del Desierto a esta parte. No, ellos no. Ellos pagaron, y para las políticas actuales pueden tener todo lo que se les ocurra a cambio de ese dinero.

Los que molestan, los que quieren lo que “no les pertenece”, son los mapuches, los pueblos originarios que se meten donde nadie los quiere. Es decir, los negros, los distintos, los pobres; a ellos hay que combatir.

El gobierno viene por todo y hace rato lo demuestra. Amparado en su triunfo electoral, avanza no sólo con la entrega de nuestro país sino además con la represión de las manifestaciones, donde arresta y (por supuesto) construye cada día un enemigo, para legitimar su accionar y tener un aval de parte de la sociedad civil para los muertos que queden en el camino.

Esto no es nuevo: este tipo de lógicas se utilizan desde la dictadura militar, y vuelven a aparecer, dándonos la señal de que debemos resistir.

Bullrich dijo que no necesitan pruebas de lo ocurrido, que lo que digan las fuerzas “es de carácter de verdad” para ellos. Es decir, se establece un dogma inamovible y lo que resta queda en manos de la justicia, porque para el gobierno eso es otra cuestión. No le interesa saber lo que pasó, y seguramente no le interese la muerte de Rafael. Pero deberá hacerse cargo, porque es el Estado y son responsables.

No hay gendarmes, ni policía, ni albatros que actúen solos. Es importante entender que no son una isla, que responden a órdenes y las ejecutan.

 

Qué pasó con Rafael Nahuel

A Rafael Nahuel lo asesinaron en Lof Lanken Winkul Mapu en un operativo de la prefectura. Ese mismo día, era el velorio de Santiago Maldonado, quien fue muerto el 1 de agosto en Pu Lof durante la represión de Gendarmería.

Dos vidas, dos jóvenes muertos que son cuestionados, manoseados por todos esos que se dicen ser comunicadores, minimizados y hasta ridiculizados -como en el caso de Santiago- por el Estado y sus secuaces.

Se hace difícil comunicar bajo el contexto en el que estamos inmersos, pero es nuestro deber. Todavía no dejó de dolernos Santiago, todavía se sigue con esa investigación, y ahora aparece la noticia sobre Rafael. Y nos duele tanto como antes. No se acaba nunca.

Quieren estigmatizar al pueblo mapuche, quieren minimizar su lucha histórica y ubicarlos en el puesto de los equivocados, los violentos, los enemigos de la patria, cuando es al gobierno al que, a la luz de los hechos, le corresponden todos esos calificativos.

Rafael tenía 22 años, no 27 como se dijo en un principio. No estaba armado, no era un “mapuche violento”, ni alguien que “lo merecía”. Esos son los discursos que arman y se van legitimando para que todos aquellos que han perdido una vez más su humanidad puedan quedarse tranquilos, y dormir tendidos a orillas de su miseria.

Rafael era un joven que hacía de todo un poco, changas, labores varias, como las hicimos todos los que no tuvimos el placer de un laburo fijo y un buen pasar en algún momento.

Rafael hacía herrería, soldaba, y había aprendido el oficio para salir adelante. Salir aunque fuera tan solo un poco de la exclusión y la pobreza. Pero para muchos siempre es el marginado, el distinto o el luchador el que está equivocado, por no dejarse chupar por un sistema que permanentemente lo violenta y lo excluye de todo contrato social.

Siempre es mejor pensar que algo habrá hecho y no que estaba en el lugar equivocado, atacando o no acatando las reglas que se le querían imponer por la fuerza.

Es paradójico que muchas personas piensen que es justo que quien no acata la norma o se sale de lo preestablecido termine mal por merecedor. Ese mismo discurso es instalado y armado para que ocurra y se justifique como en una espiral interminable, y al día de hoy funciona casi a la perfección.

Salvo por el detalle de que ya no nos callarán. No pudieron antes, con las vejaciones, torturas y desapariciones; no podrán ahora. Conocemos nuestros derechos, y con o sin miedo no daremos un solo paso atrás.

Los pueblos originarios son nuestra historia; asimismo, hay territorio que les pertenece. No somos europeos, la mirada europeísta se cae por su propio peso. Esos indios que detestan, somos nosotros. Sería bueno que se enteren de tamaña noticia.

Rafael era un pibe de barrio, con un oficio, con una familia, con una vida. Hacía poco tiempo había empezado a vincularse con el reclamo mapuche.

El día que lo asesinaron, hubo dos heridos más, arrestaron a mujeres, le tiraron gas pimienta a los niños, y le metieron tierra en la boca a María, una integrante de la Lof, cuando empezó a hablar en mapuzungun. Además, le dieron un golpe en la cabeza y la dejaron desmayada. A todas las demás las golpearon y se las llevaron detenidas con sus niños, donde permanecieron más de diez horas sin beber ni comer.

Los varones de la comunidad escaparon hacia el cerro y se defendieron como pudieron, pero no tenían armas de fuego.

El operativo fue ordenado por el Juez Gustavo Villanueva después de recibir una denuncia por parte de Parque Nacionales. Entre policías, gendarmes y prefectos eran  más 300  uniformados. También se cortaron las rutas y se alarmó a la población.

Los días posteriores al asesinato de Rafael, Bariloche fue militarizada, siempre rodeada por la fuerza que generaba un clima de miedo y hostilidad. Otra vez, estamos llenos de dudas, de tristeza, de muerte. Pero hay una certeza: habrá consecuencias, porque el Estado y las fuerzas de seguridad son responsables.

Es importante entender y comprender los procesos históricos, no caer en las historias de manual, empezar a revisar la historia, y empaparse de ella. No se puede tapar el sol con un dedo. Hacernos cargo de lo que somos, y de dónde venimos como pueblo, con nuestras raíces, sirve no sólo para entender estos hechos, sino también para comprender quiénes somos en verdad y por qué deberíamos apoyar ciertas luchas.

Está en nuestras manos nuestro futuro, y también nuestra historia, para abrirla y sanar, reparar en la medida de lo posible, tantos años de daño. Es necesario conocer la verdad. Mirar con ojos abiertos y recordar que los que cayeron por luchar también son nuestros.

Los Estado-Nación son una parte de todo el constructo social y la base de la sociedad moderna, pero la tierra y los habitantes mapuches y tehuelches son preexistentes a ellos. No debemos olvidarlo nunca.

Por Rafael, por Santiago y por todos los que no están, gritamos ¡PRESENTES! Ahora y siempre.

 

 

 

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