Encanallados en el amor: sobre las novelas de militancia (II)

Ensayo colaboración de Carla Benisz (parte I)


Excursus de coyuntura: el pibe trosko

En 2017, la editorial cordobesa Caballo Negro publicó Apparatchikis, la última novela de Mario Castells. Castells es un escritor difícilmente asociable a las tradiciones recurrentes (hegemónicas) de la literatura argentina, que para algunos críticos aún se bifurca en el binomio Arlt-Borges. Ha editado también en Paraguay y el resto de sus títulos se asocian –por lenguaje, referencias, tradiciones– más a la narrativa paraguaya que a la argentina.

En este sentido, es uno de esos escritores cuya obra exige una perspectiva con anclaje regional antes que nacional, reducido por lo general a Buenos Aires. Sin embargo, sí se encuentra con la narrativa argentina en este espacio residual de las novelas de la militancia; espacio en el que lo hago coincidir, para este protorelevamiento, con el escritor tal vez más negado de los noventa (Benesdra) y el novelista hoy oculto bajo el peso de su otro oficio como operador político (Asís).

En una sintonía similar, cuando presentó Apparatchikis en Buenos Aires, Alfredo Grieco y Bavio la relacionó con el «ensayo negro», una especie de clasificación subgenérica tomada de un ensayo de Juan José Sebreli sobre Correas. La característica del ensayo negro, según la interpretación de Grieco, es la de «demoler una reputación». En Apparatchikis la reputación en cuestión es la de un partido más o menos reconocible de la izquierda argentina.

El ensayo negro, como todo ensayo, linda con bordes de la no-ficción, lo biográfico y lo argumentativo; en este caso, desde la ficción, estamos ante una novela que explica y baja línea a la par que narra y pone en juego ambas dimensiones, la argumentativa y la (auto)biográfica. El resultado, desde lo narrativo, no es siempre convincente pero la singularidad riesgosa del planteo destaca a Apparatchikis en el páramo de limones exprimidos de la literatura del yo.

Como su mismo título indica, Apparatchikis toma como problemática central el quiebre existencial de un «aparato» (mención aparte: la deshumanización del sujeto en la jerga) partidario de izquierda en uno de los espacios característicos del trotskismo vernáculo: la universidad. Lejos de la parodia de «pibe trosko», como se intentó caracterizar a los dirigentes universitarios del trotskismo en los años del kirchnerismo, el narrador de Apparatchikis contiene en su crisis personal y política muchas de las contradicciones de la militancia post 2001, esa herida al sistema que se cerró con torniquete pero sin cicatrizar.

La peripecia política del apparatchik Darío Castelví, alter ego bastante evidente de Mario Castells, tiene como escenario un partido ficticio de la izquierda trotskista pero identificable con ciertos referentes históricos. La crisis que atraviesa el partido tiene coordenadas reconocibles en el desajuste que generó el kirchnerismo, como emergencia política de la coyuntura, en algunos partidos de izquierda que teclearon en su caracterización y, en consecuencia, en su posicionamiento frente a él.

Darío es trasladado de una regional rebelde a la dirección nacional en Rosario a la regional de la Facultad de Filosofía y Letras en Buenos Aires. Este escenario que ha alimentado la narrativa de los escritores-críticos (me refiero a los que ficcionalizan a la vez que hacen crítica literaria) contextualiza aquí el universo cotidiano de cuadros medios de la izquierda, un espacio familiar para el ambiente universitario pero de poco recorrido en la literatura. Y lo hace con una estética de la representación que recupera lo impugnado por la teoría literaria post-estructuralista: el realismo. Por eso, Apparatchikis abre con la dedicatoria a la «novela monstruo» de Benesdra, parámetro político y estético de Castells.

En esta facultad, antes que escritores y críticos, rumbean militantes alejados de la disciplina bolchevique por una estructura partidaria en crisis que los dispone para su lumpenización. Además de actuar en el frente universitario en un contexto de fuerte cuestionamiento hacia su dirección política, los personajes, una suerte de «detectives salvajes» de la lumpen-academia argentina, deben militar la campaña electoral de su partido revolucionario en el teatro de la política burguesa y con una línea oportunista y conciliadora.

Esto se evidencia en uno de los primeros parágrafos de la novela que es, justamente, una reunión de equipo en la que supuran las diferencias, los conflictos y la desconfianza entre el recién llegado (Castelví) y sus nuevos compañeros.

Allí el narrador conoce a Virginia, con quien mantendrá un vínculo erótico pero, enlace prototípico entre Eros y Thanatos, tensionado por el consumo constante de cocaína; esta tensión de sexo, drogas y trotskismo lumpen es, de hecho, uno de los motivos recurrentes de la novela. En este sentido, el narrador es autodestructivo antes que canalla, o en todo caso, los gestos de machismo residual que en alguna ocasión destila, gangrena de sus propias heridas.

En consecuencia y a diferencia de las novelas anteriores, en las que la utopía política era superada por el cinismo o el derrotismo, esta novela sí permite una salida más abierta a una perspectiva revolucionaria; eso tiene que ver tanto con la etapa histórica que la atraviesa como con la voluntad del sujeto representado.

Por un lado, Castelví nunca termina de volverse un «fundido», mucho menos un reventado o un «ex» trotskista. Por otro, además, el año 2001 permanece como una evidencia latente de que «el fin de la historia» aún no cerró.

Si en los noventa el neoliberalismo era la confirmación de la caída del muro y la cancelación de cualquier modelo alternativo al capitalismo; si en los setenta la violencia de la dictadura canceló cualquier posibilidad, así fuera angustiosa u oportunista, de la política; en cambio, el desarrollo de los movimientos sociales alrededor de 2001 tiñó a la sociedad argentina de una cultura política dinámica y con un mayor margen de maniobra ante la hegemonía liberal-burguesa, aunque el régimen de gobierno no se hubiera modificado sustancialmente.

Sobre ese margen de maniobra opera el trotskismo aspiracional de Castelví (y de Castells también) como un horizonte abierto, más difuso, pero es por eso mismo que no se cancela en torno a los apparatchikis.

apparatchikis-de-mario-castells-D_NQ_NP_789934-MLA26618902286_012018-F

Lo personal es político

«La fisura se para sobre el desencanto», dice uno de los personajes de Apparatchikis, y en esta sentencia asocia los dos niveles de los que traté de dar cuenta aquí: los de la crisis política acompañada o causante de la moral y personal. La autobiografía es entonces una jugada límite en el ajuste de cuentas político.

Se trata, en todos los casos, de novelas en extremo personales y que a través de ese gesto autobiográfico, a través de la exposición de sus propias laceraciones, pasan factura a la historia, a la política, al partido. Como puede verse, es una apuesta riesgosa, no solo por la exposición que implica la autobiografía sino también porque el otro borde del descanto es el nihilismo, la negación de la política.

En otras palabras, estas novelas corren el riesgo, en primer lugar, de exponer los límites del sujeto de la política; el militante, que –revolucionario o no, dirigente o base– encarna la política, es aquí un sujeto quebrado. En segundo lugar, porque la demostración de la política, de su quehacer cotidiano a través de esos sujetos, la expone como una caja resonancia de los mismos conflictos sociales. Por eso, la promesa de transformación social que contiene el ejercicio de la política está puesta en cuestión o, en el caso de Apparatchikis, queda diferida.

No es menor que el campo semántico que se forma en torno al militante esté repleto de términos como reventado, fundido, apparatchik, delirante, «elucubrador talmúdico». Todo esto para distintas esferas de la expresión política en la Argentina, como el peronismo, el trotskismo y el amplio espectro gris del progresismo.

Sin embargo, este primer relevamiento de las novelas de la militancia dibuja una traza, cerrada aquí con Apparatchikis, que termina rescatando la política aunque no los modos de hacerla. En el post 2001, se amplía el margen de maniobra para la militancia que los noventa parecían haber cerrado, pero deja latente una deuda que tal vez esté siendo planteada recién en los últimos años: la de una reeducación «sentimental» de las estructuras y los sujetos, orientada a explicar lo personal en lo político.

Un comentario en “Encanallados en el amor: sobre las novelas de militancia (II)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s