#Análisis: El cuarto poder y el machismo disfrazado de noticia

El 29 de diciembre de 2017, Nahir Galarza disparó contra su pareja, Fernando Pastorizzo, utilizando el arma reglamentaria de su padre policía. Según consta en el expediente, la joven cambió su declaración tres veces, desde admitir el asesinato y explicarlo en detalle hasta declarar que habría sido un accidente.

Desde principios de enero, Galarza aparece a diario en todos los portales de noticias. Los titulares hablan del “caso Nahir” y describen en detalle información de vital importancia: qué libros lee la acusada detenida, qué comidas caseras saborea mientras está recluida, cuántas fotos con poca ropa publicó en su cuenta de Instagram, e incluso cómo su padre se negó a reconocer hijos de parejas anteriores a la madre de Nahir.

De Fernando, poco más que unas fotos repetidas y una mención a las protestas de familiares y amigos que exigen justicia.

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Fernando Pastorizzo.

En un escenario ideal, el tratamiento mediático de cada crimen cometido contra la integridad de otra persona debe exponer a los victimarios mientras se respeta la memoria de la víctima. A simple vista, ese parecería ser el caso en cuanto al crimen de Fernando Pastorizzo. Sin embargo, ¿a cuántos perpetradores más conocemos en tanto detalle? ¿Qué se esconde detrás de la noticia?

Según la organización La Casa del Encuentro, una mujer es asesinada cada 30 horas en Argentina. Uno de los grupos más afectados es el de las mujeres trans y travestis. La información difundida desde la Procuraduría de Trata y Explotación Sexual indica que más de 3000 niñas, adolescentes y adultas están desaparecidas, y las mayores sospechas recaen en las redes de trata para explotación sexual.

¿Por qué no se publican las caras sin censura de todos estos victimarios en primera plana? ¿Por qué no se habla de ellos en los noticieros a diario, cuando efectivamente muere una mujer por día a manos de la violencia de género?

Los medios como poder (o el poder de los medios)

El concepto del cuarto poder, surgido a principios del siglo XIX, describe a los medios de comunicación como un poder adicional a los tradicionales políticos. Ignacio Ramonet, eminencia del periodismo español, lo categoriza como:

“[El poder] del que disponían los ciudadanos para criticar, rechazar, enfrentar, democráticamente, decisiones ilegales que pudieran ser inicuas, injustas, e incluso criminales contra personas inocentes, gracias al sentido cívico de los medios de comunicación y al coraje de valientes periodistas”.

Ramonet denuncia, sin embargo, que hacia fines del siglo XX comenzó a gestarse un vaciamiento de sentido de este poder, ligado al auge del capitalismo globalizado. Los medios se agruparon en corporaciones masivas y multinacionales, cuyo objetivo dejó de ser actuar como “voz de los sin-voces”. El nuevo enfoque pasa a ser la propia preservación, y no les tiembla la mano a la hora de confabular con los poderes tradicionales si es necesario.

Entonces, concluye Ramonet, surge la necesidad de un “quinto poder” que retome el concepto original y denuncie los atropellos de los conglomerados mediáticos. Así, entran en juego las distintas agendas de lo que cada sector considera relevante: la agenda pública, la de los medios y la política.

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Al establecer que los medios y la política se entrelazan sin pudor en el cuarto poder, la pregunta restante es ¿qué pasa con la agenda pública?

La politóloga alemana Elisabet Noelle-Neumann publicó en 1977 la teoría de la espiral del silencio, que explica cómo una opinión mayoritaria y una oposición debilitada pueden establecer qué actitudes son aceptables y cuáles no en una sociedad. El ser humano es un animal social, y mantener una postura poco popular puede llevar al aislamiento.

El ciudadano promedio se apoya en la información que se distribuye a gran escala en televisión, radio y prensa escrita. Cuando el cuarto poder corrupto decide qué información priorizar y qué opinión anunciar como predominante, la agenda pública se ve inevitablemente infectada.

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Ante el grito feminista cada vez más alto, el poder patriarcal se refuerza a través de este medio. Desde su nacimiento, el movimiento feminista fue blanco de ataques que buscaban desprestigiarlo. Las sufragistas, las que exigen la igualdad de derechos y el fin de la violencia, las partidarias de todos los feminismos son eternamente tildadas de “feas”, frígidas, histéricas, necesitadas, resentidas y más.

La agenda hegemónica, entonces, es clara: la culpa siempre debe ser de la mujer. Si es la víctima, se la buscó; si es victimaria, representa a todo el colectivo femenino y anula las figuras del femicidio y la violencia de género. Resulta curiosa esta última interpretación, al tener en mente la rotunda negativa de los grupos antifeministas a “generalizar”, porque “no todos los hombres son machistas”.

¿Homicidio o femicidio?

Cuando hablamos de violencia de género, no nos referimos a la violencia aleatoria que resulta ejercida por una persona (de un género) sobre otra (de distinto género), como podría ser un robo, un secuestro extorsivo o un homicidio. La violencia de género es una violencia sistematizada, que dispone de toda una estructura que la avala.

Existe una relación de poder en juego, sostenida gracias a la estructura patriarcal que ha enseñado por siglos que el varón es quien debe trabajar y “llevar los pantalones” en su casa, mientras la mujer, propiedad del marido (¿por qué, si no, ella toma su apellido y él no?), se limita a criar a los hijos, cocinar y limpiar. Sí, querido.

Así, dentro del espacio familiar, la mujer resulta dependiente del hombre respecto de su economía (ya que ser ama de casa es un empleo no remunerado). Fuera del hogar, el patriarcado se entrelaza con la cultura de la violación y escupe frases infames: “Mirá cómo iba vestida”, “¿Qué hacía sola en la calle?”, “Si le encanta la joda, que se la banque”.

Quienes ejercen la violencia son quienes ostentan el poder. Una mujer puede ser machista, puede ser cómplice, pero el sistema eleva al hombre y le da el poder real como grupo demográfico. El hombre como individuo también puede ser víctima del patriarcado (ejemplo reciente: Jonathan Castellari). La cuestión no se centra en quién es la víctima, sino en quién es el victimario contra el que se plantea la lucha.

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El quinto poder está aún en pañales, y para lograr una sociedad equitativa debemos criarlo con perspectiva de género. El incremento de mujeres en los cargos de todo tipo de poder es una deuda pendiente; ¿cómo se oirán las voces femeninas si el micrófono está en la mano de un hombre?

Cuando las leyes son escritas por varones sin perspectiva de género, cuando las posiciones de poder son vedadas a la mujer por considerarla incapaz —como si menstruar o ser trans afectaran la intelectualidad o la habilidad—, cuando la sociedad en su conjunto culpa a la mujer e inventa justificaciones medievales para defender el accionar del macho (“Los hombres son así”, “Si calienta la pava…”), nos encontramos con violencia de género.

Caso Nahir Galarza vs. el femicidio nuestro de cada día

Lo primero que salta a la atención del lector es la denominación del caso en los medios. “Caso Nahir Galarza”. Se recuerda a la víctima solo en su ámbito personal mientras el culpable se menciona en el proceso judicial.

Caso Melina Romero.

Caso Ángeles Rawson.

Caso Micaela García.

Caso Lola Chomnalez.

Caso Camila Carletti.

Caso Anahí Benitez.

¿Casualidad o imposición sutil? ¿Por qué no “Caso Fernando Pastorizzo”? ¿Por qué no nombrar culpables en los femicidios? ¿Por qué no hacer hincapié siempre en la víctima o siempre en el victimario, de forma consistente, en lugar de hablar de la mujer sea cual sea su parte en el crimen?

Los nombres de las víctimas quedan escritos en las pancartas pero los nombres y los rostros de los femicidas caen en el olvido. Caminan entre nosotros con absoluta impunidad, pues nadie los reconoce en la calle. La vida sigue para ellos.

Las fotos de los femicidas aparecen censuradas mientras las fotos de las mujeres se dividen en dos categorías marcadas: las fanáticas de los boliches, sexualizadas, y las chicas “bien”, la dulzura hecha persona. La que se lo merecía y la que no.

No es una decisión inocente, sino que se busca apelar al inconsciente colectivo machista que le asigna más o menos importancia a los asesinatos y perpetúa la opresión femenina bajo el yugo del estereotipo de cómo actúa una “señorita correcta”.

Así, echaron a los lobos a Melina porque “se lo merecía por puta” mientras alzaban altares para Ángeles, la jovencita modelo. Pocos repararon en el hecho de que, en ambos casos, dos vidas de igual valor fueron aplastadas. Dos adolescentes llenas de sueños y esperanzas. Dos futuros, dos seres humanos cuya importancia no variaba en base a sus personalidades.

La hipocresía de los medios hegemónicos sale a la luz una y otra vez, desde la forma en que plantean a la mujer hasta el vocabulario que utilizan. Las mujeres “mueren”, no son asesinadas. Los crímenes son “pasionales”, no de odio. Él “malentendió la situación”, no la acosó. Ella “exagera”, no se sintió vulnerada. Ella “estaba borracha y quiere perjudicarlo”, no la violaron.

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Los grupos antifeministas y el colectivo Nadie Menos gritan que a Fernando lo mató la violencia de género, sin argumentos, sin un sistema de poder que sostenga la idea.

Mientras tanto, la violencia cisheteronormativa afecta a diario la vida de miles de hombres sin que a los autoproclamados antifeministas se les mueva un pelo: contra los hombres no heterosexuales, los hombres trans, los niños. La masculinidad tóxica es un concepto foráneo a ellos y Carlos Tévez sigue siendo el “jugador del pueblo” mientras pregona en televisión abierta que apoya la coerción violenta contra su propio hijo como método “correctivo” de la homosexualidad.

La violencia sexista oculta detrás de las noticias que se publican en primera plana puede ser sutil o grosera. Dependerá de un lector informado y crítico que la primicia se compre tal cual la escupe la caja boba o se analice en profundidad para desarrollar un juicio personal, que se traduzca en una manera de ver y vivir el mundo actual.

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