Crónica de un Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Trans, Travestis, Bisexuales y No Binaries

Un fin de semana inolvidable, relato de la expresión política más inmensa y ninguneada de la historia.

La lluvia incesante cae furiosa sobre las amplias calles de la ciudad de La Plata, como un berrinche del cielo que se resiste a alojar a las miles de personas que van a encontrarse. «Son las lágrimas de los machirulos», bromea alguna por ahí. 

Los mates giran de mano en mano mientras los micros ingresan a la ciudad. Correr a buscar un techo no impide que las mochilas se empapen y las bolsas atadas a los pies ya no cubren de los charcos cada vez más grandes.

Es sábado por la mañana y se canceló la apertura por la alerta climática. Sin embargo, el entusiasmo desborda. Para muches es la primera experiencia: dudas, nervios, ansias, ganas de compartir. No queda otra que calmar la manija y repasar los talleres que se ofrecen este año: maternidad, cannabis, trata, ESI, deportes, relaciones afectivas, poder, terapias alternativas, lenguaje inclusivo, arte… Hay para todos los gustos. La transversalidad de esta lucha queda explícita en la oferta de debates que nos debemos. No alcanzan dos días

El almuerzo puede ser vegano o no, hay variedad de opciones y compañeres que trajeron sus delicias para vender. Debido a la lluvia les feriantes se dispusieron en los pasillos de los amplios edificios educativos platenses. El Uber quiere saber de qué se trata este «congreso» (así lo llamó) que invadió su ciudad, mientras las veredas de la calle 1 están plagadas de personas que van y vienen, con sus pañuelos y equipos de mate pero sin paraguas. Parece que a nadie le importa la lluvia. 

La escuela como hormiguero se va llenando de mujeres, lesbianas, maricas, travas y diversidad de identidades que se encuentran a discutir. Porque el feminismo es política y en la política se debate, se repiensa y se consensúan las estrategias para cambiar la realidad. Una tarea a la que quienes asisten a los encuentros se abocan y es allí donde aquella militancia es fortalecida. Porque si queremos que el patriarcado se termine, depende de nosotras y nosotres.

Por la tarde, la consigna de la marcha es «Basta de travesticidios»; la furia trava en las calles, colorida y rabiosa, nos recuerda que todavía quedan muchas batallas por dar y acompañar. En las esquinas se van encontrando compañeres de otros espacios: «¿A qué taller fuiste?» suele ser la pregunta, aunque muchos van a quedar pendientes para otros encuentros. 

Las filas en los comercios ocupan toda la vereda y algunes vecines aprovechan la demanda para montar en las ventanas de sus casas sus propios negocios: «agua caliente, sánguches, empanadas», dicen los carteles improvisados. Nadie quiere perderse la oportunidad de hacerle frente a la crisis.

Por la noche, el cansancio no impide que muches salgan a divertirse. Las fiestas son libres de machirulos, se baila con tranquilidad entre compañeras y compañeres. Acá todos los cuerpos pueden entrar. Meneamos hasta abajo sin que nadie se adjudique nuestra seducción. Acá tenemos la libertad de sacudir el culo y mostrar las tetas sin estar provocando. Acá se puede, en este mundo feminista que nos inventamos por unos días, como un recreo, una bocanada de aire fresco, para volver y seguir.

Foto: @caro.minelli.fotografia

El segundo día de talleres arranca temprano y muchos deben desdoblarse por la cantidad de gente que quiere asistir. Así es como hasta las veredas se ocupan y se arman grandes rondas de personas desconocidas pero hermanadas. La lista de oradores es el clásico que se repite en las comisiones para que todes puedan tomar la palabra. Y es que todes tienen algo para decir, aunque no se animen todavía, en algún momento fluye. 

Ir a los encuentros es salir de la burbuja machista, es sumergirte en un mundo posible, en un mundo donde importa lo que nos pasa. Existe una escucha atenta, real, no se juzga ni se cuestiona, se acompaña. Los encuentros nacen del dolor, de la injusticia, del padecimiento que tenemos que vivir sólo por nuestra condición de género. Sin embargo, lo que se respira no es angustia sino libertad.

El momento más esperado es la marcha. En las esquinas ya se arman las batucadas y los rostros se llenan de glitter. Banderas, consignas, canciones, bengalas de colores, fiesta. Estamos vivas, vives, y nos hacemos oír. Nuestra revolución es alegre, es bailando, porque este es el mundo que nos negaron: así es como seríamos si nos dejasen ser, si fuéramos libres, sin la mirada patriarcal. Y lo respiramos estos días, para luego volver a nuestras casas, nuestros barrios, a intentar transformar esos tres días en todos. Sabiendo que esa libertad es posible, sabiendo que se puede vivir sin miedo.

Es casi la 1 a. m. de regreso al conurbano; es inevitable intentar desglosar la inmensidad de una experiencia que te saca de lo individual y te vuelve colectivo. En este fin de semana no fui sólo yo, fui todes. Somos todes. Muches loques feministas. No estamos soles, esa es la sensación. 

Que se vayan a cagar los machirulos, los giles que nunca comprendieron. Los que se rieron de nuestra insistencia y resistencia. Que se vayan a la mierda porque somos miles, cada año somos más, cada vez tiene más sentido ser «la loca». Y cada día estoy más segura de que esta es la militancia última, la que engloba todo y por eso es la que más cuesta.

El dolor como motor. La militancia como acción. La otra y le otre como apoyo.

No se puede detener lo que ya está en marcha.

Las ideas sólo progresan y se profundizan.

Nunca se callan.


Portada: @caro.minelli.fotografia

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