Femicidios: un hecho social

En el país del #NiUnaMenos, los Encuentros Plurinacionales de Mujeres, Lesbianas, Travestis, Trans, Bisexuales y No Binaries, el feminismo organizado, la paridad de género y la «Marea Verde», siguen matando mujeres. ¿Qué hacemos mal como sociedad? 

Parece un cuento de terror eterno: en un fin de semana fueron cuatro las mujeres asesinadas. Los números crecen y la indignación también. Ya son 223 los femicidios que se cuentan este año, según el Observatorio «Ahora que sí nos ven». Cabe destacar que no existen datos oficiales, así que es válido decir que son al menos 223 las mujeres y feminidades que fueron asesinadas por su condición de género, sumadas a quién sabe cuántos casos que no llegaron a los medios.

Las agrupaciones feministas y los colectivos de la diversidad se han movilizado estos últimos años como nunca en la historia, se han logrado instalar muchos debates en espacios educativos, de militancia, en redes y mesas familiares. Sin embargo, la violencia no para de crecer. ¿Cómo es posible que una sociedad más consciente sea más violenta? ¿Será que hay algo que se nos está escapando?

Generalmente, cuando se cubren los casos de femicidios se dan a conocer datos de las víctimas, sus familias, sus estilos de vida, pero pocas veces encontramos información de los asesinos. Así, pareciera que se pasa por alto que las mujeres y disidencias mueren a manos de varones. Sí, varones. Ni locos, ni bestias. Personas que conviven, trabajan, se mueven y socializan con normalidad en la sociedad.

Rita Segato, antropóloga argentina y una de las pensadoras contemporáneas que más ha investigado la problemática, asegura que los hombres son víctimas del «mandato de masculinidad». Esto no los exculpa de los crímenes que cometen en lo más mínimo pero sí invita a repensar los modelos masculinos en la sociedad para transitar a uno que no enseñe a matar.

Hombre no se nace, se hace

«El mandato de masculinidad obliga al hombre a comprobar, a espectacularizar, a mostrar a los otros hombres para que lo titulen como alguien merecedor de esta posición masculina: necesita exhibir potencia», sostiene Segato y asegura que «los índices [de femicidios] serían muchos menores si atacáramos la base, o sea, el hábito, las prácticas habituales». En otras palabras, los micromachismos.

La punta del iceberg en la escala de la violencia de género son los asesinatos pero existen diversas situaciones previas desde las cuales se pueden advertir los comportamientos machistas que pueden tener un desenlace trágico. Los golpes, los gritos, los celos, el control, la humillación, la falta de respeto, la culpabilización y los chistes misóginos son parte del mismo sistema de valores patriarcales que genera que cada 32 h maten a una mujer en nuestro país.

«Eso se aprende desde chiquito. Entonces, las exigencias son exigencias de capacidad e indiferencia en el dolor ajeno, bajo nivel de empatía, de capacidad de crueldad, de capacidad de desafiar los peligros», responde Segato al ser consultada sobre el origen de ese odio machista desde donde se nutren las violencias que destruyen, dañan e incluso acaban con la vida de muchas personas.

El patriarcado es un sistema de valores que se ha interiorizado profundamente en todos los aspectos de la sociedad: «El sentido común tiene un cierto automatismo que es como prender y apagar la luz: no reflexionamos para prender y apagar la luz. Para reflexionar sobre el patriarcado es necesario parar el sentido común», afirma Dora Barrancos, socióloga, historiadora, exdirectora del CONICET y actual candidata a Senadora Nacional por el Frente de Todes.

«En las regiones donde hay crímenes contra mujeres, hay otras formas de violencia contra las mujeres que están presentes en la vida social, de forma constante, tolerada socialmente y por las autoridades, que crean un clima de impunidad», argumenta Marcela Lagarde, etnóloga mexicana y doctora en Antropología.

Lagarde comenta que en sus investigaciones: «Encontramos una relación muy importante entre formas de violencia de género aceptadas por la sociedad y los crímenes de mujeres; vimos también que el machismo y la misoginia instalados en las instituciones hacen que las autoridades desvaloricen la problemática y no le den importancia»Naturalizar comportamientos violentos es invisibilizar la problemática.

Modelo de exclusión

La precarización de la vida, la crisis económica y el contexto de ajuste perjudican aún más a las mujeres y disidencias porque son menos las herramientas que se tienen para salir de relaciones violentas y generar una independencia económica y vincular. Según los datos para el segundo trimestre de 2018 publicados por el INDEC, la tasa de desocupación femenina alcanzó el 21,50% (con particular intensidad en el conurbano bonaerense donde asciende a 24,6%), mientras que en el caso de los varones es de 17,30%.

«Cuando el Estado deja de financiar las políticas públicas que contribuyen a sostener la vida de las personas (en los ámbitos de salud, educación, vivienda y cuidados, en particular), las mujeres y los cuerpos feminizados somos quienes asumimos esas responsabilidades», sostienen María Julia Eliosoff Ferrero y Marcia Molina Heredia, economistas integrantes del Espacio de Economía Feminista de la Sociedad de Economía Crítica.

Programas como «Ellas Hacen», hoy desfinanciado por el gobierno de Cambiemos, tenían como objetivo brindar capacitaciones y recursos a mujeres víctimas de violencia de género con hijes a cargo para que puedan construir su vivienda propia y no depender económicamente de sus parejas o ex parejas.

Foto: Agencia Paco Urondo

Por otro lado, la línea 144 de atención para familiares o víctimas de violencia de género también está atravesada por el descuido por parte del gobierno provincial: hubo despidos en el Equipo de Seguimiento de Casos y denuncias de falta de recursos por parte de las trabajadoras que se encuentran tercerizadas.

Cada femicidio, además del constante reclamo de justicia, debería venir acompañado de una reflexión conjunta de los valores patriarcales que se siguen reproduciendo en todas las esferas de la vida pública y privada: estereotipos, prácticas misóginas, micromachismos, violencias de todo tipo hacia las mujeres y disidencias; en especial, el desfinanciamiento de áreas claves de prevención y erradicación de la violencia machista para que dejen de matarnos.

 


Fuentes:

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