Cabeza de globo, con muy buenas intenciones

La invitación de prensa promete lo siguiente: Tomamos como punto de partida los textos de “Los montes de la loca” de Marisa Wagner (poeta, escritora y loca)“. Vamos al teatro con entusiasmo, emoción y bastante ingenuidad, esperando encontrar en “Cabeza de globo” algo del universo de la maravillosa poeta argentina Marisa Wagner

Al comenzar la obra escuchamos sonidos extraños y perturbadores, sin saber de dónde vienen. Vemos una especie de pecera repleta de globos blancos, en las tinieblas de un humo sutil. La escena dura un minuto hasta que ocho personas terminan de pararse y empiezan a “habitar el lugar”.

Ese minuto fue un minuto de belleza, para dar lugar luego a un derrotero de lugares comunes, formas estereotipadas y prejuicios infantiles sobre la locura, la normalidad, el sentido común y, lo que es peor, sobre la memoria de Marisa Wagner.

El diseño de vestuario y de escenografía fue realizado por Victoria Chacón, que aportó la posibilidad de aproximarse a lo artístico. Chacón hizo una lectura sensible acerca de la ironía en la obra de Marisa Wagner, y su trabajo como escenógrafa es generoso, genuino y bello. El diseño de luces acompaña, contiene y cuida a los intérpretes y la dirección. El equipo técnico en general aporta profesionalismo a la propuesta.

Los poemas de Marisa Wagner son pequeños relatos cargados de ironía. “Los montes de la loca” no es sólo un libro: es una pieza de literatura que salvó la vida de Marisa Wagner. Ese libro fue para la autora nada más y nada menos que la diferencia entre la vida y la muerte, el empleo y la desocupación, la libertad y el encierro.

La lectura que realiza la dirección sobre la locura bajo el pretexto del “expresionismo” es por lo menos ingenua. Romina Oslé plasma en escena el conflicto del manicomio desde una posición apolítica, pero sabemos que la posición “apolítica” de la vida también es una posición política, asociada al neoliberalismo y los gobiernos de derechas.

En la otra vereda de la vida, la cultura latinoamericana hoy en día ha empezado a visibilizar a las personas locas como una minoría social y la jurisprudencia avanza en el reconocimiento de sus derechos. ¿Pueden los artistas ser ajenos a estas conquistas sociales? Claro que sí, pero corren el riesgo de volverse unos “cabezas de globo”.

La dramaturgia colectiva refuerza la cultura antipsicótica que padecemos, porque abusa de la literatura de Wagner hasta cambiar el mensaje (y, peor aún, la ética) de sus poemas. Ese es el punto en el cual el espectáculo cae: si la literatura de Marisa Wagner es el punto de partida, cambiar su esencia es una forma de abusar de ella.

El espectáculo en general, lejos de ser onírico y expresionista como se presenta en la gacetilla, tiene muchos elementos del art brut. El proyecto tiene todos los elementos necesarios para convertirse en un fenómeno de culto, como sucedió con la película The Room en Estados Unidos, que se proyecta en cines desde el año 2009.

Recomendamos ir a ver este espectáculo, plagado de buenas intenciones, porque de todas formas siempre la última palabra la tiene el público.


 

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