La Segunda Guerra Mundial en primera persona

El 1 de septiembre de 1939 pasó a la historia como una fecha fatídica que marcó el destino de la humanidad: hace ochenta años, los países líderes volvieron a armarse y estalló la Segunda Guerra Mundial. Mucho se dijo acerca de sus orígenes, su desarrollo y sus consecuencias pero, quizás por ese velo de objetividad que parece recubrir la historia, a veces es difícil ponerles nombre y rostro a las personas a las que les tocó vivir este enfrentamiento en carne propia.

Michela Natalizia nació en 1937 en Roccavivara, un pueblito de Italia ubicado en la comuna de Campobasso. Su infancia estuvo marcada por la miseria, la muerte e incluso la incertidumbre de no saber si su papá, quien había ido a África para enfrentarse al ejército inglés, estaba vivo. Aunque ella dejó Italia hace más de sesenta años, no pasa un día en el que no recuerde cómo era levantarse en las mañanas de invierno en su casa del pueblo, donde no tenía vidrios en las ventanas y se despertaba con la cara llena de nieve.

¿Cómo se vivía la infancia en la guerra?

La niñez en tiempos de guerra no existe ni sirve como carta de inmunidad, ya sea para el enemigo que no titubea en asesinar a un bebé con una granada o para las mujeres que tienen que sacar adelante sus hogares y necesitan de la ayuda de sus hijos. Los chicos trabajaban la tierra, alimentaban a los animales y se convertían en adultos con tan solo seis años de edad.

Entendían que lo que estaba pasando en Italia era grave y que todos estaban en peligro. No existían la inocencia y el mundo de fantasía para los niños de la guerra. Incluso a los ochenta y dos años, Michela dice que todavía no se puede sacar de la cabeza lo que vivió durante la primera etapa de su vida.

En la cómoda que está frente a su cama hay una foto en blanco y negro. Tres chicos y una mujer de aproximadamente treinta años miran a cámara, pero ninguno sonríe. Hay un dejo de tristeza en su expresión, pero Michela la expone con orgullo. Es la única foto que tiene de chica, cuenta que se la tomó un fotógrafo que pasaba por su pueblo en plena guerra. Debía tener siete años cuando se la sacaron: es el único registro que tiene de esa versión de ella y a la que vuelve constantemente.

Describe a su infancia como «triste» y cuenta que no tiene ningún recuerdo lindo de sus primeros años. No fue al colegio ni conoció a su papá hasta los diez años porque él no solo luchó en la guerra sino que, además, fue tomado prisionero por el ejército inglés en África.

Su mamá estaba sola y siempre enferma, así que la única alternativa era que sus hijos trabajaran para poder subsistir. Si no obedecían, les pegaba. Además, trabajar la tierra era una necesidad porque se comía lo que se cosechaba. Sus días estaban regidos por tareas que consistían en levantarse temprano, prender el fuego en invierno, alimentar a los animales que criaban y cosechar aceitunas para hacer aceite. No existía la moneda en la época de la guerra y los años posteriores a ella, así que recurrían al trueque para abastecerse de lo que no tenían. Y si no alcanzaba, no se comía.

La única foto que tiene de su infancia.

Quizás sea porque vio cómo mataban a chicos de su pueblo a sangre fría o tal vez porque ocuparon su pueblo, se robaron sus animales, su comida e incluso se desnudaron enfrente suyo cuando ella tenía tan solo ocho años. Cada vez que habla de algún miembro del ejército alemán, le cambia la cara.

Hay algo de rencor y de dolor en su expresión porque, para Michela, son los culpables de que su infancia haya sido tan dura. Vio tragedias y bombardeos, enterró a otros chicos e incluso presenció cómo un nene de tres años agarraba una lapicera del suelo que le estalló en la mano porque en realidad era un explosivo. Todavía llora cuando narra esa muerte.

«Aunque era chica, yo entendía que estábamos en guerra, pero no me daba cuenta de que me podía morir. Los alemanes pasaban con armas y me acariciaban la cabeza y yo no entendía que a mí también me podían matar», cuenta.

La posguerra también fue dura. Había hambre, miseria, un país destruido y familias que lloraban a sus padres, hermanos, hijos y tíos que habían muerto en batalla. Pero había que trabajar, ir a puntear la tierra por medio litro de aceite, cosechar el trigo para después molerlo y tener harina. Vivían el día a día, pagaban los impuestos con animales y comían verdura salvaje. Era lo que había.

Argentina, la gran promesa

De a poco, empezó a resonar el rumor de que en Argentina se vivía mejor, que había trabajo y que le pagaban el pasaje de ida a cualquiera que quisiera ir a probar suerte. Entonces, en 1955, Michela y Marcelo, quien fue su marido, decidieron embarcarse en el buque Anna C desde Génova con destino a Buenos Aires. Su papá, quien había dejado Italia tres años después de haber vuelto de África, la esperaba al otro lado del Atlántico. Cuando llegó, tuvo que quedarse durante cinco años en Chacabuco porque había una normativa que explicitaba que los inmigrantes tenían que vivir a más de cien kilómetros de la capital.

Michela en la casa de Chacabuco en la que estuvo durante sus primeros años en Argentina.

«Yo pensaba que algún día iba a volver a Italia, pero no pudimos. Nosotros ni siquiera teníamos la plata para venir, pero Perón nos pagó la mitad del pasaje. Si querías volver, no te lo pagaban».

Se ríe cuando recuerda que ella se fue de Italia para escapar del caos y llegó a Argentina para encontrarse con la revolución social que trajo el golpe que le habían hecho a Perón meses antes.

Sin nada en los bolsillos y una valija chica que tenía su ropa y la de su esposo, como muchos otros inmigrantes, vivieron los primeros años en una habitación sin puertas ni ventanas, trabajando de lo que fuera con tal de juntar algo de plata para comprar el pan. Aprendió a hablar español antes de que se cumpliera un año de haber llegado y a los cinco se mudó a Morón junto a sus padres porque se decía que, al estar más cerca de la capital, había más posibilidades de trabajo.

Con el tiempo, Argentina se convirtió en su «segundo hogar», habla de ella con cariño y también con tristeza. Aunque no tiene la ciudadanía, se siente tanto italiana como argentina. Volvió a su patria dos veces, pero siempre supo que su lugar estaba de este lado del charco.

Las fotos que decoran su habitación dejan rastro de la vida que construyó acá, de sus hijos, sus nietos y sus sobrinos. Hay souvenirs de fiestas, fotos de ella con su marido en Venecia allá por los años setenta cuando logró hacer un viaje de turismo a Italia y los títulos universitarios de sus hijos están colgados sobre su cama. Su vida hoy está acá, pero siempre piensa en su país natal.

Ni de aquí, ni de allá

No pasa un día en el que no extrañe su pueblo, tanto a sus amigas como la casa que pisaba cuando era chiquita. Hace seis años tuvo un accidente que le causó pérdida de memoria e incluso episodios en los que deliraba con Italia y con las personas que dejó allá.

«Cuando yo me enfermé, mi cabeza estaba allá. Yo no estaba acá. Se ve que en mi mente hay una especie de laguna a la que siempre vuelvo».

Es que, aunque ya pasaron ochenta años de la guerra, todavía le cuesta dejar ir algunos recuerdos. Por más que lo intente, no puede. Están grabados a fuego en su memoria, en su manera de vivir la vida, en su forma de ser. No se puede olvidar el sonido de los altavoces que anunciaban que a Mussolini lo habían colgado en la plaza e invitaban a cualquiera que quisiera ir a verlo. Le es difícil no pensar en que, por haber estado ausente durante la primera década de su vida mientras combatía en África, su papá se convirtió en un extraño al que no le pudo hablar durante dos años porque lo consideraba un intruso.

Michela, así como muchos otros que vivieron la Segunda Gran Guerra en primera persona, lleva esas marcas consigo a donde quiera que vaya. Cuando dice que no le desea a nadie vivir lo que ella pasó, se le llenan los ojos de lágrimas.


2 comentarios en “La Segunda Guerra Mundial en primera persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s