Techo de cristal: la participación de la mujer en el mercado laboral argentino

A partir del Movimiento Ni Una Menos, que empezó a tomar forma en el año 2015, comenzó a romperse el cascarón de una pelea gestada en el interior del espacio social que data de hace muchos años. Fue así como la puja de las mujeres y su necesidad (no confundamos con deseo) de que sus derechos como personas se legitimen les otorgó voz y entidad en el espacio público y privado. 

Se utiliza la expresión «techo de cristal» para hacer alusión a las barreras invisibles que tienen las mujeres para poder acceder a ciertos trabajos, a disponer de un salario igual al de los hombres y ejercer puestos de poder.

Respecto del mercado laboral, las mujeres están paradas frente a un sistema que, junto al capitalismo y el patriarcado, ha creado roles de género en los que el estereotipo femenino entra en un espiral sin salida. Se entiende que la mujer está capacitada de forma innata para tareas ligadas al cuidado del hogar, de la familia, de un otro, mientras que al hombre se lo asocia al ejercicio del poder, el liderazgo, la autoridad, la racionalidad. 

Si nos remontamos al siglo pasado, el rol social de la mujer estaba en la casa y ni siquiera se contemplaban sus tareas domésticas como un trabajo. Es más, se lo veía (y todavía se lo ve) como un acto de amor hacia la familia. Es así que se instaló la figura del hombre como proveedor de dinero en el hogar y, por lo tanto, quien lo administra también, mientras las esposas se remitían a cuidar a sus hijos, cocinar, limpiar y hacer las compras. 

Estas construcciones culturales determinaron que la meta más grande de una mujer era (es) la maternidad, por lo que se fueron (van) estableciendo las bases de la niñez para ir moldeando la matriz del pensamiento femenino a pensar que lo más lejos que pueden llegar es a formar una familia y dedicarse plenamente a ella. Juguetes, películas, canciones, indumentaria, todo el universo cultural en el que nace una mujer se circunscribe a forjarla como una madre. 

«Las estadísticas marcan que efectivamente existen diferencias y obstáculos para las mujeres o los sujetos feminizados tanto en el acceso al mercado de trabajo, como a la permanencia y el desarrollo laboral, en el tipo de trabajo al que se accede y también en las remuneraciones que se perciben. Muchas de estas barreras se fundan en construcciones sociales del género, que le asignan un rol específico a las mujeres o lo feminizado vinculándolo a lo afectivo, la sensibilidad y demarcan su desarrollo al espacio privado (el hogar), mientras que a los varones se los vincula con la objetividad, al espacio público (el mercado) y el ejercicio del poder», explica Verónica Martinez, licenciada en Economía, docente y miembro de la SEC (Sociedad de Economía Crítica). 

¿Qué pasa con el desarrollo profesional, el acceso y la intervención de mujeres en espacios con toma de decisiones, cargos directivos, trabajos ligados a lo «masculino»? 

Según una investigación del año 2013 del International Business Report, en América Latina el promedio de participación femenina en niveles gerenciales era del 23%. Por otro lado, el Diagnóstico sobre Género y Empleo Público (MCTamargo, 2015) estableció que, para el año 2015, los cargos directivos y de decisión política ocupados por mujeres en la Administración Pública Nacional eran del 26%

La economista Candelaria Botto explica que «en proporción, hay más mujeres calificadas profesionalmente que los varones y sin embargo no estamos en los lugares donde se toman las decisiones. Hay muchas trabas que son culturales y hay una suerte de juicio distinto a las acciones que hacen varones y mujeres. Si una mujer grita en una reunión es una histérica y si un varón grita es un líder».

«Analizando el mercado laboral de las personas mayores a 23 años de edad, el 22,3% de las mujeres tienen formación universitaria completa contra un  17,4% de los varones, sin embargo en los cargos directivos predominan los varones. Pensemos, por ejemplo, en el ámbito público: hay estudios que muestran que la mayoría de los ministerios y las carteras provinciales y nacionales están a cargo de varones y si se encuentra alguna mujer generalmente está en funciones vinculadas al cuidado (salud/educación/desarrollo social)», explica Verónica Martínez.

Resulta conveniente ubicar y/o relacionar a las mujeres con trabajos de cuidado o ligados a lo maternal porque implican «pisos pegajosos», lo que significa que las mujeres se sienten atrapadas y estáticas en la base de la pirámide económica laboral ya que no pueden cumplir con una jornada laboral extensa, no tienen tiempo extra para seguir formándose o asistir a reuniones, lo que les saca posibilidades de socializar y acceder a nuevas redes de contactos. 

«Cuando se analizan los datos de la encuesta de usos del tiempo del 2013, se puede ver que las mujeres dedican el doble de horas al trabajo no remunerado y tareas del cuidado que los hombres (6,4 mujeres contra 3,4 varones, total nacional urbano). Terminan así en trabajos de pocas horas, que es lo que pueden ofrecer y eso implica menor pago que un trabajo a tiempo completo, muchas veces en trabajos de menor calificación o informales, donde los requisitos son menores y a veces incluso deben abandonar el trabajo»,  describe Verónica Martínez. 

Es así cómo se produce un acorralamiento en el que se logra encasillar a las mujeres, restringiéndoles las capacidades y limitando sus posibilidades de inserción en actividades productivas y remuneradas. De primera mano al mercado no les resultan rentables sino, más bien, una pérdida económica por el hecho de ser las encargadas del cuidado de los hijo y muchas veces de sus padres, por transitar un embarazo o por no disponer del tiempo suficiente a los tiempos mercantiles. 

No existe un criterio ni un factor determinante para establecer estas diferencias sino que  todo forma parte de una construcción cultural que juega bajo una lógica mercantil en la que la equidad de género no es opción.  Bajo esta premisa se establecen los salarios y es así como se establece una brecha salarial donde las mujeres ganan el 27% menos que los hombres incluso haciendo las mismas tareas, según la Encuesta Permanente de Hogares del INDEC en el segundo trimestre del 2018. 

«El patriarcado y el capitalismo se conocieron y se casaron por iglesia porque son funcionales el uno al otro. Que los trabajos de cuidado y la maternidad recaigan sobre las mujeres y se hagan de forma gratuita porque supuestamente es amor permite una fuente de trabajo no pago que es muy útil para el sistema, porque son justamente estos trabajos los necesarios para el aparato productivo. Es difícil desencasillar a las mujeres de esos espacios sin pensar en cómo nos organizamos socialmente en términos más generales», argumenta Candelaria Botto. 

Panorama actual

El primer paso en nuestro país fue la ley 24.012 de cupo femenino de 1991, la primera de América Latina, que estableció la obligatoriedad del 30% de las listas ocupadas por mujeres. En las elecciones presidenciales y legislativas de este año se implementó por primera vez la ley de paridad de género.

En Argentina se han desarrollado diversas estrategias y políticas públicas para lograr que la agenda de género se convierta en un factor transversal al resto de los temas a abordar. La mayoría de las acciones llevadas adelante fueron en respuesta a demandas populares que tenían una organización previa pero necesitaban legitimarse en el Congreso de la Nación. 

Es así como se fueron incorporando indicadores de género para los análisis e informes anuales en términos económicos, laborales, sociales, de vivienda, de educación, mortalidad, natalidad, entre otros. Se establecieron encuestas e informes específicos en temática de género y organismos vinculados a la temática. 

En el espacio laboral, Verónica Martínez explica que «algunas políticas que vienen de las demandas concretas vinculadas a estas problemáticas, son las guarderías en los lugares de trabajo o los acuerdos con guarderías para que los costos los afronte el empleador, así como la implementación de lactarios en los lugares de trabajo para que las mujeres en lactancia no tengan que salir en horario laboral».

En la ciudad de Rosario se estableció un Presupuesto Sensible al Género ejemplificado en un Plan Municipal de Igualdad de Oportunidades y Trato de Varones y Mujeres (2005/2009), que propuso en el presupuesto participativo diversas acciones que incentivaran y fortalecieran la presencia de las mujeres en las diferentes etapas del proceso y la inclusión de sus demandas.

El año pasado, en el debate por la reforma jubilatoria que proponía el macrismo, se plasmó la problemática de las licencias por paternidad y maternidad que suponen una división asimétrica del trabajo y las tareas del hogar y provocan impacto en el desarrollo laboral de las mujeres que deciden ser madres. 

Hacia dónde vamos

Para pensar posibles soluciones a la brecha y la desigualdad de género que existen hoy en día, hay que desandar un camino social y cultural que permita permear el sistema laboral y económico. Poner en el centro del debate las diversas formas de discriminación hacia la mujer permitirá analizar los distintos niveles en que sucede y así pensar estrategias interrelacionadas y vinculadas entre sí para lograr la equidad. 

¿Suena utópico? Tal vez, pero es necesario comprender que la matriz del cambio es en dominó y de forma encadenada. Los temas de género no son únicamente de mujeres sino una dimensión clave en el desarrollo de la sociedad, y es por ello que hay que pensar que la problemática es transversal y no sectorizada. 

«El origen de las asimetrías y diferenciaciones es lo que se debe desmantelar para reconstruir verdadera igualdad, porque no se trata sólo de agregar mujeres y revolver. Debemos encontrar mecanismos para que haya mayor participación de mujeres en el mercado de trabajo y en los lugares de poder pero también debemos cuestionar los fundamentos de esa desigualdad para terminar con ella y construir una sociedad sin dominios de géneros, entre iguales», determina Verónica Martínez. 

Para Candelaria Botto se puede romper el techo de cristal. «Hay cosas que pueden mejorar y que necesitan intervención estatal: más guarderías en espacios de trabajo, guarderías gratuitas, mejores centros de cuidado de adultos mayores, para personas con discapacidad, todo lo que haga que el Estado se haga cargo del trabajo doméstico. Además, una educación sexual integral no sexista y atravesada por la perspectiva de género va a permitir deconstruir estos estereotipos que nos perjudican y tan mal paradas nos dejan a las mujeres con los efectos concretos en el mercado laboral». 

Pensando en la economía global y los procesos productivos, tener una visión de género en términos políticos y económicos llevada a políticas públicas concretas generaría una mejor distribución de la riqueza y mejores condiciones laborales para lograr la equidad real.

 

 


 

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