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Hebe Uhart: infinita artesana de la palabra

El 11 de octubre falleció a los 81 años de edad la escritora que Fogwill denominó «la mejor escritora argentina»: Hebe Uhart. No por falsa modestia sino porque decía que pensarse escritor era algo difícil, ella se pensaba como artesana y como docente.

Era una autora que trabajaba con lo simple, que a partir de palabras o de frases indagaba y las trasladaba a sus cuentos. Su interés no radicaba en los grandes temas que muchos abordan: el amor, la muerte, la libertad. Le parecían inabarcables. Su vida íntima la cuidaba y no escribía sobre ella, no era personaje de sus cuentos. Le costó imponer su obra, el reconocimiento le llegó más tarde.

Nació en Moreno, provincia de Buenos Aires, y su vida estuvo cargada de agitaciones y tragedias familiares. Su hermano murió joven, a los 27 años, en un accidente automovilístico. Tíos queridos suyos fallecieron prematuramente. Vivía con una tía que padecía esquizofrenia. Al principio le parecía que decía unas cosas terribles pero después empezó a tomárselo con gracia. Su humor abunda en sus cuentos y crónicas.

Esta semana fue el Día Mundial de las Escritoras, conmemoración inaugurada en el año 2016, y qué mejor que escribir sobre Hebe para recordarla. Una escritora que, tal vez por estar rodeada de grandes y buenos escritores, debió esperar para que le llegase su merecido reconocimiento. Fue compañera de Fogwill,  Alejandra Pizarnik, Ricardo Piglia, Alberto Laiseca, Osvaldo Lamborghini.

Como buena artesana de la palabra, daba talleres de literatura. Quería que otros encontraran voz, y a la vez eliminar un poco todo lo que ella llamaba cholulaje y ego. A su entierro asistieron más de cien personas. La misma Elsa Ducraroff dijo que, cuando el sepulturero preguntó por algún familiar, quiénes estaban presentes dijeron: «Todos somos su familia».

Era curiosa, una mujer de andar buscando en la palabra. Le interesaba encontrar nuevas formas y buscaba refranes, buscaba retratar a otras clases que no fueran sus pares. Porque allí estaba lo más rico para ella: la puerta a otros mundos, divertidos, tal vez desconocidos y llenos de historia. A Hebe no solo se le agradece su escritura, sino además su literatura feminista. En su obra se puede ver una denuncia explícita contra el patriarcado.

A la escritora no le gustaba el mote de inocencia que le había sido puesto. En una entrevista publicada en Página 12, ella expresaba:

«Lo de naif tal vez venga de que yo trabajo con material de cosas que pasaron ya hace mucho, y entonces quedan con ese tonito medio elaborado, ya visto; digamos que el conflicto ya está oculto. Y después, porque nunca trabajé el tema del sexo, jamás se me ocurriría escribir una novela erótica, por ejemplo. Eso puede ser lo que da cierta pátina de ingenuidad. Pero yo no creo que sea naif, porque parece como fama de pelotuda, ¿o no? Una nena. No me gusta».

Escritora y docente de belleza infinita

Estudió filosofía en la UBA. Fue docente de nivel primario, secundario y universitario, y se desempeñó como tal en la UBA y en la Universidad  Nacional de Lomas de Zamora. Además, colaboró con diferentes diarios y revistas, como el diario El País de Montevideo. Entre sus obras se destacan:

  • 1962: Dios, San Pedro y las almas (cuentos)
  • 1974: La elevación de Maruja (nouvelle)
  • 1976: El budín esponjoso (cuentos)
  • 1983: La luz de un nuevo día (cuentos)
  • 1987: Camilo asciende (novela)
  • 1995: Mudanzas (novela)
  • 1999: Señorita (novela)
  • 2010: Relatos reunidos (cuentos y nouvelles)
  • 2011: Viajera crónica (crónicas de viaje)
  • 2012: Visto y oído (crónicas de viaje)
  • 2018: Animales (crónicas)

Hebe ahora no está y queda esa nostalgia que trae la muerte. Ese deseo inmanente al ser humano de haber hecho lo que no hizo. Más de une quisiéramos ir a su taller, escribir, indagar, construir con la palabra ante la mirada de Hebe. Pero no, ya no podremos.

Sin embargo, están sus crónicas, sus cuentos, sus libros publicados y las entrevistas que ha dado. Sobre todo, está la presencia de Hebe en lo que circula, en las historias, en los lenguajes, en las fronteras. Ahí estará siempre. Y tal vez, como ocurrió en su entierro en el cementerio de La Chacarita, también sentiremos que «todos somos su familia» al menos un poco.

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