Cartas de Sofía #1

20 de agosto de 2016 – 4:30 a. m.

Ahí está ella, sola, sentada en un bar, un recoveco de mala muerte en Almagro, con una cerveza tibia vaya a saber dios de qué marca, mientras escucha una banda desentonar canciones de Radiohead. “Todas las historias tristes tienen como banda sonora a Radiohead”, piensa. Por lo menos, en su mente todas la tienen.

En fin, ahí estoy yo, Sofía Rodríguez, de nuevo sola, de nuevo conmigo. Estamos a mediados de agosto y afuera hace un frío terrible, pero adentro de este sucucho transpiran las paredes y chorrea el techo como si fuera un Iguazú de transpiración humana.

“¿Pero esta gente no tiene calor? ¿Sensibilidad en la piel, acaso?”, pienso mirando mi mano que rasquetea la pintura de la mesa a medio salir.

Las mozas van y vienen por todo el bar, corriendo como maratonistas atendiendo a borrachos que les dicen lo lindas que están hoy. Los miro con asco y me aguanto las ganas de vomitar.

Yo observo desde mi banqueta en la mesa más escondida del lugar; miro todo desde afuera y me siento como si estuviera en el cine mirando una película de esas que mirás cuando estás deprimido y tenés medio kilo de helado en el regazo.

Hace meses que mi nuevo pasatiempo es ir a distintos lugares y sentarme a observar. No sé bien que es lo que observo, pero el hobby consiste en quedarme quietita y mirar. No sé si a la gente, al paisaje, a las situaciones que se desarrollan como una tragicomedia que me armo yo en la mente.

Este nuevo pasatiempo me lleva a las plazas, o solo a sentarme en alguna calle del barrio, pero mis lugares favoritos son los bares. Encuentro algo fascinante en la noche de Buenos Aires, como un fantasma triste y melancólico en las personas, en los distintos tipos de personas que frecuentan cada bar, cada noche, con diferentes intereses.

Miro sus ojos creyendo leer lo que están pensando, los que vienen con alguien, los que vienen en busca de alguien, los que vienen a dejar a alguien, o los que vienen solos: como yo.  Todos, el tipo de persona que espera algo; todos esperamos algo, aunque no sepamos qué es.

“¿Alguien puede prender un aire acondicionado, carajo?”, me pregunto enojada. Miro el vaso que está hace dos horas en la misma ubicación y mi mano que lo custodia como si alguien tuviera la intención de robarlo.

No quiero cambiar mi cerveza asquerosa, creo que me gustan así las cosas: dejarlas estacionar y en el momento menos pensado… Fondo blanco de la vida, de la birra.

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