Pederastia eclesiástica

Italia, Gran Bretaña, Chile y Estados Unidos son algunos de los países testigos del abuso vestido de sotana. Una nueva ola de denuncias arrincona a la Iglesia católica y deja en evidencia las redes de religiosos vinculados a casos de abuso sexual.

Las primeras informaciones del mes llegan desde Italia, donde el sacerdote Paolo Glaentzer, acusado de abusar de una niña de 11 años, se defiende con la indignante excusa: “Pensé que tenía 15 años”. Detenido en su domicilio e imputado por ofensa sexual agravada, Glaentzer aseguró que la niña era quien tomaba la iniciativa en esas situaciones, que cometió un error, pero que fue el diablo quien le puso una trampa.

Casi al otro lado del globo, en Pensilvania, Estados Unidos, las aberraciones cometidas por los clérigos salieron a la luz durante estos últimos días. Se revelaron casos estremecedores, plasmados en investigaciones de más de 1300 páginas. Luego de una larga indagación, se afirmó que distintos tipos de abusos fueron cometidos por alrededor de 300 sacerdotes a lo largo de 70 años.

Según Los Andes, las acusaciones afectan a seis de las ocho diócesis del estado y, aunque ya identificaron 1000 víctimas, se estima que hay otras miles no reportadas. El fiscal Josh Shapiro sostiene:

“Los sacerdotes abusaron de niños y niñas pequeños, y los hombres de Dios que eran responsables de ellos no hicieron nada, ocultaron todo. El encubrimiento fue sofisticado. Mientras tanto, los líderes de la Iglesia registraron los abusos y los encubrieron. Los arzobispos tenían la llave a los archivos secretos, el encubrimiento llegó en algunos casos hasta el Vaticano”.

“La mayor parte de las víctimas fueron varones, pero hubo chicas también. Algunos eran adolescentes, otros prepúberes. Algunos fueron manipulados con alcohol o pornografía. Algunos fueron obligados a masturbar a sus agresores o fueron manoseados por ellos. Algunos fueron violados analmente, otros vaginalmente, otros oralmente. Pero todos fueron apartados por las autoridades de la Iglesia, que prefirieron proteger a sus abusadores y a la institución por encima de todo”.

Los documentos internos de la Iglesia revelan cómo las autoridades mostraron un desprecio absoluto por las víctimas al usar eufemismos para describir los abusos y calificarlos como jugueteos o contactos inapropiados. El fiscal afirma que no se trató de eso:

“Fue abuso sexual de menores, inclusive violación, cometido por hombres grandes contra niños”.

Frente a las acusaciones, los eclesiásticos no designaban las investigaciones a personas capacitadas sino a otros sacerdotes. Tampoco eran denunciados ante la policía. Todo se mantenía dentro de la institución y, en general, volvían a trabajar en otras parroquias donde nadie sabía que el acusado en cuestión era pedófilo.

Uno de los escalofriantes testimonios corresponde a un menor que se negó a mantener relaciones sexuales con un cura y fue agredido sexualmente con un crucifijo. La mayoría de los casos, dado el tiempo que pasó y la muerte de algunos acusados, prescribieron.


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