“Me ataron el brazo derecho, por protocolo dijeron”: la violencia obstétrica es violencia de género

La violencia obstétrica es la violencia que ejerce el personal médico sobre el cuerpo y los procesos reproductivos de las personas gestantes, expresada en el trato deshumanizado y el abuso de medicalización y patologización de procesos naturales. Se manifiesta mediante prácticas, conductas, acciones u omisiones por parte de los profesionales de la salud que afectan de manera directa o indirecta a las personas gestantes, tanto en el ámbito público como en el privado.

Desde el año 2004, existe en nuestro país la ley 25.929 de parto respetado, reglamentada en 2015. Tal como está escrita, no se la respeta por completo en ningún ámbito, a menos que se contrate un equipo médico y se pague de forma particular, acción carísima a la cual no todas las personas gestantes tienen acceso.

“Para cambiar el mundo debemos que cambiar la forma de nacer”, afirma el obstetra francés Michel Odent. Una idea clara pero que cuesta creer en nuestra realidad diaria.

 

Agustina Petrella sufrió violencia en los partos de sus dos hijos. Durante el de Milagros, su segunda hija, el hostigamiento alcanzó tonos intolerables. Son recuerdos que no se borran fácilmente. Por momentos, Agustina imaginaba que, al nacer Milagros, la agarraba con fuerzas y se la ponía en el pecho para tener el famoso contacto piel con piel.

“Al día de hoy, sé que separarme de mi hija por dos horas después de una cesárea fue una situación de alto riesgo. Hoy sé que hay bebés que no toleran esa separación y sufren trastornos cardíacos, que no toleran el shock de no encontrarse con su madre y que a veces les cuesta la vida”.

Agustina no tuvo sólo trastornos físicos, sino además psicológicos. “Durante el primer año de Milagros, no hubo un solo día de mi vida que no cayera en el pozo de angustia y resentimiento por aquella tarde de gritos y amenazas. Esa imagen y la de los bebés en la nursery, desnudos y llorando a los gritos, me persiguieron muchísimo tiempo”.

Ese círculo de pensamientos, llanto, bronca le generó problemas familiares, laborales, trastornos en el habla y alimentarios. Ella es productora, actriz y comediante pero, a raíz de la violencia que recibió, estuvo casi tres años sin poder subirse a un escenario. Sin poder vivir su gran pasión.

“La violencia obstétrica es un caso más de abuso, y las consecuencias psicológicas son muy parecidas a las del abuso sexual. El tema es que, al estar tan naturalizada y avalada por la sociedad, el 90% de las mujeres ni siquiera lo registra como un abuso”, cuenta Agustina.

“A mí me costó, hasta que empecé a estudiar el tema. Hay gran cantidad de publicaciones médicas y documentales al respecto. Hay muchísimas organizaciones en todo el mundo, lideradas por profesionales de la salud, de la obstetricia, de la neonatología, de la psicología y de las neurociencias, que sostienen que sí, que hay una relación directa entre el acontecimiento del parto/nacimiento y la sociedad”.

Con el correr de los meses, su historia empezó a hacerse pública y muchas mujeres se sintieron identificadas. Pasó los primeros tres meses después de publicada su historia dando notas para radios y TV en todo el país y respondiendo mensajes casi todos los días hasta las tres de la mañana.

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“La angustia de las mujeres al sentirse violentadas y abandonadas, que nadie nos entienda y todos nos subestimen, es muy fuerte. Cada vez que puedo ayudar a una mujer que está como estaba yo o prevenir violencia obstétrica siento mucho alivio. Esta es mi manera de sanar”, explica.

“Ya acepté que el dolor no se va a ir, la bronca tampoco y que no puedo volver el tiempo atrás para hacer las cosas diferentes. Pero si logro hacer algo con mi dolor para que la historia de otros cambie, entonces duele mucho menos”.

 

Los nacimientos de sus hijos

El nacimiento de su primer hijo, Pedro, en el año 2012, fue una cesárea de urgencia a causa de una hipertonía uterina (una contracción permanente puede ahogar y matar al bebé si se prolonga más de dos o tres horas). Su obstetra le había comunicado que, si a la semana 40 el parto no se desencadenaba de forma natural, le programaría una cesárea.

El día del parto, durante un monitoreo en la guardia, descubrieron que los latidos del bebé eran lentos. El clima empezó a tensarse, la partera estaba asustada. “Me sentó en una silla de ruedas y salimos corriendo por los pasillos de la guardia, yo ya desnuda en camisón”.

El relato de Agustina es crudo. “Me ataron el brazo derecho, por protocolo dijeron. Después dos hombres se subieron a mi panza; me faltaba el aire, no podía respirar. La partera me decía ‘no te asustes si lo ves azul’, pero yo ya no tenía aire ni fuerzas para soportar el dolor y me empecé a quedar dormida”.

Más tarde, Agustina se despertó en un pasillo. Le llevaron a su hijo ya vestido y bañado, y se lo pusieron en el pecho. Al día siguiente, el obstetra pasó por su habitación y le comunicó que había tenido una cesárea de urgencia.

“Primero averigüé por Internet y luego consulté a distintos profesionales. Las causas que pueden desencadenar una hipertonía uterina son solo dos: desprendimiento de placenta (no fue mi caso) o uso de prostaglandinas”.

Una cápsula de prostaglandinas es un óvulo con hormonas que se coloca directamente en la vagina para “ayudar” a desencadenar el trabajo de parto.

“Con esta información, llegue a la conclusión de que el obstetra había intentado inducir el parto, sin avisarme, y había puesto en riesgo la vida de mi hijo”.

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Agustina y su beba Milagros [Imagen cortesía de Agustina Petrella].

Con el segundo embarazo decidió cambiar de profesional, y acordó con el obstetra cómo quería que fuera el parto. Incluso, contactó de manera privada al servicio de neonatología de la clínica. “Quería asegurarle a mi beba su primera hora de vida en mi pecho y que no la bañasen, aspirasen ni vacunasen el día de su nacimiento, ya que son prácticas muy perjudiciales según los informes de UNICEF y la OMS”.

La respuesta que obtuvo por parte de la jefa de Neonatología fue insensible: “Acá no hacemos parto humanizado”.

“Buscate otra clínica porque acá, si al momento del parto no hay habitación disponible, te vamos a separar de tu bebé y pueden pasar más de ocho horas separados. Si tenés un parto natural, te dejamos bajar a la nursery para amamantar cada 3 horas, pero si vas a cesárea no vas a poder amamantar porque no te podrás levantar de la cama para ir donde esté tu hija”.

Agustina le habló de la ley de parto respetado pero, según la doctora, en esa clínica tenían otras reglas. Luego, ella le comentó a su obstetra lo que había pasado y él le dejó en claro que no debía preocuparse por el parto.

Llegó el día. Al momento de ir al quirófano, le informaron que no había habitación disponible, por lo que se negó a internarse. Otra vez, las respuestas frías: “Ah, es ella [Agustina]. La jefa de neo ya le dijo cómo son las cosas acá adentro”.

Violaron los pedidos que había hecho por escrito, amparada por la ley: la apuraron, nunca le pusieron a su hija en el pecho (la vio casi dos horas después del nacimiento), le dieron leche de fórmula contra los deseos de Agustina. Todo el tiempo la trataron como si fuera un paquete. Con el correr de los días, los malos tratos continuaron.

“Acá no estamos para cumplir con los caprichitos de los padres. Vos sos la que presentó la cartita. Ahora, entregame a la nena porque si no me la das por las buenas, te la voy a judicializar y te la saco por la fuerza”, la amenazaban.

 

Las denuncias

Agustina presentó una nota al presidente de la prepaga y a la directora médica de la clínica en la que relató las situaciones vividas y la gran angustia que tenía. Su expectativa: que sancionaran a la neonatóloga y cambiaran los protocolos a la hora de asistir a una persona gestante. Lo que obtuvo: faltas de respeto e ignorancia constantes.

“Seguí averiguando y supe que podía hacer una denuncia administrativa por violencia obstétrica en dos organismos: la Defensoría del Pueblo de la Nación y la CONSAVIG del Ministerio de Justicia de la Nación”, cuenta. A los pocos meses, obtuvo una resolución que confirmaba la violencia obstétrica, pero la clínica negó todo y argumentó que solo se trataba de un problema personal entre Agustina y la neonatóloga.

“Empecé a estudiar la posibilidad de ir a la justicia. Todos me decían que no era posible, porque mi hija y yo estábamos “bien”, pero no podía quedarme con eso. Ni los profesionales, ni los amigos, ni la familia suelen tomar esto como algo grave, casi pareciera que les molesta que una quiera hacer algo al respecto, y eso empeora todo”.

Empezó a buscar evidencia científica y artículos médicos de todo el mundo sobre el daño y las consecuencias del maltrato y las intervenciones al momento del nacimiento. Ningún abogado quería ayudarla, hasta que encontró una profesional con 30 años de experiencia en el ámbito de la salud, que escuchó su relato, leyó toda la investigación que había hecho, y aceptó el caso.

Durante la mediación fue ninguneada una vez más y no llegó a un acuerdo. En diciembre de 2016 presentó la demanda, que ahora se encuentra en primera instancia en un juzgado civil nacional.

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Agustina Petrella [Imagen cortesía de Agustina Petrella].

“Imagino que será un juicio largo, porque no hay antecedentes, pero para mí lo peor ya pasó. Ahora confío en la justicia y en que los responsables paguen por lo que hicieron. Espero que mi historia sirva de ejemplo y estímulo para que otras mujeres exijan el cumplimiento de sus derechos y los de sus hijos al momento del parto y nacimiento”.

 

La violencia obstétrica

La Comisión Nacional Coordinadora de Acciones para la Elaboración de Sanciones de la Violencia de Género (CONSAVIG) es la única dependencia del Estado que registra los reclamos de violencia obstétrica.

Durante el año pasado solamente, recibieron 89 denuncias. Las categorías de prácticas o situaciones que mayor cantidad de denuncias concentraron fueron el trato deshumanizado (82%), la falta de información (44%) y la medicalización y patologización (42%).

Denunciá la violencia obstétrica en la Defensoría del Pueblo de la Nación. Es gratis. No necesitás abogados, ni pruebas ni testigos. Solo tu testimonio.

Accedé al formulario de denuncia aquí, comunicate de lunes a viernes de 10 a 17 hs. a los teléfonos 0810 333 3762 y 4819 1581, o escribí a partorespetado@defensor.gov.ar.

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