#Reseña Poco Ortodoxa

Esther «Esty» Schwartz (Shira Haas) encarna a Deborah Feldman, cuya historia de vida es narrada a lo largo de los cuatro capítulos de la miniserie Poco Ortodoxa de Netflix. A su vez, es la adaptación del libro «Poco ortodoxa: El escandaloso rechazo de mis raíces judías».

Libertad, vivir sin miedos que impidan decidir para lograr nuestros propios deseos. Libertad, alzar la voz para alcanzar lo que es nuestro. Para conocernos y expresarnos sin barreras. Libertad de ser. Una sensación sustancial y un derecho que a nadie debe negársele. Esa que de tantos modos se les presenta a muchxs y de tantas formas nos es quitada a otrxs.

Esty solo sabe que, de esa tal libertad, no sabe nada. Vive dentro de un cuerpo totalmente atrapado: su voz suena poco y bajito, su piel no recibe la luz del sol y su mentón reposa siempre sobre el pecho. Pero es ese mismo cuerpo el que la desafía a abrirse al mundo, a romper los barrotes ideológicos que la encierran y así salir a buscar –y conocer– qué es lo que de verdad desea.

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«No lo olvides, Esty, él habla primero».

Ella pertenece a la comunidad Satmar ubicada en Williamsburg, Brooklyn, Nueva York. Este movimiento adhiere al jasidismo, una interpretación mística del judaísmo ortodoxo que enaltece la figura del hombre y relega, inferioriza y cosifica la de la mujer. El valor femenino está sujeto al rol de procreación y su realización como tal surge de complacer a su marido, una vez que, «por fortuna» y rabino mediante, obtiene su apellido.

Por momentos, una sonrisa genuina en el rostro de Esther pareciese indicar conformidad con el casamiento arreglado con Yanki Shapiro, aquel hombre que apenas conoce. Es que Esty, por más incomodidad que sienta, de verdad se esfuerza por ser parte de la comunidad. Y se ve feliz porque le han prometido que un anillo de boda es sinónimo del comienzo de una nueva vida. Efectivamente lo es: una vida que abre la puerta hacia el encierro absoluto.

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«Tu deber es respetar los deseos de Dios».

Su religión la estructura, su suegra la amenaza, su abuela la contiene, pero nadie más que ella misma sabe que no puede seguir así.

Lo dice su tímida voz cuando le anticipa a su esposo que ella «no es como las demás chicas». Lo expresa su cuerpo cuando le impide complacer el deseo de lx otrx, impidiéndole tener relaciones sexuales para procrear. Le exige reparar en que su realización no depende de eso, sino de ella misma y esos deseos que aún no conoce.

Entonces se vale de toda la fuerza que lleva contenida y, con la ayuda de su reciente profesora de piano, toma el mando de su propia vida y parte hacia Alemania.

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«De donde yo vengo, los niños son lo más preciado. Queremos recuperar los seis millones que murieron. Los judíos del Holocausto».

Berlín, ese lugar que tanto significa para ella. Por un lado, es allí donde se encuentra su madre, de quien quizá obtuvo su valor pero a quien igual decide evadir. Por otro, esta ciudad aún carga con su trauma, colmando de recuerdos de dolor y temor a la comunidad Satmar (y judía en general).

Es un dolor que se refleja en sus calles y su naturaleza. Pero pesa aún más sobre los cuerpos de las mujeres de esta comunidad, forzadas a tener hijxs para recuperarse del histórico genocidio.

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«Es bueno ser diferente».

Esty llega con poco más que lo puesto y conoce a un grupo de jóvenes músicxs que alivianan su llegada. En el camino, suelta poco a poco su pasado: se deshace de la oscuridad que cubría su cabeza, de las amplitudes que escondían la autonomía de sus piernas, de la banda invisible que tapaba su boca y, entonces, hace oír su potente voz.

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Detrás de cámara

Que la miniserie se desarrolle en dos lenguas no es casual. Los jasídicos conformaron su comunidad después del Holocausto y fue gracias a ellos, principalmente, que su lengua materna se mantuvo hasta el día de hoy. El Yidis es interpretado, por tal, en la mayoría de las escenas que conforman Poco Ortodoxa.

Tampoco resulta casual que algunos personajes en particular no lo hablen: quizá signo de rebeldía o disconformidad con su perpetuación; quizá simple apartamiento.

Las tradiciones milenarias de la religión están arraigadas en la concepción y nunca en el propio placer. Es evidente la fuerte investigación que hay detrás de  la serie para poder reflejar la comunidad tan detalladamente. Familias numerosas, bodas ostentosas (pero, por momentos, poco alegres), rituales y oraciones en todo momento y lugar.

unorthodox_01_port-1La vida de Esty -que es la de Deborah- denuncia, sobre todo y específicamente, el mínimo y silenciado rol de la mujer en la religión. Cuenta una historia de empoderamiento, superación y liberación de un entorno asfixiante. Invita a repensar la libertad. Pero no sólo la que puede obstaculizar una religión o movimiento, sino la libertad interna de conocer los deseos que nos rigen y salir en busca de ellos.


Ilustración de portada por Maricel Martinez

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