¿La mala madre? Maternidades sostenibles

Resulta histórico para mujeres y disidencias gestantes el cuestionamiento sobre maternar o no maternar. En un momento de quiebre, donde también se hizo escuchar el reclamo feminista por la legalización del aborto, aparecen les denfensores de la maternidad para quienes no importa si es deseada o no, si se pudo planificar, si se sabe en qué contexto nacerá y crecerá ese niñe, teniendo en cuenta los cuidados efectivos, económicos y de salud que tode recién nacide necesita para desarrollarse.

La politóloga y comunicadora María Florencia Freijo dedica sus días a comunicar y poner en juego no sólo teoría social, política y feminista sino también sus propias herramientas, ofreciendo sus redes para poner en debate lo que sucede en lo cotidiano. Hace pocos días, planteó mediante redes sociales:

«Para mí, nada es más urgente, nada muestra más el país en el que vivimos, que los bebés tengan que estar a los 45 días en un jardín, o que como madre tengas que decidir cuidarlos sin sueldo. Es de las representaciones más fuertes del odio por mujeres y niñes».

Es la realidad a la que se enfrentan las personas gestantes de manera permanente, ya que es sobre ellas (en la mayoría de los casos) sobre quienes recae dicha responsabilidad. En general, los padres no resignan sus carreras ni se enfrentan a la encrucijada de tener que optar por una u otra cosa. Al mismo tiempo, sus planes de vida pueden continuar sin mayores cambios respecto de cuando la paternidad no estaba en su vida. ¿Por qué? Porque no hay leyes que amparen y otorguen de manera explícita los mismos derechos y obligaciones sobre ambas partes: la madre y el padre.

Por ejemplo, las licencias de paternidad en nuestro país y la región son de tan solo dos días de corrido, mientras que la licencia por maternidad puede extenderse hasta 90 días (en el mejor de los casos, con un empleo en blanco y un puesto que puede esperar a que la mujer vuelva). Esto significa que los hombres pueden hacerse cargo de las tareas de cuidado de les niñes durante tan solo dos días. En el Congreso, duermen 61 proyectos que buscan extender las licencias y, sin embargo, ninguno llegó a ser ley hasta ahora.


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La ley vigente sobre licencias de maternidad y paternidad es la ley 20.744 de Contratos de Trabajo, que data de 1974. Se ha quedado estancada en el pasado, no sólo por la cantidad de años que tiene, sino porque el tiempo de trabajo (o el tiempo que se considera productivo) es diferente y se ha modificado a partir de diferentes factores como la flexibilización laboral, la cantidad de horas laborables y no laborables, la brecha salarial histórica entre hombres y mujeres y la globalización.

Esta última ha influido no solo sentidos y consensos de la vida diaria sino que, además, ha cambiado los tiempos de productividad y de ocio (si es que que realmente existe este tiempo, en la actualidad). Para cerrar un combo que quita en lugar de otorgar, la caída del nivel económico y el aumento de los índices de pobreza en nuestro país y en Latinoamérica hacen de este planteo una situación preocupante y cotidiana.

Quienes deseen maternar deberán elegir entre quedarse a cuidar a su hije o dejarle a los pocos meses de vida a cargo de cuidadores o instituciones públicas o privadas. Una tercera opción resulta quedarse con les hijes full time hasta que elles tengan algunos meses, un año o dos de vida, y luego intentar reinsertarse en el mercado laboral. La decisión es compleja y genera angustia en las personas gestantes (incluso previo a decidir si ser xadres o no) y a veces en les niñes mismes, cuando tienen que quedar a cargo de cuidadores que no sean de su núcleo familiar.

A esto se suman, una vez más, lo vinculante, lo afectivo y también lo discursivo a nivel social: esas pequeñas violencias diarias a las que somos sometidas de manera constante. Si se elige no maternar, aparecen los prejuicios del egoísmo, del amor romántico completado a través de la familia tipo, de la maternidad como una virtud exponencial y la no maternidad como reducción del valor personal de la mujer. Si la elección es ser madres, aparece el ojo observador que todo lo ve desde afuera y se pone en juego la vara (y el binomio discursivo) la buena madre vs. la mala madre.

La buena madre será esa madre abnegada que lo de y lo deje todo por su hije, sin importar cómo, ni cuándo, ni con quién, porque si eso fue lo que decidió, eso es lo que tiene que hacer. La mala madre será la madre que (siempre junto a su hije) se corra de lo que socialmente está establecido como correcto, como común denominador. Sin embargo, las madres (todas, sin excepciones) ponen el cuerpo de la forma que pueden, todos los días. Algunas con recursos económicos y afectivos que acompañan y otras sin ningún recurso, poniendo el cuerpo en soledad a horas incontables de trabajo y a más horas diarias a tareas domésticas y de diagramación cotidiana de crianza no conjunta.

No es solo la ley la que desampara: la sociedad es la primera en juzgar. No toda, claro está, porque existen grupos de apoyo, de crianza, lugares que proponen actividades y formas de educación más amenas, pero falta aún que esos ojos observadores y evaluadores de las madres acompañen los procesos, ayudando y no obstaculizando.

Queda mucho por hacer. Leyes nuevas, a la altura de lo que el tiempo histórico demanda; miradas más contemplativas como sociedad; reflexión profunda de nuestros vínculos y la forma de vivirlos y abordarlos; nuevas educaciones para crianzas compartidas en lo efectivo (y afectivo). Sobre todas las cosas: inclusión laboral para mujeres y disidencias gestantes, porque gestar y maternar no son solo decisiones afectivas. Son decisiones que modifican la vida para siempre y es necesario encontrar nuevas y justas maneras de equilibrar la balanza para les niñes y les xadres.


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