Cuba busca prohibir el reggaetón

Artículo de opinión colaboración de Francisco D’Amore


Cuba ha estado en el centro de la opinión pública en estos últimos días debido a un polémico decreto que pretende «proteger» la cultura de la nación mediante un artículo en el que se implanta el control y la censura de obras con contenido «sexual, vulgar y obsceno».

El artículo Nº 349 fue incluido en un decreto firmado el 20 de abril por el −en aquel entonces− nuevo presidente, Miguel Diaz-Canel, y debía entrar en vigencia el pasado 6 de diciembre, pero su creciente impopularidad ha obligado al Ministerio de Cultura cubano a replantearse la decisión. El mismo ministro declaró que el decreto se irá aplicando de manera progresiva a medida que este gane consenso, y hasta el jefe de Estado cubano aceptó que la cuestión «debió ser más discutida y mejor explicada».

Pero, ¿por qué es tan polémico este asunto? ¿Significa una pérdida para la cultura que se prohíba el reggaeton?

Para analizar estas cuestiones, primero hace falta dimensionar la política que rodea al decreto. Además de sancionar a instituciones e individuos que permitan la escucha de esta música en ámbitos tanto públicos como privados, obliga a los artistas a vincularse con el Ministerio de Cultura cubano, lo cual le otorga a éste la completa libertad de inspeccionar y censurar el contenido artístico que se publica en la isla.

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Lejos de ser algo exclusivo del régimen socialista, se trata de una reacción epidémica que están teniendo muchos Estados frente al auge de un movimiento que el conservadurismo no tolera ni controla. México es un claro ejemplo: el pasado 7 de febrero, la diputada Cristina Guzmán Fuentes presentó un proyecto para prohibir el reggaeton en los ámbitos escolares porque sus bailes y sus letras son, según palabras de ella, una «clara incitación al acto sexual».

Resulta imposible dejar de mencionar que, en este último caso, les estudiantes son en general menores de edad y ver en ellos una incitación al acto sexual por un determinado baile es una sexualización como mínimo extraña en una funcionaria adulta.

Esta repulsión de los poderes políticos hacia el reggaeton surge como una estratégica respuesta populista a la incomodidad que sienten las clases acomodadas al ver expresiones artísticas que superan su entendimiento de la moralidad. Sería ingenuo negar el nivel de objetivación y cosificación que contienen la mayoría de las letras de reggaeton, pero también sería hipócrita sostener que esta misoginia es exclusiva de dicho género.

Esta común asociación del reggaeton con el machismo proviene de la literalidad con la que los artistas manejan la letra de sus obras. Al ser una música que pretende emular el vocablo callejero y los modismos modernos, es difícil que encontremos el recurso de metáfora en una lírica reggaetonera. Cuando las letras tocan temas tabúes, los músicos lo relatan de una forma explícita que choca con la costumbre del oyente. Estos códigos incomodan a ciertos sectores sociales que prefieren la metaforización de temas comprometidos como el sexo, las drogas o la delincuencia.

Sería erróneo, además, separar a los artistas de los consumidores, cuando ellos mismos están regidos por el mismo sistema patriarcal. El reggaetonero creció viendo la misma cosificación de la mujer en televisión que nosotros y codeándose con los mismos micromachismos que nosotros.

Teniendo esto en cuenta, no es difícil imaginar que, en un género donde la ostentosidad es una de las principales temáticas, se trate a la mujer como un bien material. Este es un flagelo cultural colectivo que escapa a la responsabilidad individual de cualquier género ya que engloba a todos. Esta ofensiva del Estado cubano está lejos de significar un ataque al machismo sistemático; es una muestra de populismo y oportunismo político que roza con el clasismo y el capacitismo.

Este intento de censura por parte del Estado cubano es una medida irresponsable que intenta negar la identidad y los códigos de todas las clases populares. Las legislaciones deben ir más allá de los juicios de valor de las clases acomodadas y de la literalidad y la sonoridad de una expresión artística.

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