Se respiran las cenizas de Notre Dame

Esta semana, París fue protagonista de un hecho que algunos podrían considerar apocalíptico: la Catedral de Notre Dame, uno de los edificios más importantes y turísticos del país, ardió en llamas frente a una multitud de franceses y sus plegarias. El humo del incendio cruzó el charco –con un poco de ayuda de la paloma tuitera– y todos los medios nacionales estuvieron pendientes de este fenómeno.

En vísperas de Semana Santa, se vieron movilizados tanto aquellos que tuvieron la oportunidad de recorrer sus recovecos como los que sólo la conocen por foto. Si bien no hay forma de negar el valor arquitectónico, histórico y cultural detrás de esos vitrales con más de 800 años de historia, lo cierto es que este hecho ha demostrado que, en pleno siglo XXI, cuando el debate por la separación de la Iglesia y el Estado se puso sobre la mesa y cada vez hay más pañuelos naranjas colgando de las mochilas, la religión y el catolicismo continúan siendo grandes íconos en nuestro país.

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Desde que comenzaron a circular las primeras imágenes se generó la división de aguas en redes sociales: ¿realmente es tan trascendental para la vida cotidiana esto que sucede a miles de kilómetros? Más tarde, cuando empezaron a anunciarse las enormes sumas de dinero que ofrecerían algunos empresarios y particulares (que hasta ahora acumulan un total €800 millones), la pregunta fue ¿vale la pena invertir tanto dinero en un monumento de la humanidad en lugar de realizar algo de verdad útil por ella?

Más allá de los sentimientos encontrados, como bien explicó Héctor Borrat en su libro El periódico, actor del sistema político, las producciones periodísticas tienen el poder de excluir, incluir y jerarquizar hechos, fuentes, ideas, tendencias, etc. Resulta que no hubo medio que pasara por alto lo sucedido en Notre Dame. Clarín y La Nación le dedicaron la primera plana en sus ediciones impresas, mientras que en la web la cantidad de notas con curiosidades, historias y fotografías se multiplicaban.

Como contrapunto, al mismo tiempo que ocurría el incendio en Notre Dame, otro fuego consumía uno de los salones de la mezquita de Al-Aqsa en Jerusalén, considerada la tercera locación más importante para el Islam. Aunque sus daños fueron mucho menores en comparación con la Catedral, la noticia no tuvo ni la mitad de minutos al aire. No tuvo su lugar en la primera página. De hecho, los titulares indicaban que «Una mezquita se incendió al mismo tiempo que Notre Dame».

Es irrebatible que la Edad Media quedó atrás y el debate avanzó hacia una sociedad que tal vez ya no sea tan devota de la Iglesia como en épocas de la Inquisición. Pero, aun así, uno de los principales diarios de nuestro país tomó la decisión de titular «Se incendió la identidad de Occidente». ¿Cuánto valor le otorgamos a ciertas ideas hegemónicas frente a sus dominadas?

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