¡No tengo ropa!

Yo, persona empírica, mujer, argentina, de 27 años, me dirijo hacia algunos locales de indumentaria en busca de un short de jean. Sí, un clásico short de jean.

“No debería llevarme más de cuarenta minutos”, pienso. Estoy sólo a un par de cuadras de casa.

Entro al primer local, uno de esos con carteles llamativos que rezan “Descuentos, sólo por hoy” o “Ahora 12”, aunque de esos ya queden muy pocos… Efectivamente, una fila numerosa de hermosos pantaloncillos cortos esperan por mí. Miro los talles y ¡elijo!

¿Elijo? En realidad comienzo una selección de los que podrían atravesar las curvaturas de mis piernas, para continuar por la travesía del mapamundi sin quedar encallado y desertar, para finalizar su tramo en las caderas que no mienten y abrochar así el botón del triunfo.

Sí, dije culo. Mapamundi, posaderas, nalgas, culo o como más te guste.

Yo, sujeto subjetivo, mujer, argentina, de 27 años, de 1,70 m de altura y 66 kg de peso no quepo en el talle más grande que tiene el comercio. Conmigo no iba la oferta ni la no oferta del mes. No importaba el precio ni la marca: ningún short atravesaba este culo.

Sigo caminando. Entro al próximo local, y al siguiente, y al siguiente del siguiente… En todos me pasa lo mismo. Extraño, ¿no? ¿Estoy mal, estoy gordita? Para los cánones de belleza ideal de la actualidad, seguro que sí. Para ser una persona sana y activa que come sin culpas, seguro que no. Para los conceptos que milito y en los que creo profundamente, la respuesta es un no rotundo.

Los percheros exhiben en su mayoría los talles XS, S, o M. El talle S bien podría ser para el cuerpo de una niña o adolescente. En algunos negocios las cosas eran algo distintas, como el caso de una firma muy conocida en Buenos Aires, cuyo talle S representaba el tamaño de un M o L en otros lugares. La noticia es que no había nada más allá de un S. Ya no importaba el modelo, ni el color, ni (mucho menos) el tipo de tela.

“¿Qué talle sos vos?”, le pregunto a la vendedora.

“Yo soy M. Ese te va a entrar”, me responde.

Fornidas piernas traía la muy mentirosa. Pero no es su culpa, ni es mi culpa. No me adaptaré a talles, modas ni modelos. Los talles deben adaptarse a mí.

Belleza es salud, bienestar, y sobre todo amor propio. Amor, y más amor.

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