La ley del más fuerte

Por Lara Maqueira

Estamos los dos hospedados en la habitación de un hotel.

El reloj da las 3:00 a. m.,  y afuera se ve todo oscuro.

Pienso que no es un buen momento para escapar, así que empiezo a moverme desesperada en la cama, sabiendo que si me quedo un día más, puedo estar sin vida en cuestión de horas. Esta vez, estoy decidida. Se acabó todo, colapsé yo misma, ya no me importa lo que pueda llegar a pasar mañana, pasado mañana o dentro de cinco minutos. En estos momentos, mi vida es cuestión de horas.

Me levanto, vacilante pero con énfasis. Le digo que me quiero separar, que esto ya no da para más. Él se levanta, me toma fuerte de los brazos y a pesar de que le digo que me está lastimando, no me suelta. Comienza a gritarme que me vaya a la cama, que no soy quién para decidir, que deje de decir estupideces.

En ese momento, me arroja sobre la cama y se vuelve a acostar.

Pienso que no me voy a poder levantar pero, todavía, con el corazón roto y la fuerza que me queda, me levanto de nuevo, le repito que no quiero seguir con esto, que me quiero separar, que esta vez es en serio. Ahora sí se enoja de verdad y lo puedo notar en su mirada. Me toma de las muñecas y me empuja, mi espalda choca contra la pared y siento cómo se me rompe todo, adentro, afuera, donde sea.

Se me vuelve a acercar y le ruego que, por favor, no me lastime. Vuelve a tomarme de los codos, me levanta, me tira al piso y se tira encima mío, tapándome la boca junto con la nariz. No puedo respirar. Pienso que me voy a morir y, de una forma muy absurda, que podría haberme liberado antes de él, pero a la vez no pude.

Entonces la puerta de la habitación se abre; al parecer, los vecinos escucharon mis gritos ahogados pidiendo auxilio. Ellos me salvaron la vida, y lo digo de forma literal.

Logro salir de ahí, y ni siquiera sé a dónde voy.

Durante unos meses, él me manda muchos mails, mensajes de texto, y otras cosas. Hago un esfuerzo y no le respondo; me sale perfectamente.

Me echo la culpa, pienso qué hice hecho yo para que él me levantara la mano, qué grado de culpa tengo yo y qué grado de culpa tiene él.

Al final, llego a una sola conclusión.

Me pega porque es un psicópata, porque está enfermo, porque es el último recurso que le queda cuando su amor fracasado ya no funciona conmigo. Me pega porque desde hace años que nos matan, pegan o queman impunemente. Me pega porque soy la voz de las que ya no están. Me pega porque soy feminista y eso implica una amenaza para los machistas como él. Me pega porque es un misógino de mierda.

Me pega porque estamos en una sociedad machista en la que les enseñan a los hombres que las mujeres somos una cosa, y las cosas no se van a las tres de la mañana, no deciden que no te aman más.

Simplemente, me pega porque soy mujer y eso implica, en su mente, inferioridad.

 


 

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