#Ficciones Poné la pava que ya llego

“Poné la pava que ya llego”.

Envió el mensaje y salió de la facultad apurada. Era viernes por la tarde y el cansancio de la semana desbordaba por sus ojeras profundas y su caminar pesado.

Tomó las calles habituales, cruzando de vereda en los sitios de siempre, tardando lo mismo que todos los días. Las casas de Buenos Aires lucían más viejas y descuidadas que de costumbre entre tanto edificio nuevo, y poca gente caminaba por la Capital Federal para ser hora pico del último día de la semana. Más allá de eso y de sentirse más observada que lo usual, el mundo seguía girando y la vida seguía siendo la misma.

Entró en una panadería del barrio y compró las medialunas que le gustaban a su mamá; seguramente estaba preparando el mate. Su estómago comenzó a rugir y se percató de que hacía horas no comía nada. Otra razón para querer llegar rápido a casa.

Apuró el paso y al cabo de una cuadra notó cierta incomodidad. Volteó. Nada. El peso de la mochila se estaba haciendo sentir sobre sus hombros, pero no era esa la verdadera molestia. Estaba acostumbrada a sentirse desprotegida al caminar por la calle, aunque esa vez la sensación era un tanto más oscura. Era una sombra, un manto invisible, un campo de fuerza sobre ella. Pero no había nada. Absolutamente nada. Algo extrañada, aumentó un poco más la velocidad.

Caminó otra cuadra. Volteó. La molestia persistía. Se sentía observada. Pero no había nada. Su corazón comenzó a palpitar con fuerza; se movía casi tan rápido como lo hacían sus cortas piernas de adolescente diminuta.

Otra cuadra. Volvió a voltear. Nada. Entre el cansancio y esa incipiente desesperación que, en sus adentros, intentaba disuadir, comenzó a dificultársele la respiración. Sin dejar de caminar, un cosquilleo la recorrió completa. Volteó, pero otra vez se encontró con la nada misma. ¿Se estaba volviendo loca? ¿Estaba delirando? Su caminar acelerado se transformo en trote, y luego el trote en corrida. Por inercia, comenzó a tomar aire a bocanadas, en un intento por que el corazón no se le saliera por la boca, sin sentir  nada más que pavor.

Mientras corría volteó una vez más. Nada. Sus piernas se movían con desesperación, el corazón se le iba a salir del pecho. La mochila saltaba sobre su espalda alborotada. Cada vez que volteaba no había nadie detrás, pero estaba ahí, lo sentía. El cosquilleo en el cuerpo, la falta de aire, esa sensación que no llega a ser miedo pero que se le parece bastante cuando creés que tenés a alguien detrás, cuando caminás sola por la calle, cuando sabés que ese segundo de existencia es potencialmente el último.

Corrió y volteó, corrió y volteó, corrió y volteó. Lo hizo hasta que perdió la cuenta de las cuadras y sus piernas no pudieron moverse más. Paró en seco en una esquina, para absorver con voracidad todo el aire que sus pulmones desinflados podían almacenar, tanteándose el pecho con ambas manos para asegurarse de que el corazón no se le saliera de lugar. Volteó otra vez; pero tampoco ahora había nadie. Quizá, después de todo, sí estaba delirando; cabía la posibilidad de que estuviera volviéndose loca.

Respiró profundo y al cabo de unos instantes logró recuperarse. Reiteró en su cabeza que todo estaba bien; y lo repitió tantas veces que comenzó a creerlo. Acomodó su mochila, estiró su ropa alborotada, arregló su cabello, tomó la bolsa con el paquete de medialunas con determinación.

Fue justo cuando estaba por reanudar la macha que, con un manotazo, ahogaron el grito desesperado que durante tantas cuadras había intentado callar.

Mientras tanto, en una casa de un barrio del conurbano bonaerense, una madre esperaba sentada en la cocina de su casa y miraba con impaciencia su teléfono celular. El televisor, prendido para hacer compañía, esbozaba a lo lejos exorbitantes cifras sobre femicidios en la república Argentina.

La mujer miró su reloj pulsera mientras se refregaba ansiosamente las manos. Tomó su teléfono y marcó un número. Esperó unos segundos; nada. Se levantó de la silla y asomó su cabeza por la ventana, como si no lo hubiera hecho ya varias veces, como si esa vez el paisaje fuera a cambiar. Ya estaba anocheciendo. Su corazón latía cada vez más rápido, sentía que se le iba a salir del pecho. Volvió a mirar su reloj y vaciló por unos momentos mientras miraba, sin ver, hacia algún punto incierto en el espacio. Finalmente tomó su abrigo a las apuradas y salió de su casa.

La pava quedó chillando sobre el fuego. Los mates nunca fueron tomados. La casa quedó oscura y vacía. Una mochila fue encontrada en una esquina; a su lado, yacía una bolsa con un paquete de medialunas.

Una madre inició una búsqueda desesperada.

Y su hija no volvió más.

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