Machismo 2.0 y ciberfeminismo: disputar igualdad en la Era de la Información

¿Cuántas veces se filtraron videos o fotos íntimas de mujeres en las redes? La lógica es simple: una persona lo distribuye, miles lo multiplican y, en cuestión de horas, llega a una incontable cantidad de usuarios. El resultado: la intimidad de esa mujer queda vulnerada; su identidad, su cara, su cuerpo, su goce privado se convierten en objeto de exposición y de consumo contra su voluntad.

“Repercute no sólo en la vida personal, sino en la vida profesional y laboral. Es una de las violencias que más investigamos y vemos”, aseguró Marina Demtschenko, abogada especializada en el derecho informático y activista del feminismo radical. En el año 2017, tras haber sufrido la violencia digital de género en carne propia, dio vida a la Fundación Activismo Feminista Digital.

La Fundación se encarga de investigar los patrones de la desigualdad expresados en las redes para luego asesorar, pensar en estrategias de protección y acompañar a las víctimas del machismo virtual.

“Nuestra pelea y nuestro ámbito de desarrollo es el ciberfeminismo. Es la cuarta ola del feminismo y engloba todo lo que viven las mujeres en el mundo con respecto a su relación con las tecnologías de la comunicación y la información”, explicó la activista.

Las violencias hacia las mujeres y las identidades disidentes en el entorno virtual, la brecha digital entre los géneros y la necesidad de apropiarnos de las redes para empoderarnos en la Era de la Información son algunos de los temas que ocupan al ciberfeminismo y que Marina Demtschenko analiza en comunicación con Escritura Feminista.

Justicia digital: todavía una utopía

“Lo fundamental de internet es la libertad de expresión. Tiene que ver con la democratización de las herramientas, la posibilidad para los colectivos de mujeres de expresarnos, vincularnos, hacer puentes entre nosotras. Pero, ¿siempre se garantiza esto? Nos encontramos con nuevas formas de silenciarnos, de disciplinarnos en el campo virtual”, advierte la abogada a través de la pantalla, por momentos congelada, por momentos pixelada, de Skype. “Es increíble que estemos en 2018 y tengamos estos problemas de conexión”, dice entre risas.

Lo cierto es que las fallas en la conectividad no son los únicos problemas a los que nos enfrentamos cuando estamos online. Ubicamos tres modalidades principales de la violencia de género digital: la difusión no consentida de material íntimo, el acoso virtual y el hackeo de redes sociales, que reconocemos como una forma de control, de acceso a la privacidad, de estar encima de los contactos, de ver los movimientos de la víctima”.

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Marina Demtschenko. Foto: Ministerio de la Ciudadanía Neuquén

Escritura Feminista: ¿Existen precedentes en la Justicia argentina de fallos a favor de mujeres que hubieran sufrido acoso virtual?

Marina Demtschenko: El acoso virtual no está tipificado como delito por la ley, así que no hay antecedentes judiciales. De lo que sí hay mucha jurisprudencia producida es de difusión no consentida de material en formato digital. No apunta en profundidad a lo que es la violencia digital, pero sí ayuda a determinar una de las faltas, que es la responsabilidad de los buscadores, de los Internet Services Providers (ISP), como pueden ser Google, Yahoo o las plataformas virtuales como Facebook.

Además, los casos por los cuales se pudieron asentar antecedentes son en instancias como la Corte Suprema de Justicia. La víctima tiene que subir muchos escalones y cumplir un montón de condiciones para llegar a una sentencia contra del agresor.

Otro aspecto que agrava la problemática es que los fueros en donde se desarrollan estas causas son los civiles, donde sólo puede conseguirse una indemnización por daños y perjuicios. El fuero penal es diferente, pero el derecho penal es muy estricto con la consideración de casos que no estén tipificados en la letra de la ley. Por tal, es muy poco lo que encontramos en la Justicia a nivel estrictamente digital.

Por eso, decimos que las víctimas de este tipo de conductas dañosas (que, cuando estén tipificadas, serán delitos) tienen un campo muy limitado para defenderse.

E.F.: ¿El acceso a la Justicia es, entonces, uno de los principales problemas para las víctimas de violencia digital?

M.D.: Las mujeres que no tienen recursos económicos suficientes no lo van a litigar, ni lo van a denunciar, ni van a continuar con la prosecución de una investigación penal, porque, de por sí, no tienen dinero para pagarle a una o un profesional. Además, les espera un proceso de años.

En general, una mujer se encuentra con este esquema y elige soportarlo, padecerlo y esperar a que se vaya licuando el foco conflictivo. Por eso el nivel de desprotección es tan acuciante. Porque no sólo es la Ley, también es el sistema.

La cantidad de denuncias que nos llega es impresionante. En diciembre, calculábamos que 1 de cada 8 o 9 víctimas llevaba su situación a la Justicia. Hoy es 1 cada 20. Es un rechazo pasivo al sistema, que termina siendo efectivo para el agresor. Se garantiza que sobre ellos no pese nada.

E.F.: Muchas veces, las mujeres que sufrieron violencia física por parte de su pareja y deciden denunciar el hecho semanas o meses después del último golpe, sólo tienen como evidencia mensajes de texto, capturas de pantalla, videos. ¿Este material sirve para ser presentado ante la Justicia?

M.D.: La evidencia digital no tiene más de 10 años en Argentina y 20 años en el mundo. Presentar una captura de pantalla impresa no garantiza el debido proceso para las partes, porque la prueba puede estar alterada.

Para poder presentar plena prueba informática, la víctima necesita valerse de un perito informático antes de hacer la denuncia que, mediante un proceso técnico, resguarde esa prueba para que después se pueda constatar que no fue alterada, que es legítima. Esto es otro gasto monetario para la víctima.

E.F.: En enero de este año, la gobernadora Vidal lanzó una aplicación de celulares para denunciar casos de violencia de género, medida que fue muy criticada desde el arco feminista. ¿Ustedes cómo se posicionan frente a este tipo de medidas?

M.D.: Vemos la app presentada por el gobierno provincial como una cortina de humo y criticamos mucho su operatividad efectiva. Pone una valla a la denuncia efectiva, porque después tenés que ir a ratificar esa denuncia en el juzgado interviniente. Por otro lado, creemos que no hay un sistema preparado en el Estado para recibir la gran cantidad de denuncias que podrían llegar.

Además, es muy restricta. Es para abusos, lesiones y femicidios solamente. Obliga a la víctima a encuadrar la violencia en una de esas categoría y, si esa situación escapa a las nombradas, es una denuncia que no va a pasar el filtro inicial.

La cantidad de datos que te exige es preocupante. Podría ser útil para la confección de estadísticas, para la confección de políticas públicas al respecto, pero sabiendo que la gestión hace dos años y medio está desfinanciando todos los programas de violencia de género, tampoco creemos que este sea uno de los objetivos.

La contracara de las app para mujeres es la utilización de los datos personales. ¿Qué protección informática se les da a esos datos? Quedan en manos de la gestión, del gobierno provincial, para fines políticos y publicitarios. Está pensada para recopilar datos y estadísticas de cara a la campaña que viene.

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Diferentes posibilidades, diferente acceso

Basta echar un vistazo rápido a cualquier aula de carreras relacionadas a la informática y a las ciencias duras para percibir la poca cantidad de mujeres que eligen esas carreras. La matrícula universitaria en Ciencias de la Computación de la UBA está compuesta por un 11% de mujeres. Para 2015, el Ministerio de Educación calculaba que las mujeres representaban el 15% de los estudiantes de ingeniarías de las telecomunicaciones.

Para Demtschenko, esta situación tiene que ver con los arquetipos de género y con el machismo arraigado en esos espacios, que ponen obstáculos al desarrollo femenino, además de la brecha digital y la falta de una verdadera alfabetización tecnológica.

E.F.: Mucho se habla de la brecha digital que existe entre sectores sociales (es decir, que las clases bajas tienen mucho menos acceso a las tecnologías de la información que las altas). ¿Creés que también existe una brecha entre los géneros?

M.D.: La brecha digital es uno de los pilares del ciberfeminismo, entendido no sólo por una cuestión de clase sino también de género. La Fundación adscribe al feminismo radical, por lo cual entendemos que la brecha de género es preexistente a cualquier brecha social, de clase.

Los varones tienen mayor acceso, por tener mayor capital o un mejor posicionamiento económico histórico, debido también a un mejor acceso a trabajos, oportunidades laborales, cargos jerárquicos.

E.F.: ¿Con qué tipo de iniciativas se acortaría la brecha de alfabetización digital?

M.D.: La alfabetización digital, primero, debería ser una política pública y encarada con perspectiva de género.

Las propuestas desde las organizaciones civiles deberían apuntar a que las mujeres empecemos a integrarnos en el espectro digital y tecnológico, que empecemos a perder esa fobia que nos instalaron y dejar de vernos como meras consumidoras y posicionarnos como productoras, no sólo de contenido sino de tecnología.

En una era digital, donde hay otras condiciones para trabajar, desarrollarnos y valernos, quedamos rezagadas si no tomamos a las nuevas tecnologías como medios de producción. Saber para qué sirven algunas aplicaciones y tener cinco redes sociales no quiere decir que dominemos las tecnologías.

Tenemos un hashtag recurrente, #TomamosLasRedes, que quiere decir que las mujeres nos posicionamos y decimos: “Voy a entender de qué trata y cómo se utiliza”. Así también podemos trasladárselo a otras mujeres. Acá entra en juego la cuestión de la red entre nosotras, de la sororidad, de la puja colectiva. Una o dos que sepan lo pueden trasladar a cientos de mujeres.

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Imagen extraída de video hecho por la Fundación Activismo Feminista Digital

E.F.: ¿Qué recomiendan a las mujeres y a las identidades disidentes para resguardarse de las violencias en Internet? Como en el caso del sexteo o sexting (intercambio de fotos y videos eróticos a través de mensajes privados), que se recomienda enviar material donde no se vea la cara.

M.D.: Para practicar el sexteo seguro, tenés que usar una app que te permita una comunicación encriptada, que te permita la autodestrucción de los mensajes para todos los dispositivos a donde fueron enviados, que no venda los datos o que no se vincule a otras apps.

La utilización de WhatsApp es un problemón. Nosotras recomendamos otras, como Signal. Esto tiene que ver con acostumbrarnos a utilizar plataformas alternativas y no hegemónicas.

Se acercan muchísimos casos a la Fundación de acoso digital anónimo, en los que, después de estudiar los casos, vemos que la víctima tiene los números de teléfono en público en las redes sociales. No siempre el agresor te conoce en persona, a veces se desenvuelve impunemente un desconocido porque somos vistas como objetos de explotación.

Por fuera de lo técnico, recomendamos tomar conciencia sobre lo que implica la libre expresión. Hay que sostenerla, pero abriendo los ojos ante la necesidad de la hiperconectividad. El oversharing o sobreexposición de nuestras vidas nos ha generado grandes problemas. Hay que cuestionarse por qué las mujeres tenemos que sentirnos deseadas o gustadas, por qué esa fiebre por el like, de dónde sale esa demanda creada por el poder tecnológico.

Hay que cuidarnos y esto es lamentable, porque no queremos la “pollerita 2.0”. No queremos dejar de utilizar la plataforma virtual por el miedo a la violencia, pero para eso hay que conocer de qué trata el espacio virtual en donde nos manejamos. Ganémosle al patriarcado digital desde el estudio, la conciencia y el control de las redes.

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