El pie perfecto

Los zapatos surgieron con un fin puramente utilitario: eran bolsas de cuero que se usaban en los pies para protegerlos durante las jornadas de trabajo. No fue sino hasta la Edad Media que comenzaron a adquirir un carácter estético, que no solo respondía a la moda de aquel momento sino también a la posición social y económica a la que el portador pertenecía. Sin embargo, recién en el siglo XX (a partir de la liberación del cuerpo femenino del corsé) empezaron a aparecer zapatos como los que vemos en la actualidad.

Hoy, son construidos como un objeto de deseo que representa la femineidad e incluso el poder. No importa si nos lastiman los pies, porque según la lógica de las publicidades nada nos va a hacer sentir más deseadas y empoderadas que un buen par de zapatos altos. El calzado para una mujer vendría a ser lo que el auto representa para el hombre en la supuesta construcción de su masculinidad.

Si bien podemos cuestionarnos si los zapatos tienen un rol fundamental a la hora de constituir nuestra autoestima o no, sí hay una innegable realidad: son un factor funcional al sistema excluyente que sigue reproduciendo estereotipos inalcanzables y deja fuera a una importante porción de la sociedad que no se adapta a la normativa de lo que es considerado bello.

«Pie de Princesa»

En Argentina, el rango de talles de zapatos que se pueden encontrar en la mayoría de los locales comerciales de calzado es reducido: van desde el 35 al 40 o, con suerte, 41. Si bien es utópico pensar que todos los pies encajan en un reducido espectro de seis talles, hay muy pocas zapaterías para «talles especiales» que desafían la norma.

El pie pequeño —dentro de lo que es el promedio de talles «normales» en Argentina— es sinónimo de femineidad y delicadeza. Calzar 36 es lo ideal y no es casualidad que se estime que La Cenicienta, cuyo zapato de cristal es emblemático por todo lo que representa en el estereotipo de belleza occidental, usara ese número. De hecho, existe una cirugía estética con el nombre de esta princesa que consiste en achicar los dedos de los pies a fin de adaptarse a la moda.

Se construyó una idea social que indica que nuestro calzado habla de nosotras; no es lo mismo usar zapatillas que zapatos altos, porque elegimos uno u otro según lo que queremos comunicar. ¿Queremos mostrar que elegimos la comodidad o que somos seductoras y atractivas? Aparentemente, eso depende de qué elijamos usar a la mañana.

Sin embargo, ¿qué sucede cuando nuestra elección queda condicionada por lo que podemos usar?

La odisea de encontrar zapatos

Valeria calza 33 y Luciana usa número 41. Son polos opuestos en lo que a talles respecta, pero se enfrentan al mismo problema: no consiguen calzado que se adapte a sus pies.

«Calzo lo mismo desde que tengo 12 años y conseguir zapatos es un drama. Incluso hubo una situación particular que padecí un montón, que fue cuando me gradué del secundario. Quería un par de zapatos de taco, pero el problema es que no les podés poner plantilla. Terminé llevándome el par más chico que encontré y lo llevé al zapatero para que lo arreglase, pero igual me quedaba grande y tuve que ir así», cuenta Valeria.

Ambas coinciden en que lo más complicado de encontrar son los zapatos de taco, las sandalias abiertas y el calzado de invierno; no suelen tener tantas dificultades para comprar zapatillas. Luciana, si no consigue, intenta buscar algunas que sean para hombre, porque «al ser de color negro también pueden ser para mujer, así que trato de que me gusten y que no sean tan anchas para que me hagan el pie más chico».

Lo vemos todo el tiempo con la ropa, y el calzado no es una excepción: no podemos naturalizar el padecimiento que representa no conseguir tu talle. Queremos ropa y zapatos que se adapten a nuestras necesidades y a diferentes tipos de cuerpos, porque no existen tan solo cinco tamaños de pies en Argentina (ni en el mundo).

No encontrar prendas que nos entren es frustrante, porque, en palabras de Valeria, «sentís que no podés acceder a lo mismo que otras personas», y refuerza la imposición de que existen cuerpos que pertenecen y otros que quedan por fuera de lo que se reconoce como ideal.

Si bien Luciana dice que no encontrar zapatos no le afecta en su autoestima porque ya tiene 29 años y, aunque reconoce que está mal, se acostumbró a cómo funciona el sistema, para Valeria todavía representa un motivo de angustia.

«Me ha pasado de tener en mente un tipo de zapatos porque está de moda, ir a comprarlos y darme cuenta de que no hay. O, sino, ir a dos o tres zapaterías, probarme mil modelos y después largarme a llorar porque sé que no voy a conseguir en ningún lado», relata.

Ley de talles

En la nueva ley de talles, que tuvo media sanción en el mes de marzo y que, a diferencia de normativas anteriores, tiene alcance nacional, se estipula que también se contemplará al calzado como parte esencial de el Sistema Único Normalizado de Identificación de Talles de Indumentaria que se busca implementar.

Es importante que se revea el tema del calzado en la nueva regulación porque no es una cuestión que se suela discutir en profundidad. Además, para Luciana «es muy necesaria para que haya más control. Esa creencia de que hay pocas mujeres con talles grandes o chicos, o que es costoso hacerlos, es mentira».

Lo cierto es que hay muy pocas marcas inclusivas con respecto a los talles y el hecho de que no exista una reglamentación formal facilita los abusos en los precios por parte de los comerciantes. Por ejemplo, las casas que manejan talles especiales suelen cobrarlos más caros que una zapatería regular.

Por el momento, solo queda esperar y seguir resistiendo frente a un sistema que hace todo lo posible para perpetuar un estereotipo de belleza que es hermético y prácticamente inalcanzable.

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