El olvido también es violencia: coraje con rostro de mujer

Fueron ignoradas por el poder e invisibilizadas por la sociedad, por los libros históricos y por el colectivo social. Sus voces fueron escuchadas por unxs pocxs pero sus roles fueron importantísimos. Es deber de todxs arrancarlas del olvido y hacer florecer su historia, porque como sostiene Alicia Reynoso, una de las enfermeras del hospital de guerra, la sociedad tiene una deuda con la mujer.

Entre la infinidad de artículos que circulan por las redes sociales y por los medios tradicionales de comunicación durante el 2 de abril, pocos hablan sobre las mujeres que, aunque estuvieron presentes en la guerra de Malvinas, fueron víctimas del olvido.  Se insertaron en un ambiente dominado por hombres y, aunque su trabajo fue esencial, sus nombres no se conocerían sino hasta tiempo después.

No es extraño, de hecho, que en la mayoría de los acontecimientos en donde tuvieron algún tipo de participación, las mujeres pasan a ser algo etéreo, casi invisible. Por eso, en busca de su papel en la historia a 37 años de uno de los eventos históricos más nefastos de la República Argentina, emergen las figuras de aquellas que se desempeñaron como enfermeras voluntarias e instrumentadoras quirúrgicas, que aún hoy luchan por el reconocimiento de su trabajo durante esa época oscura.

Como sostiene el portal Diagonales, a pesar de los obstáculos presentes respecto de las políticas de género, poder analizar este hecho histórico desde una perspectiva de género, distinguiendo el arduo trabajo no reconocido de un grupo de mujeres, es movilizador. Devolverles la voz, aunque sea un poco, propagando sus historias para que otrxs las conozcan.

Las seis voluntarias que abordaron el Rompehielos ARA Almirante Irízar y las 13 enfermeras integrantes de la Fuerza Aérea que trabajaban en el Hospital Reubicable de Comodoro Rivadavia pelean por su lugar como veteranas de la Guerra de Malvinas. En un constante trato con los heridos y a pesar de su inexperiencia, se encargaban de recibirlos y atenderlos no solo por heridas físicas sino también con contención emocional: ellas eran el primer contacto que los soldados tenían cuando salían de la zona de conflicto.

«Los que venían del infierno encontraban una mano cálida; hacíamos de madres, de hermanas, de amigas. Hasta a veces de cartero: nos daban notas y nos pedían por favor que las hiciéramos llegar a sus familias», narra una de las veteranas.

Entre libros y testimonios

Alicia Reynoso tenía 24 años cuando afrontó esa angustia desesperanzada, en aquel 1982 que parece tan lejano. Publicó un libro llamado Crónica de un olvido con el fin de narrar lo vivido y, en diálogo con El Teclado, sostuvo: «Levantamos la bandera de la visibilidad porque el olvido también es violencia».

«Las mujeres de la Fuerza Aérea no estamos atrás de un resarcimiento económico, no queremos plata. Esto es una cuestión de olvido y violencia. Casi nos borran de la historia y aunque nos negaron la posibilidad de mostrarnos, nosotras logramos darnos a conocer con nuestros testimonios y nuestra verdad.

Tenemos que recordar no sólo el 2 de abril. No se ama lo que no se conoce, así que tenemos la tarea de conocer nuestra historia para honrar a los héroes que tuvimos».

Es responsabilidad de la nación recordar su historia para resurgir esos hechos del pasado que cada vez se alejan más y que se necesitan cerca para volverlos vívidos.

La escritora Alicia Panero fue una de las pocas en contar la historia de las mujeres de Malvinas; una de las pocas en darles un lugar en la historia, que quedaría plasmado en casi 270 páginas. El libro fue publicado luego de una larga investigación sobre aquellas que desempeñaron un papel en la guerra del Atlántico Sur, tal como dice su biografía en la plataforma digital Bubok, donde se puede descargar el libro de manera gratuita.

Mujeres Invisibles, editado en 2014, les da un grito a las mujeres silenciadas, reúne los testimonios de las trabajadoras que tenían entre 15 y 30 años de edad cuando desempeñaron un papel crucial para la patria y que tuvieron que soportar la ignorancia histórica por tanto tiempo. Panero no solo encarna esa lucha por la visibilización, sino que también narra el maltrato y el acoso que sufrieron las mujeres por parte de los hombres en sus puestos de trabajo.

En las primeras páginas explica que el objetivo del libro es demostrar cómo pueden ser las mujeres luz donde solo hay sombra y oscuridad. Además, sostiene que son víctimas de un anonimato muy grande ya que no se las reconoce, cuestión aún más compleja para las civiles que fueron voluntarias o que vieron su vida en peligro por estar en la zona de guerra y que caen en un olvido aún más grande porque, como dice la autora, nadie se acuerda de lxs civiles después de una guerra.

«Las guerras dejan en la invisibilidad a las mujeres, y hacerlas visibles es un mensaje de paz, que aporta al diálogo permanente. Quien no esté preparado para superar las diferencias, no comprenderá desde donde se trabaja para la paz. Las escenas de combate se mencionan y describen tomadas de los propios protagonistas, a manera de vincularlas a las mujeres que se vieron afectadas por sus secuelas. No es este un libro de guerra, ni un diario de batallas. Es un trabajo basado en emociones, donde todos han perdido».

«La enfermera de guerra trasciende la batalla, porque queda frente a la esencia misma del ser humano que sufre. Sin banderas, sin territorio, humanitariamente. Es, por eso, forjadora de la paz».

«El fin de este trabajo ha sido siempre la esperanza de la visibilidad, difusión y conocimiento de hechos y personajes que no están en nuestro inconsciente colectivo. Hablar de veteranos de guerra debe incluir a aquellas que lo fueron, estuvieran o no dentro del teatro de operaciones. Porque la guerra, con sus amenazas, y sus heridos, se trasladó mas allá de las islas y el mar». (Panero, Mujeres Invisibles)

Esas mujeres fueron las Florence Nightingale argentinas, quien, como Panero relata, cobró atención durante la Guerra de Crimea por atender a los heridos y pasearse durante la noche con el farol que la identificaba y que le dio el mote de «la dama de la lámpara».

Por esos tiempos, en conflictos armados el rol de la mujer era el de madre, hermana y viuda; durante la Primera Guerra Mundial, comenzaron a incorporarse a los ejércitos como enfermeras y recién durante la Segunda Guerra Mundial se insertaron en la vida productiva (debido a que los hombres se encontraban en combate) y en las Fuerzas Armadas.

«Claudia Patricia Lorenzini, Nancy Stancato, María Graciela Trinchin, María Alejandra Rossini, Nancy Castro, Liliana Castro, y Cristina Battistela –en su mayoría oriundas de la Provincia de Buenos Aires– eran estudiantes de enfermería con 15, 16 y 17 años de edad en las épocas en las que prestaron servicio». (Panero, Mujeres Invisibles)

Hace algunos años, estas enfermeras fueron declaradas «Forjadoras de la Paz» por la ministra de Gobierno bonaerense y presidenta del Consejo Provincial de las Mujeres, Cristina Álvarez Rodríguez, en el marco del programa «Gestión de Paz-Cultura de Paz», a partir del cual se declara como Forjadorxs de Paz, a personas que por sus valores, vida, y/o trayectoria han transformado su vida y la de lxs demás.

«Estas mujeres, que dieron todo de sí en la asistencia a los soldados heridos durante la guerra, no han sido mencionadas en el relato de la historia de Malvinas. Por eso es importante que, en la víspera de cumplirse un nuevo aniversario del desembarco argentino en las islas, destaquemos su trabajo y su entrega». (Álvarez Rodríguez)

El horror dentro del horror

Pero las cosas no siempre fueron pacíficas y entre las historias jamás contadas por el horror bélico, algunas encarnan los abusos y los maltratos por parte de superiores. El teniente José Italia y el suboficial José Vivanco son los principales acusados. Claudia Patricia Lorenzini fue de las primeras en relatar su dolor. En 2015, Infobae publica los siguientes dichos de Lorenzini:

«“Aspirante Lorenzini, venga, vamos a ir a que se pruebe su uniforme de gala”, me decía [el teniente Italia]. Y yo me subía a su cupé Fiat celeste. “Vos me gustas. Yo te voy ayudar, pero no tenes que decir nada a nadie porque te puede costar la baja. Además no te creerían”, me advertía. Y sus manos comenzaban a meterse debajo de mi chaqueta de fajina. Luego me besaba y llevaba mi mano a su miembro, mientras acariciaba mis entrepiernas. Sucedió muchas veces.

Para mí era parte de la instrucción. ¿Mis sentimientos? No sé, parecía un juego, pero puedo aseverar que me causaba temor. Cada vez que él aparecía me producía un gran malestar, me irritaba su presencia. Mis manos se abrían y cerraban con mucha transpiración, me mordía los labios. Cuando comenzó la guerra solía verme con él, pero con menos frecuencia. Me ha llevado al Bahía Paraíso a mí sola para trasladar algo, y de paso aprovechaba».

Cuando estos hechos llegaron a oídos de sus superiores, la dieron de baja con una amenaza:

«Ojo con contarle esto a alguien, ni a su madre, o con contar lo que vio con respecto a los heridos o a los simulacros. Recuerde que sabemos dónde están sus familiares, qué hacen y dónde trabajan. También recuerde que el servicio de contrainteligencia va a estar permanentemente detrás suyo. Bueno, ahora firme estos papeles».

Otro testimonio desgarrador, anónimo, remarca el horror de otra veterana que, poco después, tuvo que pedir la baja:

«Es una pesadilla que me llevaré a la tumba. Prefiero olvidar y tratar de pasar lo mejor posible lo poco o mucho que me queda de vida. (…) Me vejaron y violaron en la habitación donde se guardaban las valijas y los bolsos que teníamos cuando ingresamos».

Por otra parte, Silvia Barrera, una de las seis instrumentadoras quirúrgicas que, a sus 23 años, se encontraba en Puerto Argentino, relata a Tiempo Sur que ellas se ofrecieron como voluntarias porque en Malvinas sólo había enfermeros militares varones. Cuando el hospital comenzó a colapsar, ellas se hicieron eco del pedido específico de instrumentadoras quirúrgicas y decidieron ser pioneras, enfrentándose a un ambiente machista en el que no eran bien vistas.

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Ilustración: Miguel Castro Rodriguez. Guión: Armando Fernandez.

«Tuvimos que comprender el shock de los hombres de ver a las mujeres vestidas de militar. Los marinos tienen una cábala, que las mujeres no tienen que subir a bordo de los barcos, y entonces cuando se abrió la puerta del helicóptero y vieron que éramos mujeres comenzó una discusión, decían que lo iban a bombardear.

Cuando fuimos a Río Gallegos nos encontramos con que no sabían que llegábamos, no nos esperaba nadie, los hombres que había ni siquiera nos contestaban cuando les preguntábamos. Nos miraban vestidas de verde con cara de asco y ni siquiera nos preguntaban por qué estábamos ahí, nos ignoraron totalmente».

Sin embargo, también afirma que esta situación cambió cuando, con el pasar de los días y el desarrollo de su trabajo, comenzaron a ser un pilar emocional y un sostén para los soldados. Hoy, sigue luchando por su reconocimiento:

«Todos conocen al Jefe del Estado Mayor del Ejército, hablan de los veteranos y del que tiene más condecoraciones. Yo soy la mujer más condecorada de las Fuerzas Armadas en la historia y si vos preguntas quién es Silvia Barrera, nadie lo sabe. Imaginate que, si a la gente le cuesta saber quién es el soldado más condecorado de Malvinas, quién es la mujer menos saben».


Enfermeras, instrumentadoras quirúrgicas, voluntarias y aspirantes de enfermería que sufrieron y padecieron la guerra, y fueron el sostén principal para los soldados, la cara amiga después del combate, y actuaron de madres y hermanas, para ustedes el olvido NUNCA MÁS.


Fuentes

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