Crónica ficticia de un viernes a la noche

Debido al trágico femicidio de Agustina Imvinkelried, una joven de 17 años que fue estrangulada y enterrada con vida a la salida de un boliche en Santa Fe, y como aporte a la consigna #AmigaLlegué, escribo esta crónica ficticia (o no tanto) que intenta ser ilustrativa de una experiencia tan preocupante como cotidiana.


Martina había decidido que el viernes sería día de amigas, con todo lo que ello implica: una cena para luego ir juntas a bailar, como podría hacer cualquier grupo de chicas. Aquello que a simple vista parece un plan común y corriente resulta contener más obstáculos de los que unx pueda imaginar, sobre todo para ellas. Para todas.

La ropa, el transporte, el regreso, el alcohol, entre otros, son inconvenientes que deben sortear. «¿Ustedes ya decidieron qué ponerse? Yo tengo una pollera nueva pero si vamos a ir en colectivo prefiero no usarla», podía leerse en su conversación de WhatsApp.

El grupo decidió ir a un boliche en Palermo; ahora tocaba ver cómo viajar. Casi siempre recurrían a un Uber o usaban el Metrobús, ya que sus estaciones mantienen la calle bien iluminada y en esa zona mucha gente pasea por la noche (viajar en taxi ya no es una opción). Antes de dejar la casa, la madre de Martina, no por controladora sino por lo que escuchó en el noticiero sobre una joven de su misma edad que había sufrido una violación dentro del baño de un bar de la zona, le recordó: «Por favor, avisen cuando llegan, donde van a estar y cuando estén de regreso».

Luego de cenar en una pizzería, caminaron unas pocas cuadras hasta llegar al boliche donde pasarían el resto de la noche. A pesar de vestir «looks discretos» todas, los comentarios y bocinazos no tardaron en llegar. Una de ellas agarró un pedazo de baldosa rota de la vereda y en chiste expresó: «Tranquilas, al próximo desubicado le tiro». Las amigas soltaron carcajadas hasta que una de ellas acotó: «Fuera de joda, la mayoría de las veces si estoy sola camino con las llaves entre los dedos, leí que sirve en caso de que una necesite defenderse».

Una vez dentro del boliche, las consignas fueron las de siempre: no separarse mucho, estar atentas a los celulares, no tomar vasos de gente desconocida, avisar si alguna quiere irse antes y, en caso de que sea con otra persona, dejar el nombre, el número y compartir todo el tiempo su ubicación. «Ninguna sale de acá sola». Con las reglas del juego claras, empezó su noche de viernes.

La salida estuvo bien, las chicas pasaron un buen rato juntas sin mayores inconvenientes excepto por los usuales: algún que otro desubicado que pasa la mano «disimuladamente», otro que se pone pesado cuando se le niega un beso y un grupo de amigos que pensó que sería divertido apoyar a una de ellas por detrás. Pero hubo algo que sorprendió a las chicas, y fue que por primera vez un patovica llevó hasta la puerta a uno de los tipos que quiso ser el centro de atención de sus compañeros a costa de acosarlas.

—Guau, es la primera vez que veo que hacen algo así. Por lo general pasa desapercibido. ¡Muchas gracias! —afirmó Martina.

Las chicas esperaron hasta que se hiciesen las 6 para volver a sus casas. Resulta que antes de esa hora la calle está más desolada y todavía es de noche. Ahora tocaba dividirse estratégicamente para que ninguna tuviese que volver sola. Considerando las distancias y el dinero con el que contaban, algunas regresaron juntas en Metrobús y otras llamaron a un Uber.

—Avisen cuando llegan, ¿ok? —pidió una.

Martina fue una de las que regresó con el Metrobús. Ninguna podía acompañarla hasta la puerta, pero al ser de día y al estar sus padres presentes por cualquier inconveniente, no tenía problema. A lo largo del viaje, recibió varios «Llegué ¿llegaste?» de sus amigas.

Ahora le tocaba bajar a ella. Casi siempre es la última en llegar a su estación. Eran tan solo unas cuadras, a plena luz del día, pero aún así su paso fue acelerado y siguió el consejo de una de sus compañeras: las llaves entre los dedos por si es necesario defenderse.

Una vez del otro lado de la puerta, Martina le respondió a sus amigas con un «Ya llegué» A pesar de que todas habían arribado a sus casas hacia media hora ya, la noche para ellas recién terminaba con ese último «llegué». La joven se quitó los zapatos, el maquillaje, saludó a su madre que la esperaba con un ojo abierto y otro cerrado y se fue a dormir.

Horas más tarde, se despertó con una trágica noticia. Una joven de 17 años en Santa Fe había sido brutalmente asesinada a la salida de un boliche.

—¿Habrá sido que ella no conocía las reglas del juego? ¿Tal vez no tenía quien la esperase en su casa? ¿Puede que hubiese sido la ropa o el alcohol que tomó? Capaz sus amigas se quedaron dormidas antes de que llegue a su hogar… —fueron algunas de las reflexiones de su madre, quien compartía la mesa con ella mientras se tragaban esta horrible realidad.

Al final, Martina corrigió a su madre y explicó.

—Simplemente, no tuvo tanta suerte como nosotras.


 

 

 

 

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