#PoesíaVenenosa: La que escribe

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“Escribir es una maldición que salva. Es una maldición porque obliga y arrastra, como un vicio penoso del cual es imposible librarse. Y es una salvación porque salva el día que se vive y que nunca se entiende a menos que se escriba. 

¿El proceso de escribir es difícil? Es como llamar difícil al modo extremadamente prolijo y natural con que es hecha una flor”.

Clarice Lispector

Decían que Clarice Lispector escribía sus novelas con la máquina sobre la falda, en la sala de estar de su casa, mientras sus chiquillos revoloteaban a su alrededor haciéndole saber sus necesidades. Bueno, yo escribo un cuento en la sala de una casa ajena, sobre un documento ajeno, esperando para comer comida ajena mientras pispeo a mis costados para que nadie me vea.

Un chiquillo con anteojos intenta leer lo que escribo, mirándome de reojo. Seguro piensa que esto, que inició como un juego, ha llegado demasiado lejos, puesto que lo he apartado (aún no se cómo) de la pantalla con solo mirarlo, y me he puesto a escribir. Ahora el niño mira la tele y mueve el pie derecho al ritmo de la música. Parece bastante entretenido y compenetrado. Se ríe como un mocoso y no puedo evitar sonreír cuando lo escucho. Admito que me sonrojo con solo pensar que quizás, por un descuido, pueda llegar a leer esto. Ay, ¿acaso estaré admitiendo más de lo que escribo?  No, bueno… No importa. Ahora eso no importa, porque de seguro él ya sabe lo que yo ya sé y al mismo tiempo no.

Nunca hemos hablado. De hecho, nunca hemos establecido contacto de ningún tipo, excepto algunas miradas cruzadas a medio camino o un roce inesperado a la hora de la cena, cuando ambos quisimos tomar el mismo trozo de tarta. Desde que he llegado a este lugar, gracias a la buena voluntad de la comadrona que se ha ofrecido para asilarme, el chiquillo no me ha dirigido la palabra. Ni siquiera sé su nombre. Casi nunca lo llaman, puesto que no habla con nadie, y solo se limita a reír de vez en cuando y a leer libros bastante avanzados para su corta edad. Al parecer, goza mucho de la prosa de Dostoievsky, razón por la cual he llegado a pensar que sería una buena idea (quizás) regalarle alguno de los libros que yo me he robado y ya he leído y releído hasta el cansancio. Pero, ahora que lo pienso mejor, eso implicaría hablarle y romper con este pacto de silencio, de conversación tácita que hemos mantenido a lo largo de las semanas que he parado en la posada. Aunque podría simplemente dejárselo sobre la mesa, sí, y esperar a que él se haga cargo del presente y lo tome, adoptándolo como suyo. No, no. Eso sería ir demasiado lejos, jugar con su mente, y sería muy injusto. ¿Y si no le gusta que le hagan regalos? ¿Y si solo prefiere leer libros que nadie haya leído antes? Son muchas interrogantes, sí, porque con una mente singular, taciturna y, sobre todo, desconocida, una nunca sabe.

El muchacho está sentado con el mentón sobre la mesa. Pero no por eso deja de voltear de vez en cuando para intentar leer lo que escribo. Hace unos movimientos extraños, como si estuviera incómodo y no pudiera decidir cómo permanecer en la silla. Ahora suspira indignado y, aunque no lo estoy viendo, puedo imaginar que frunce el ceño y eso hace que sus anteojos se suban un poco más sobre el hueso de su nariz. Mantengo la vista fija en mi documento, procurando no arruinar mi escritura silenciosa. Pero escucho una suela de zapatilla que raspa en el piso. Una silla de madera parece deslizarse ruidosamente sobre la cerámica blanca. El niño está parándose  y, no sé por qué, se me erizan los vellos de los brazos. Me enderezo en mi asiento y trago saliva. Él viene hacia mí con un caminar bastante decidido. Escucho que respira y abro súbitamente los ojos, pero sin apartarlos de la hoja, repleta de líneas. Lo siento cerca, cerquísima, justo detrás de mí. Percibo que comienza a leerme, abre la boca y dice:

“.”

 

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