Encanallados en el amor: sobre las novelas de militancia (I)

Ensayo colaboración de Carla Benisz


¡Moción de orden! ¡Lista de oradores!

fatigó las piruetas, las chicanas

distribuyó consignas y expulsiones,

doró en llovidas píldoras la orilla

de una ilusión, un grito: un ¡Ipiranga!

¡Alcorta!, rumió  en minutos tuertos las minutas

de la resolución, en la revuelta, alzóse

(efecto Delacroix) en las tinieblas

acolchadas, o rústicas, caballos de alaridos, de retobo […]

 

Perlongher, «Lago Nahuel»

 

A pesar de tener una tradición literaria sumamente política, a la que ya David Viñas le dedicó sus ensayos célebres de Literatura argentina y realidad política, la literatura argentina no cuenta aún con un relevamiento de novelas de la militancia política o de la política partidaria. Y tal vez no sean tantas.

No se trataría tanto de obras que den cuenta de su contexto histórico-social o postulen una tesis teórico-política (es decir, una bajada de línea) a partir de su argumento, sino de novelas en las que la política es el contexto. Novelas en las que los intertextos y los géneros primarios son asambleas, minutas, reuniones de equipo, balances, informes.

Pienso, por ejemplo, en obras que muestran la vida cotidiana de la militancia, como La bolchevique enamorada de Alexandra Kollontai (novela mala que toda la izquierda debería leer y no es casual que entrometa aquí la cuestión de género); en el lenguaje internista y polémico de los documentos de Walsh a la dirección de Montoneros (diferente al tono denuncialista de sus non fiction periodísticos); o en algo similar a El estudiante, la película de Santiago Mitre, para el caso del arribismo realpolitiker.

En cambio, sí hay varios títulos sobre la clase trabajadora (las primeras novelas de Andrés Rivera, por ejemplo) y muchísimos sobre movimientos sociales, hitos históricos, revoluciones, ya sea como impugnación histórica o como muestra de la política desde una perspectiva heroica, antes que en la cotidianeidad de su construcción.

Pareciera que la política contribuyera a reconstruir cierta visión de la realidad, a aportar debates teóricos subyacentes, un fundamento de crítica social y, en ocasiones, vocabulario conceptual, pero no es dispuesta en la especificidad de su lenguaje cotidiano y su microcosmos social. Pareciera, sigo, que el fantasma indeseado del realismo socialista sobrevuela como amenaza latente a la hora de explicitar lo político.

Las novelas de la militancia política parecieran ser, al final, poco «universalizables», en términos de la no-tan-perimida crítica liberal. En general, la literatura y la crítica literaria canónicas tienen una posición anticontenidista y privilegian la política de lo estético y la revolución en las formas literarias, parafraseando al Cortázar que polemizara con Oscar Collazos.

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Tal vez mi modelo aquí sea demasiado específico y reducido, y no amerite el trabajo de un relevamiento crítico. Pero sí creo que es destacable el síntoma que manifiesta: el submundo de la política es considerado como acervo de contenido argumental que, para ser legitimado como literatura, debe ser tamizado por recursos formales que lo vuelvan difuso, indirecto, perfectamente implícito. Que lo limpien del ruido mundanal del inmediatismo histórico.

Esto es lo que se puede ver en novelas «políticas» como Respiración artificial, varias de las novelas de Saer, las parodias de Gamerro al setentismo o El fiord de Osvaldo Lamborghini (cuyo regodeo en la hipérbole linda de forma constante con la desrealización de la política).

A contramano de ese síntoma, abusaré del carácter especulativo del ensayo para proponer aquí un principio de ese relevamiento de novelas de la militancia, con dos casos (más un excursus) de novelistas que hacen de la política un lenguaje –léxico y sistema– y una forma narrativa.

 

Su moral y la nuestra

En primer lugar, me voy a referir a El traductor (editada póstumamente en 1998), «novela-monstruo», como dice Mario Castells, de Salvador Benesdra. En ella, el lenguaje de «la secta» inunda el gran monólogo interior del psicótico, personificado en Ricardo Zevi, su narrador protagonista.

Desde el inicio, Zevi se presenta como extrotskista, pero ese prefijo no impide que su vínculo con la historia se dé siempre en clave de las «elucubraciones talmúdicas» que para él constituye el trotskismo; aún cuando la caída del Muro de Berlín le significa el derrape total de su «estantería ideológica». Al interior de un largo párrafo, como casi todos los que componen la novela, Zevi resume su caracterización:

«Un trotskista era un marxista que sí aludía a la realidad, y permanentemente, pero que no sabía mentir: a lo sumo deliraba, o más bien, a menudo deliraba. […] Entonces, único izquierdista sin un metro cuadrado de esperanza territorial sobre la faz de la tierra, único comunista sin patria socialista, único marxista apegado a la utopía originaria, el trotskista fantaseaba cual cristiano milenarista que las masas estaban a punto de traer el reino de los cielos socialistas sobre la tierra aquí, allá y en todas partes, no por imperio y voluntad de nadie, no por acierto de ninguna vanguardia esclarecida, sino por la fuerza de las cosas, por efecto de las mismas leyes que habían traído un dominio creciente sobre la naturaleza en la historia humana y le habían permitido al mono erecto pasar del esclavismo al feudalismo, del feudalismo a la democracia representativa». (Benesdra, El traductor) 

El universo de la novela está inmerso en una subjetividad fragmentada y cuyo motivo de quiebre es político o, más bien, es la política. En concreto, el fin del «socialismo real» de la URSS y los inicios de la hegemonía neoliberal en la política, la sociedad y hasta en la cultura argentinas.

Paralelamente y en función de acentuar ese quiebre, El traductor narra el último vínculo de Zevi con la lucha de clases, con su dinámica cotidiana y su derrota (en este caso) infame. Pues Zevi es también un delegado que dirige una lucha contra el vaciamiento de Turba, la editorial en la que trabaja; pelea asambleas, caracteriza compañeros, cobardes y traidores.

En este punto la novela funciona como una radiografía de la década del noventa: vaciamiento de empresas, desempleo y precariedad laboral, acompañados por crisis morales y políticas que atrincheran el progresismo dentro del freezer del «fin de la historia». El ajuste de cuentas de El traductor no es solo con la izquierda, cuya «estantería ideológica» ya se derrumbó, sino con el progresismo temeroso de los noventa; es este el que cobija a traidores y cobardes. Por eso, tal vez, fue durante años una novela revulsiva para nuestro predecible espacio literario.

Ahora bien, en ese proceso de flexibilización laboral se comienza a vislumbrar la crisis moral del protagonista. En la coyuntura de su peripecia sindical, Zevi se debate entre la lucha política y la salida individual, y es esta última la que al final se impone con un irónico «final feliz» acorde al aire neoliberal de época.

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En este punto, Zevi es aún un sujeto angustioso y moralmente quebrado puesto que la moral residual de su militancia revolucionaria lo demora en su derrape cínico. Esta demora tiene momentos de locura en los que estalla la psicosis. Pero en el otro andarivel que transita esta novela, el amoroso, es mucho más claro que Zevi es un canalla.

La «historia de amor» se trata en realidad de una relación desigual y manipuladora entre Zevi y Romina, una muchacha adventista, provinciana y «frígida» según la concepción  de sexualidad del protagonista –con una educación sentimental forjada en prostíbulos–. Zevi se propone «curar» a Romina de acuerdo con la principal escuela de relaciones sexoafectivas que conoce, la prostitución, pero no solo le propone a Romina la prostitución como sanación, sino que él mismo la dirige en esa experiencia; se convierte así en su fiolo y oculta esta función patronal tras su obsesión por el orgasmo de Romina.

La moral revolucionaria de Zevi toca fondo, entonces, en el plano de su vida personal y en su relación de pareja de modo mucho más profundo que en el plano de su activismo (y su derrota) políticosindical.

La ironía del «final feliz» radica en que la novela le da un cierre a las heridas abiertas (la moral política de Zevi, su relación con Romina), aún bajo la explícita imposibilidad de conciliación final. De ese modo, la novela se cierra sobre la parábola de los años noventa con una moraleja derrotista: una salida individual, infame y forjada sobre los escombros de la utopía revolucionaria.

 

La sonrisa del general

La militancia como peripecia y agonía es un factor y un valor para la izquierda pero también para el movimientismo (en el amplio espectro que el bonapartismo vernáculo nos legó) que la asume sin tapujos; no así para los partidos liberales de la derecha, que ocultan su ejercicio de la política y la cotidianidad de su organización, bajo estructuras de apariencia «no política» (universidades, iglesias, fundaciones, sociedades de beneficencia y, más recientemente, ONG). Es probable que esta última visión del ejercicio de la política explique la relativa ausencia de su peripecia en la tradición de la literatura argentina.

Desde una tradición política diferente a la de El traductor, la literatura argentina cuenta con una novela antológica sobre la cotidianeidad de la militancia, opuesta por el vértice a esa asepsia liberal: me refiero a Los reventados (1974) de Jorge Asís. En la novela, que se anuncia desde la editorial como «la novela de la militancia peronista», esta es en realidad el trasfondo para la peripecia de unos descuidistas locales, sin suerte para el batacazo, y para quienes la política funciona como aventura personal despojada de todo velo utópico, revolucionario, de transformación o mucho menos.

La aventura se construye en torno a un cronotopo bien definido: el arribo de Perón a Ezeiza en 1973, luego de 18 años de exilio, que terminó en la masacre perpetrada por la derecha peronista.

El heterogéneo grupo de «reventados» protagonistas de la novela está compuesto por estafadores minoristas, patinadores de cheques, mano de obra barata de abogados o de sujetos oscuros del espectáculo, «canguros» vinculados al sindicalismo peronista. Ellos entienden el acontecimiento político de Ezeiza como posibilidad de negocio: consiguen una imagen inédita de Perón en Puerta de Hierro con sonrisa gardeliana y los caniches de Isabel, y la reproducen en pósters y almanaques para la venta. Pero el devenir de la jornada les arruina el emprendimiento y los destruye económica e incluso vitalmente.

Esta lógica del batacazo, así como la caracterización de rufián melancólico de Zevi, asocia la narrativa de Asís con el conjunto de imágenes legado en la literatura argentina por la narrativa de Roberto Arlt. De hecho, este vínculo es explicitado tanto por Benesdra como por Asís en sus novelas.

En Los reventados, de todos modos, la política como posibilidad de batacazo permite también pequeñas epifanías de mística; es decir, instantes de creencia cobijados por el fervor de las multitudes. Es lo que sucede con Rocamora, tal vez el más cínico de los personajes, en Ezeiza cuando se encuentra a sí mismo, su pasado, contenido por la columna de Corrientes:

«Sintió una satisfacción y recordó una vía que no terminaba nunca y recordó a una abuela y a un farmacéutico cuando leyó: Montoneros de Corrientes. Se metió entre ellos y cantó con ellos Far y Montoneros son nuestros compañeros, y se sitió indio, rotoso, los vio rotosos, feos y correntinos y eran más de quinientos aunque no sabía calcular bien. Es que a veces Rocamora parecía escapado de una fotonovela de esas que publicaba Rosqueta; miró hacia los costados y se aseguró que no lo miraba nadie, ningún conocido pedalero, y cantó Montoneros son soldados de Perón los gorilas tienen miedo tienen miedo al paredón, y avanzó unos metros con ellos y gritó efusivamente Corrientes Montonero, los tocó, aprovechó que nadie lo miraba para permitir    que una lágrima se cayera de sus ojos duros». (Asís, Los reventados)

Este momento epifánico será antesala de la tragedia personal de estos buscas a causa del fracaso del negocio; correlato de la tragedia política, a nivel nacional, en los años siguientes.

Al respecto, puede establecerse una continuación entre Los reventados y una de las novelas que le siguen, el best-seller de Asís durante los años de la dictadura militar, Flores robadas en los jardines de Quilmes (1980). Si en El traductor encontramos dos andariveles: el político (como derrumbe) y el amoroso (como canallada); también podemos encontrarlos en la continuación entre Los reventados y Flores robadas….

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En el primero, la política da marco al reviente de este grupo de buscas, reviente que se vuelve definitivo en el final de Willy, uno de los protagonistas. En Flores robadas…, el contexto de la política está diluido por la atmósfera asfixiante de la dictadura. Lo «reventado» de los protagonistas cobra el significado, ya no de una aventura perdida, sino de una creencia diluida; los reventados están desmoralizados porque creyeron en el amor y en la política, y sobreviven a base de cinismo.

«¿Cuándo habremos comenzado a reventarnos?, se pregunta Rodolfo, para sí, mientras, con lentitud inusual, caminan por Corrientes. Mientras redescubre que la flaca ya no es aquella escuchadora incauta, aquella piba que buscaba una clave y con ansias, y que hablaba, en general, para las paredes. Esta flaca, de veras, había crecido, y se acostumbró, con firmeza, a los porrazos. Esta flaca, piensa él, ya me sabe retrucar, imponer su posición, y hasta exhibe generosamente sus llagas. Rodolfo no sabe, por su parte, cuándo fue que él se comenzó a reventar –si es que, realmente, está reventado, lo cual, cree, es discutible–, pero sospecha que ella, a lo mejor, inició ese sendero sórdido cuando decidió abandonar su estipulado destino de confección de tallarines, de baldeo de vereda, tardes de radio o costura y bordado. Cuando decidió enfrentar al sabido porvenir, para disponerse con furia a ser psicóloga, o socióloga, o profesora de literatura, o militante, periodista y cantante o, sobre todo, actriz, dramática y de nivel, su ambición más corpórea, para hacer papeles con contenido. Y para buscar siempre un contenido, encontrarle de prepo fondo a cosas que, tal vez, no lo tenían, inventárselo en todo caso. Habremos comenzado a reventarnos, quizás, es una hipótesis, cuando comenzamos a adherir y a creer devotamente en la profundidad. Pero no me creas». (Asís, Flores robadas…)

Flores robadas… funciona entonces como una continuación del periplo histórico de esa «generación perdida». De la política como aventura, en el primer lustro de los setenta, al repliegue individual obligado por la dictadura y la represión. Los descuidistas son los mismos pero en una reconversión de lo político a lo personal que toma la forma de una «historia de amor» entre el narrador, Rodolfo, y Samantha.

Ésta es también una relación desigual narrada desde la perspectiva abiertamente machista de Rodolfo. Sin embargo, a diferencia de Zevi, Rodolfo crece en lo emocional en su vínculo con Samantha. Su gesto canallesco es más una performance para reproducir de manera ostensible los patrones patriarcales de la virilidad que un derrape moral. O, más bien, su moral es cínica desde el comienzo; la voz que abre la novela ya es la de un «reventado», de modo que no hay decadencia, sino que el rebaje moral es lo esperable pero con un narrador que poco a poco toma consciencia de que ese cinismo es consecuencia de su propia fragilidad. Es por eso que hay pequeñas muestras de aprendizaje en los afectos en la forma en que el protagonista concibe a Samantha: ella crece ante sus ojos, disminuyéndolo a él en su machismo.


[Continúa en Encallados en el amor (II)]

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