¿Qué tendrá la petisa?

La ola verde que arrasó en las calles con el debate por el aborto legal se volvió una esfera innegable en la escena política actual. Una de las referentas de ese «nuevo» actor político es la reciente legisladora electa Ofelia Fernández, quien hace unos días fue tendencia en Twitter debido a una información personal sobre su madre publicada por un medio de comunicación online.

Por supuesto que, ni lenta ni perezosa, Ofelia salió a contestar las acusaciones que vinculan el lugar de trabajo de su mamá con un supuesto caso de corrupción: «Como una piba de 19 años muy chorra no parece, la meten a mi vieja», twitteó. «Qué miedo les da una pibita, cagones de mierda», agregó.

Atacar a las juventudes en general y a las pibas en particular no es algo que sólo suceda mediáticamente o en los ámbitos de la política ejecutiva. También ocurre en los barrios, los sindicatos, los clubes y los locales partidarios donde la militancia se organiza pero siguen rigiendo las mismas reglas patriarcales donde el que tiene la razón es el que «la tiene más grande».

Fuente: La Vaca
 

Es ahí, en los espacios de militancia, donde muchas veces la fortaleza es necesaria para resistir y hacer frente a las violencias políticas ejercidas, violencias que muchas veces llevan a desestimar la lucha. Por cansancio, por hartazgo o simplemente por no sentirse parte, porque la discusión no pasa por la construcción sino por el «porongueo» y quien no tiene poronga no participa.

Si Ofelia sigue dando batalla es porque hubo y hay en su camino compañeres y compañeras que la acompañan y la bancan. Pero no todes tienen la misma suerte. «Estamos viviendo un éxodo permanente de compañeras de sus organizaciones políticas. Las razones que las empujan fuera van desde la desjerarquización sistemática de la lucha feminista hasta las más burdas violencias machistas y sus encubrimientos», publicó el medio Emergentes en junio pasado.

No me digas chiquita

En cualquier espacio donde una piba o una disidencia decida dejar de participar porque se cuestiona su manera de hacer política, se la violenta o se la ignora, el acompañamiento de otras y otres es clave. Porque romper esquemas duele y hoy muches de les que dan estos debates en los espacios son las «locas» (como se las llamó a las madres de Plaza de Mayo) pero son quienes buscan sembrar la nueva política: donde haya lugar y voz para todes. 

Ese es el miedo del que habla Ofelia, el miedo a la nueva política. La política feminista, diversa y popular. Es cierto que nadie quiere perder sus privilegios, menos quienes siempre tuvieron el mando. Pero es preciso entender que la ola no se detiene a pesar de que se la quiera deslegitimar constantemente. Esta militancia no es agresiva, es hermanades, es festejo y es glitter, pero también discusión y organización.

Foto: Constanza Niscovolos
  

La política vetusta de «a ver quién manda acá» poco a poco va a quedar obsoleta. Porque la militancia de las pibas viene de otro tipo de organización, de la horizontalidad, de los Encuentros Plurinacionales, de las noches de vigilia; viene con todas las identidades adentro, con debates calientes pero constructores, con esa unidad de la que tanto se habla en estos tiempos políticos y también esta otra, la de los feminismos.

Ready para el vacilón

La amenaza de Ofelia es la amenaza de la revolución de las hijas y les hijes, en la calle, exigiendo que sus derechos les sean reconocidos. Es poner a laburar a quienes cobran miles de pesos todos los meses mientras otres siguen muriendo: por abortos clandestinos, por transodio, en manos de un femicida, de frío o de hambre. La amenaza de Ofelia es demostrar que se han subestimado la capacidad y la experiencia de las juventudes.

Entraron las pibas a la política y eso jode. Jode la claridad, la rebeldía, la politización de las inquietudes. Jode el no tener el control, que no se callen, jode que sean sujete y no objeto. Joden los argumentos donde muchos ven amenazada su hombría, su liderazgo. No sólo jode Ofelia, joden todas las Ofelias que asoman con su llegada a la legislatura. Las que empiezan a hacerse lugar y a levantar la voz.

Es la misoginia que despertó «la yegua» dos veces presidenta, la misma por la que muchos llamaron a Evita «puta», porque ser mujer y pensar en los más humildes es demonizante. Ni hablar de Milagro Sala que, además de líder popular, es negra e indígena: sin el racismo, la misoginia y el odio no se entienden las irregularidades de su detención y los incumplimientos a los pedidos presentados por la APDH (Asamblea Permanente por los Derechos Humanos) y la CIDH (Comisión Interamericana de Derechos Humanos).

Por suerte, como dice Luciana Péker, estamos frente a «la influencia de una nueva generación ante la ya vieja política», que viene a romper los parámetros de construcción patriarcal y abrir debates tanto hacia adentro como hacia afuera, pero no sin resistencias de una parte de una sociedad a la que todavía le cuesta ver en una piba de 19 años la representación de un colectivo que avanza y que viene a discutirlo todo.


Fuentes:

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